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Gavazzo como problema por Luis Nieto

Gavazzo como problema por Luis Nieto
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Aparte de la responsabilidad personal de Gavazzo en hechos terribles, hubo unas Fuerzas Armadas involucradas de principio a fin en la historia de este personaje.

Todas las Fuerzas Armadas participaron en la tortura. No hubo cuartel donde no se torturase. Desde el jefe de la unidad, al último soldado lo sabían y estaban comprometidos a participar, porque podía llegar el día en que esa generalización fuese el salvoconducto para todos. Ese y no otro fue el modus operandi de las Fuerzas Armadas uruguayas. Cada uno de los detenidos en las unidades militares y cárceles durante todo ese período lo puede corroborar.

Es difícil comprender lo que nos pasó cuando la sociedad uruguaya no se ha sincerado ante sí misma. Ni las Fuerzas Armadas ni la izquierda, ni los partidos tradicionales, ni quienes saben donde están los desaparecidos. Tampoco el MLN, por supuesto. Nadie parece haberse dado cuenta que lo de Gavazzo nos incumbe a todos. No por sus crímenes, sino porque va a seguir perjudicando a gente decente, va a seguir metiéndose en la conversación de las familias y los amigos, va a seguir cobrándose en la credibilidad de políticos que ya no tienen idea de cómo solucionar este tremendo trauma.

Si Mujica, el día en que asumía como Presidente de todos los uruguayos, en lugar de repetir tres veces la palabra “educación” hubiese repetido tres veces “perdón”, los uruguayos no hubieran necesitado oír una palabra más para comprender lo que estaba pasando, lo que había pasado, y lo que podían esperar de aquel hombre que había sido jefe militar de una guerrilla innecesaria, pero que tenía el coraje suficiente como para pedir perdón públicamente en el día, quizás, más trascendente de su vida.

El excelente trabajo de Leonardo Haberkhorn levantó la alfombra y apareció toda la mugre acumulada desde el momento en que Pacheco resolvió entregar la lucha contra el MLN a las Fuerzas Armadas. El presidente Vázquez reaccionó inmediatamente y descabezó el Ejército. Hizo muy bien, pero si conocía el contenido de las actas fue uno más de los que creía que mejor era dejar todo ese lío en el ámbito de las logias masonas. Ahora a Vázquez no le queda otra alternativa que seguir hurgando en la brecha que abrió Haberkhorn. Y vendrán tiempos peores, porque ya no se arregla con averiguar un poco. Hubo dos plebiscitos, la ciudadanía opinó, pudo haber sido una opinión respetable, pero se siguió buscando la verdad. Hay nuevos datos. ¿Cuándo tendrá fin este proceso? Puede llevar años. Varios años más, sin contar los 33 que llevamos de democracia intentando saldar nuestras cuentas con el pasado reciente.

El general Medina dejó muy claro que todo eso lo guardaba en su caja fuerte, y el Presidente Sanguinetti no le exigió que le entregase la llave. Años después algunos confiaron en el Ñato y su relación con los Tenientes de Artigas para tener al Ejército del lado de la Izquierda.

Quizás haya llegado el momento de dudar seriamente de que haya algún tipo de procedimiento que nos asegure que hemos llegado a conocer toda la verdad, y que después de conocer toda la verdad, esa justicia calmará nuestras almas. Los desaparecidos están muertos, quién sabe qué horroroso final les hizo vivir gente como Gavazzo. Los detalles de esos asesinatos son inimaginables, porque quienes conocemos a varios de ellos sólo podemos recordarlos con la juventud que tenían, con la sonrisa, con las preocupaciones que compartimos. Si un deber tenemos con los amigos y compañeros que fueron asesinados es el de retenerlos, de alguna manera, en la vida y no en los sádicos relatos de un asesino.

Seguramente en el Ejército actual hay otra generación, otra mentalidad, pero para que exista un Ejercito distinto debe haber un país distinto. Debe haber un país que se interpele de verdad. No hemos podido definir qué tipo de educación queremos cuando este país tuvo una sólida educación pública en la que buscar referencias. Necesitamos una nueva orientación pedagógica y también un Ejército respetado. Pero el Ejército mira para otro lado, y tampoco pide perdón, no parece compartir de qué se trata vivir en un Estado de Derecho.

Si hay un problema que nos afecta a todos y que debería ser tratado con la urgencia y seriedad que se merece es nuestra relación con el Ejército, con el pasado y con el futuro de esa relación. Eso afecta a todo el sistema político, a todos los partidos y a los tres poderes del Estado. No es si las actas las vio o no las vio el Presidente, si fue Gavazzo o el Pajarito Silveira. No podemos perder más tiempo, y tampoco puede ser para mañana, porque las decisiones que tendríamos que tomar son importantes para que Uruguay empiece a transitar una senda de entendimiento. La discusión en torno a las cualidades que debería reunir un nuevo Ejército, atañe, fundamentalmente, a los tres poderes del Estado. Implica temas jurídicos, soluciones parlamentarias y viabilidad económica, por lo menos. Esto no es para cobrar al grito sino para solucionar uno de los problemas trascendentes que tiene nuestro país, y debe partir de un nivel de claridad y de seguridad jurídica que garantice la participación de la ciudadanía sin que las emociones acaben decidiendo algo que se debe laudar para un muy largo plazo.

Seguramente el clima electoral no sea el mejor para abordar una reforma institucional tan profunda pero sí puede ser el clima en que los partidos se comprometan a poner en marcha los estudios para contar con unas Fuerzas Armadas, tal vez más chicas, con una redistribución de misiones que quizás alteren las proporciones de sus integrantes, y, lo que es más importante, unas Fuerzas Armadas con nuevos mandos. Puede ser tan arbitrario como cualquier límite que el Estado decida poner a una actividad que se considere necesaria para la población, pero no sería deseable que las Fuerzas Armadas tengan oficiales que hubiesen ingresado a las escuelas militares antes de 1985.

Las Fuerzas Armadas no pueden ser patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Esas siempre serán opciones personales, que la democracia debe defender como una virtud trascendente, y ese sí debe ser el compromiso inequívoco del ciudadano al que el pueblo uruguayo le confíe las armas.