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G-20: mucho ruido y pocas nueces por Ruben Montedónico

G-20: mucho ruido y pocas nueces por Ruben Montedónico
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La Cumbre del G-20 concitará intereses diversos sobre acentos, puntos, comas y omisiones de los intervinientes. Desde cierto ángulo, lo que vaya a considerarse en materia de política y de economía en la reunión de Buenos Aires quedan en segundo plano: lo central para el anfitrión será que las conversaciones se den en un entorno de tranquilidad y orden; sus preocupaciones son de escenario, ornamentales.

Alli llegará el conductor de casi un sexto de la humanidad, futuro líder de la primera potencia comercial, Xi Jinping. El asiático defenderá su plan de nueva Ruta de la Seda, seguirá ganando espacios en África subsahariana y se promoverá por América Latina como inversor-comprador, impulsor del tren Lima-Río; seguirá el devenir nicaragüense y una posible segunda vía interoceánica, sin descuidar la eventual deriva de ferrocarriles mexicanos. En la misma mesa estará sentado con Donald Trump, quien no los quiere en lo que considera su traspatio -ha lanzado amenazas a los países de la región acerca de esta “América para los americanos” (léase “los estadunidenses”)- e impuesto 200 mil millones de dólares de aranceles a los productos “made in China”, con la probabilidad de gravarlos con 270 mil millones de dólares más.

De seguro, Trump -que parece que vive abriendo frentes de guerra económica– será oído otra vez por Justin Trudeau y Enrique Peña Nieto (que en el vuelo de retorno a México dejará de ser presidente) a los que torció el brazo para que firmaran la defunción del Tlcan o Nafta y dar partida de nacimiento al sucesor, el T-Mec o Usmca. Se puede apostar que reiterará los principios que rigen su andar, como los que sostuvo en el G-7 de Québec, y que se pueden resumir poniendo que intenta fijar mediante dispositivos arancelarios recaudos proteccionistas para productos de su país -aplicando tributos con cualquier argumento a los del extranjero- mientras, como dice Jakob Kirkegaard, del Peterson Institute for International Economics, “Washington quiere desconectarse del resto de la economía mundial”, lo cual entiendo que no es totalmente cierto ni falso.

Por su lado, Angela Merkel (que ordenó aprobar el acuerdo Brexit de separación) y Emannuel Macron (último vapuleado público por el estadunidense) dirán a nombre de la Unión Europea (UE) que no sólo la industria del automóvil alemana está entre los objetivos del proteccionismo trumpeano, sino el conjunto de productos del área. Según datos de Ifo, corporación alemana de analistas económicos, los 856 mil millones de euros que la UE exportó a Estados Unidos durante 2016, pagaron en promedio aranceles del 0,7%, en tanto los 654 mil millones de euros que ese país exportó a Europa comunitaria tuvieron tasas del 0,74%: una diferencia insustancial.

Para continuar con posibles bilaterales, es del caso especular que se encuentren dos musulmanes sunnitas: el no árabe Recep Tayyip Erdogan, de Turquía, y el saudí Mohamed bin Salman. El primero manifestó en octubre pasado, refiriéndose al asesinato en el consulado de Riad en Estambul: “Sabemos que la orden de matar a (Jamal) Khashoggi vino de los niveles más altos del gobierno saudí”. La opinión internacional coincidió en que Erdogan se refería al príncipe Mohamed. Si se juntan y acuerdan una versión sobre el crimen analizaremos cual es esa glosa, aunque pienso que no saldría una explicación plausible de lo acontecido.

Vladimir Putin, aliado por ahora con China al ser su país tecnológicamente superior a éste en materia militar y aeroespacial, sobre todo, poco tiene para decir al mundo, salvo sus protestas por castigos financieros que imponen a Rusia debido a las acciones acometidas contra Ucrania -al agenciarse Crimea y anexionársela de facto– y Georgia -por hacerle la guerra y reconocer las independencias de Abjasia y Osetia del Sur-; posee, además, disposición sobre el suministro de gas a la UE a través de su gasoducto. Es factible que observe la cita preocupado porque los aliados de la antigua URSS en el Pacto de Varsovia se pueblan de cohetes que apuntan contra su país, mientras está a la espera de disensos en el campo occidental del tipo de los provocados por su competidor nuclear. Sin embargo, tomando en consideración los exabruptos que lanza Trump (¿dirá alguna esta vez?), por ejemplo en la OTAN, deberá recordarse a Henry Kissinger señalando que no importa el signo político del liderazgo moscovita sino el que siempre será un adversario de Washington.

En tanto, las tribulaciones de las autoridades anfitrionas seguirán sin detenerse ante el “qué dirán” (de la Argentina macrista en otros países) y sus aflicciones no tendrán coto. Tras impedir que el último cotejo de fútbol del subcontinente se disputara 48 horas antes de la reunión del G-20, Mauricio Macri lo convirtió hace tiempo en cuestión de Estado con imagen mundial: “Lo que vamos a vivir los argentinos en unas semanas es una final histórica. También una oportunidad de demostrar madurez y que estamos cambiando, que se puede jugar en paz.” ¡Pobre!

Sin embargo, a pesar de que genera rechazo en sectores políticos, intelectuales y sociales, el G-20 no va a postergarse por falta de garantías: para asegurar “el éxito” del encuentro se dispuso un enorme operativo de disuasión-represión integrado por fuerzas propias con apoyo extranjero. El bochorno internacional del equipo que dirige el jefe de gobierno de Buenos Aires -Horacio Rodríguez Larreta- sobre seguridad de un espectáculo trasmitido urbi et orbi sirvió de ejemplo de lo que no sucederá los días en que los encumbrados visitantes no sólo pasen revista a sus diferencias económicas y procuren convivir con ellas, sino para visualizar cómo hace un régimen dependiente -de raigambre neoliberal y represora, socialmente venido a menos- para hacer guardar “el orden”.

Por lo demás, como apunta El País de Madrid, una guerra arancelaria pone en peligro el crecimiento mundial, lo que nos lleva a preguntarnos si eso nos aleja o nos acerca más a los males que acarrea la nueva derecha, el neoliberalismo y el capitalismo.

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