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Frescos en el Torres García por Alejandra Waltes

Frescos en el Torres García por Alejandra Waltes
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El viernes 22 de abril se inauguró la muestra “Retablos” del Taller de Pintura al Fresco en el 4to. piso del Museo Torres García. Dicho taller es dirigido por Federico Méndez desde el 2014.

El término retablo, de origen latino, significa detrás de la tabla, mesa consagrada que emplea el sacerdote para oficiar la misa, el altar. El retablo es el elemento arquitectónico que se sitúa detrás del altar y que puede exhibir pinturas, esculturas u otros componentes de decoración. Los retablos se han construido y se construyen en piedra, madera, metal u otros materiales y se han decorado o decoran con tallas o pinturas. Muchos retablos han pasado a convertirse en piezas fundamentales de la historia del arte por su calidad, por su originalidad o por ser obras claves de algunos de los autores más importantes del mundo. Los retablos desempeñan en el ámbito religioso una función muy especial que les diferencia del resto del mobiliario litúrgico, en parte debido a su emplazamiento tan privilegiado, al estar situados detrás o sobre el altar donde se realiza la Eucaristía. Las obras de la muestra están inspiradas en los retablos antiguos con su forma de hornacina y sus pequeñas puertas.                                                                                Alejandro Díaz escribe “Estas obras del Taller de pintura al fresco tienen también otro antecedente directo en las arquitecturas que J. Torres García realizó fundamentalmente en los años 20 del siglo pasado, más exactamente entre 1925 y 1926, año en que Torres García se instala en París. La primera exposición realizada por Torres en la Ciudad Luz consistió de obras vinculadas a su “Arte Mediterráneo” y representaban escenas bucólicas que no estaban enmarcadas sino que integraban -en su mayoría- una arquitectura que las contenía al tiempo que las contemplaba.”                                                                          La pintura al fresco era conocida en la antigüedad por egipcios, cretenses y griegos. El fresco fue practicado ya en el año 2000 a. C. por los minoicos durante la civilización de Creta en la edad de bronce. También se realizaron frescos en Marruecos y Egipto. Las pinturas al fresco también eran comunes en el arte griego, así como cultura etrusca. Más tarde los romanos dejaron extraordinarios ejemplos encontrados en Herculano y Pompeya. También en la India se practicaba la técnica del fresco. En China se conocía también el arte antiguo de pintar sobre paredes de yeso. Entre las culturas prehispánicas los mayas y los teotihuacanos, por ejemplo, también usaron la técnica del fresco. Algunos ejemplos son los murales de Tetitla, Tepantitla y Atetelco, en México. Al principio de la era cristiana (siglo II) se decoraban con pinturas al fresco los muros de las catacumbas o de las cámaras mortuorias subterráneas. El arte del fresco resurgió con fuerza en Italia durante el siglo XIII y el siglo XIV de la mano de los pintores florentinos Cimabue y Giotto, quienes han dejado bellos ejemplos en las iglesias de Asís, Florencia y Pisa. En el siglo XV, el resurgimiento de esta técnica se produjo en Florencia, especialmente con las obras de Masaccio, Benozzo Gozzoli y Domenico Ghirlandaio. La pintura al fresco alcanzó su máximo esplendor en el siglo XVI con trabajo de Rafael en el Vaticano y con el Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, obra del pintor Francisco de Goya, constituyeron la obra cumbre de la pintura española en este género. En el siglo XIX, se produjo un resurgimiento de este arte, destinado sobre todo al embellecimiento de edificios públicos. El núcleo más importante de pintura al fresco en el siglo XX, ha sido México, donde Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, entre otros muralistas, han creado notables frescos monumentales en edificios gubernamentales y privados.                                                                                                                           El difícil arte del fresco consiste en fijar la pintura en la masa del muro para garantizar su duración durante siglos. Cuando se usa esta técnica no hay lugar para la duda ni para el arrepentimiento, ya que el pigmento penetra inmediatamente en el revoque fresco y la corrección es posible pero laboriosa. El gran desafío de Federico Méndez cuándo volvió de su viaje a Europa, era poder trabajar esta técnica que siempre se realizó en muros, en un formato portable. Es así que después de asesorarse la ha adaptado preparando pequeñas y medianas superficies en placas cementicias, al igual que los pigmentos que también se preparan en el taller.                                                                                                                                                   Los frescos realizados en esta ocasión tienen muchos elementos de la antigüedad clásica pero las líneas puras y la paleta de colores utilizada es muy actual. Es así que observando cada pequeño retablo entendemos desde lo vivencial el porque algunas cosas, en el arte, son universales y eternas.

Sin título (Esteban Arboleda_ 2021)

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