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Fiesta y resistencia

Fiesta y resistencia
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Entre 1931 y 1932, ya instaurada la Segunda República Española, se creó y se puso a andar el grupo de teatro universitario La Barraca, que contaba con Federico García Lorca como uno de sus directores. El grupo recorría poblados y villas representando entremeses y comedias clásicas. Entrevistado sobre si estos espectáculos le gustaban a un público que mayoritariamente no frecuentaba el teatro Lorca contestaba: “Claro que gusta al público. Al público que también me gusta a mí: obreros, gente sencilla de pueblos, hasta los más chicos y estudiantes y gentes que trabajan y estudian. A los señoritos y a los elegantes, sin nada dentro, a esos no les gusta mucho, ni nos importa a nosotros”. Es paradojal que un autor tan interesado por lo popular como Lorca haya sido, desde hace décadas, monopolizado por gente que uno podría catalogar, usando las palabras de Lorca, como “señoritos y elegantes sin nada adentro”. Lorca se convirtió en una reliquia muerta merced a muchos directores, actores y críticos que lo castraron de su profundo carácter popular. Todo lo contrario hace Adhemar Bianchi en Lorca en las trincheras de Madrid, que rescata el carácter popular del teatro del dramaturgo granadino.

El espectáculo comienza en la Madrid sitiada por las tropas franquistas, con el intercambio epistolar entre algunos brigadistas internacionales que apoyaban la República y sus familiares en el país de origen, en este caso Uruguay. Es interesante poner en contexto la situación política europea y la local, recordando la filiación política por aquellos años de nuestros políticos, muchos atraídos por el falangismo. Luego pasaremos a la representación, en el contexto del sitio, de El retablillo de don Cristóbal, de Federico García Lorca. La función teatral, esencial como parte de la resistencia al fascismo, es interrumpida por noticias sobre éxitos y fracasos en el frente de batalla, y también sobre traiciones, como la de casi la totalidad de los obispos de la Iglesia Católica, que apoyaron sin rubor el fascismo. Naturalmente se intercalan durante el espectáculo canciones de la guerra civil que dan un tono épico al espectáculo.

Utilizando un carro, como los que servirían para montar improvisados tablados en los pueblos en que La Barraca representaba sus espectáculos, la obra juega en dos planos. Hay títeres (para los que originalmente fue escrita la obra) y actores representando a los mismos personajes. Así la obra se carga de gran vitalidad, permitiendo que los aspectos más difíciles de representar queden a cargo de títeres, pero dándoles continuidad a los personajes.

La anécdota es sencilla, Don Cristóbal es un viejo rico y avaro que le compra a una madre su hija Rosita para casarse con ella. Durante la noche de bodas la muchacha engaña con varios amantes al viejo, para dar a luz a varios hijos, lo que desatará la ira de Don Cristóbal, que repartirá golpes con su cachiporra a diestra y siniestra. Más allá de lo simbólico del viejo Cristóbal repartiendo cachiporrazos cual dictador dando golpes de estado, el espectáculo arrancó carcajadas de niños, despertó emociones encontradas ante el heroísmo pero también la derrota de aquel pueblo, y generó la sensación, como hace mucho no vemos en una sala convencional, de estar ante una obra que puede gustar, para seguir con las palabras de Lorca a: “obreros y gente sencilla de pueblos, hasta a los más chicos y estudiantes”.

El elenco, conformado mayoritariamente por integrantes de la Escuela de Arte Dramático de El Galpón, puso gran energía en la puesta, y se destacan dos actuaciones. Por un lado Dante Alfonso, el veterano del elenco, que debió ponerle el cuerpo al viejo Cristóbal creando una parodia divertida del viejo desagradable, avaro y violento que maneja la cachiporra. Por otro lado Lucía Rossini creando a una Rosita que comunica con gran expresividad el resignado sometimiento inicial de su personaje, para pasar a la picardía casi inescrupulosa con que coleccionará sus amantes después.

Divertido y emotivo espectáculo que ojalá salga de gira por barrios y poblados de nuestro país.

 

Lorca en las trincheras de Madrid. Directores: Adhemar y Ximena Bianchi. Elenco: Dante Alfonso, Francisco Esmoris, Gianna Prenol, Giuliano Rabino, Leonardo Lima, Lucía Rossini, Luciana González, Lucil Cáceres, Marcos Acuña, Nahuel Delgado, Rodrigo Tomé, Sofía Tardáguila, Soledad Lacassy, Valeria Bauzá, Rafael Hernández, Luciano Chatton, Federico Motta, Inés Rodríguez, Leonardo Sosa, Tania Hernández, Camila Durán, Clara Méndez, Vladimir Bondiuk. Titiriteros en escena: Tamara Couto y Rodrigo Abelenda

 

Funciones: sábados 21:00, domingos 19:30. Sala Campodónico de El Galpón.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.