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Ibsen aquí y ahora

Ibsen aquí y ahora
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Otto Brahm, director y crítico contemporáneo de Henrik Ibsen (1828-1906), dijo alguna vez sobre el teatro del dramaturgo noruego: “Por primera vez nos hemos sentido en presencia de personas de nuestra época en quienes podíamos creer y ante una crítica que abarca toda la sociedad de nuestro tiempo; hemos contemplado surgir triunfalmente todos los ideales de libertad y de verdad como puntales de la misma”. Pero si analizamos la obra de Ibsen no nos encontraremos con “toda la sociedad” de su tiempo, más bien nos encontraremos con empresarios, políticos, algunos representantes de las profesiones liberales, propietarios que viven de rentas y en general esposas subordinadas que en algunos casos dan pelea. El carácter aristocrático del pensamiento liberal de Ibsen se ve reflejado en un parlamento del Doctor Stockmann, protagonista de Un enemigo del pueblo (1882), quien afirma cerca del final de la obra: “El enemigo más peligroso de la razón y
de la libertad de nuestra sociedad es el sufragio universal. El mal está en la maldita mayoría liberal del sufragio,

en esa masa amorfa”. El Stockmann de Ibsen está convencido de que está defendiendo la salud de su pueblo al denunciar la contaminación de las aguas de su ciudad, pero antes está convencido de su superioridad moral, de ser un representante privilegiado de la razón no corrompida por intereses económicos.

Tenemos entonces a un Ibsen que da cuenta de las contradicciones de una parte de la sociedad, no de la totalidad, un sector que a veces configura la llamada “clase media”, y que suele auto-percibirse como el encargado de dirigir al “pueblo”. Y en ese sentido Un enemigo del pueblo es un ejemplo de la lucha entre quienes se apoyan en la “ignorancia” de las masas (sumado al carácter pusilánime de la clase media) para obtener privilegios y prebendas, y otro sector de esa misma clase media que pretende “educar” a ese mismo pueblo, aunque sin poder evitar dar señales de desprecio. En esa disputa el rol de los medios de comunicación para manipular la opinión pública y construir una realidad acorde a los intereses del poder es clave.

La primera versión de Un enemigo del pueblo que se montó en Uruguay estuvo dirigida por Atahualpa del Cioppo para El Galpón en 1961. Según cuenta Louise von Bergen (Ibsen y Strindberg en Montevideo) el elenco rechazó en principio el carácter individualista del héroe de Ibsen, por lo que terminaron montando una adaptación de Arthur Miller, quien había limado los aspectos más aristocráticos. Ya en aquella primera versión el público quedó integrado en la asamblea que Stockmann convoca para discutir la situación. Sin embargo la puesta no se instaló en el aquí y ahora del Uruguay del 61. Tampoco fue ese el camino de Mario Morgan en su versión de 1980, aunque la dictadura en que vivía el Uruguay hace comprensible el que fuera el espectador el que tradujera las situaciones de la obra a su presente. Tampoco Dumas Lerena en la versión del 2001 adaptó las denuncias de contaminación y manipulación mediática a nuestra realidad concreta. La novedad de la versión de Lerena fue que el público votaba si Stockmann era o no un enemigo del pueblo. La última versión de la que tenemos noticias fue la que dirigieran Fernando Gallego y Arles Galli en 2011, oportunidad en la que los dos personajes principales dejaron de ser masculinos para encarnarlos Gabriela Iribarren y Mariana Lobo, en una decisión que por sí misma modificaba en algo el carácter patriarcal de la obra original.

La versión de la Comedia Nacional con dirección de Marianella Morena introduce al espectador directamente en la asamblea que va a debatir sobre lo que acecha al pueblo, y quien nos recibe es un Stockmann que desde el inicio se manifiesta como alguien que se auto percibe como moralmente superior, y que propone como enemigo de la libertad a la decisión de la mayoría. La decisión de que la discusión tenga que ver con la instalación de UPM 2 colabora para que el espectador se sienta más cercano a la discusión, pero no debería distraernos de lo central, la disputa entre el Doctor Tomás Stockmann y su hermano Pedro, el alcalde, por construir un relato que se imponga sobre el del otro, más allá de si tienen razón o no. En ese sentido, el espectáculo de Morena parece tener su eje en cuestionar la racionalidad con la que se da esa disputa. Y allí es clave como se ha reelaborado al personaje de Petra, con un protagonismo muy superior al que Ibsen le daba a la hija de Stockmann. Aquí Petra no es alguien que solo acompaña la lucha del padre, sino alguien que discute su racionalidad, su forma de disputar, alguien que le puede decir: “Tomás, vos no sos distinto a Pedro, ni a ningún garca del poder ¿te creés mejor porque sos un disidente de la estructura política de la izquierda uruguaya? (…) Son las formas papá, las que no sirven, hay que renovar las formas”. Petra, una joven universitaria y feminista, tiene pasajes que por momentos parecen casi caricaturescos, pero eso parece tener que ver con una intención de proponer personajes contradictorios, que pueden ser exitosos en algún aspecto de sus vidas pero fracasados en otros.

La puesta parte del teatro burgués más convencional, aquel que se erigía desde el texto bajo la dictadura del director, pero bajo la dirección de Morena llega a un resultado en que es notorio el trabajo de los actores en la construcción de los personajes desde su propia materialidad. Lo performativo no tiene, sin embargo, tanto protagonismo como en los últimos espectáculos de Morena, pero no deja de estar presente, sobre todo en el trabajo de Emilia Asteggiante como Petra. La actuación más potente para quien escribe es la de Luis Martínez encarnando a Pedro Stockmann, un político pragmático que no se interesa en la “verdad” sino en resolver en el corto plazo algunos problemas concretos de acuerdo a un sentido común general al que busca adaptarse.

Lo que uno le cuestionaría a este espectáculo es que sea un diario (La voz del pueblo) el centro de irradiación de la “verdad”. Inmersos en un mundo formateado por medios audiovisuales, internet y redes sociales el protagonismo de la prensa escrita parece un anacronismo que no se ensambla nunca con el lenguaje inclusivo de la joven Petra. Más allá de este punto, es para aplaudir que la Comedia se permita debatir sobre la construcción de realidad a partir de una polémica que aún late y genera marchas, aquí y ahora.

 

Enemigo del pueblo. Autor: Henrik Ibsen. Versión y dirección: Marianella Morena. Elenco: Leandro Núñez, Luis Martínez, Natalia Chiarelli, Lucía Sommer, Emilia Asteggiante, Fernando Vannet, Claudia Rossi y Pablo Varrailhón.

 

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.