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Impunidad y venganza

Impunidad y venganza
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Las sociedades humanas se establecen en base a normas de convivencia que, desde los orígenes, algunas integrantes rompen. La salud del orden social necesita que la ruptura de la norma sea reparada de alguna forma, y allí aparecen los distintos sistemas de justicia para justamente “ajusticiar” a quienes transgreden las normas. Este esquema elemental se ha configurado de forma diversa en diferentes sistemas sociales, pero cuando la ruptura de la norma no es efectivamente castigada el orden social suele tender a la descomposición.

La falta de “justicia” deja lugar a otras formas de resarcir a quienes sufren el quiebre normativo, por ejemplo mediante la venganza. Y la venganza es una de las grandes protagonistas del teatro de Shakespeare, una venganza que parece emerger de un orden pautado por la impunidad y la inescrupulosa lucha por el poder. Pero según el autor francés René Girard la venganza es más bien un tema inevitable para Shakespeare, ya que las tragedias de venganza eran muy populares en la época isabelina. Sin embargo la convicción de Shakespeare iría en otra dirección y Hamlet, por ejemplo, podía tener toda la truculencia y los giros de una tragedia popular, pero cuestionar a la vez la acción que se le impone al príncipe protagonista.

La venganza, bajo la lectura que hace Girard, es una imposición cruel del padre de Hamlet, una imposición en la que el espectro del rey apela a la manipulación afectiva de su hijo, y que el príncipe difiere en realizar, dudando, refugiándose en la locura, buscando certezas que le afirmen lo que parece trágicamente destinado a realizar. Y esta es la lectura que la directora Ana Pañella le interesa plantear al espectador en La venganza bastarda. Este es uno de los primeros aspectos interesantes de la puesta, ofrecer esa otra lectura de la tragedia más popular de Shakespeare.

Pero Hamlet también es un artificio teatral en que el autor expone algunas ideas respecto al teatro, y de hecho es una obra en que la ficción se desdobla en la trampa que se le pone al usurpador Claudio. Pañella en su trabajo también juega con pliegues ficcionales, reuniendo a cuatro actores que discuten los significados de las escenas, aportan ideas e interpretaciones, y luego ponen en juego el resultado de sus investigaciones representando algunas escenas claves de la tragedia, en particular vinculadas a esa imposición que obliga a Hamlet a vengar a su padre. Seguramente ese sea el punto más fuerte de la propuesta de Pañella, el permitirle al espectador husmear en un proceso de búsqueda que derivará en un espectáculo que nunca está cerrado antes del trabajo del actor en los ensayos. En ese sentido quizá la debilidad mayor sea que ese desdoblamiento no siempre luce en el espectáculo, no todos los integrantes del elenco logran que les creamos el pasaje del nivel de actor discutiendo sobre Hamlet al del actor interpretando alguna de las escenas. Quien se destaca nítidamente es la excelente, como siempre, María Elena Pérez. Esta falta de maduración no evita que la obra sea muy disfrutable por un público que no suele estar cerca de los procesos de búsqueda de significado en los ensayos de una obra. Vimos La venganza bastarda en una función de extensión, junto a muchos adolescentes que jamás dejaron de estar atentos al espectáculo.

Pero hay más. Antes de entrar a la sala del Espacio Cultural Las Bóvedas el espectador espera en un anexo en que hay una intervención artística en que aparecen elementos que remiten a un sacrificio ceremonial junto a un texto de Pedro Figari y otro de Albert Camus. En uno Figari afirma: “Cuando meditamos sobre los detalles de una escena de fusilamiento, y tratamos de encuadrarla dentro de la índole humanitaria de la estructura actual de la sociedad, hallamos anomalías y antagonismos insalvables; y uno se abisma al ver cómo ha podido subsistir, por tanto tiempo, semejante residuo medioeval (…) Pensad un instante sobre el lujo de violencia que implica ese acto de supuesta justicia. La sociedad entera, con todo su boato do sentimentalismo, de protección á la vida humana, de caridad, de asistencia, esa misma sociedad con intrincadas instituciones, con formidables recursos, se traba en lucha—¡qué lucha!—delibera pausadamente, y decide en frío, dar muerte á un miserable,—casi siempre un desheredado—que está recluido, indefenso, dominado por completo, sumido en el más hondo abatimiento moral, ó sobrexcitado por los aprestos del suplicio, y siempre, siempre, reducido a la más absoluta impotencia. ¿Por qué fase puede considerarse útil o dignificante este acto de prepotencia? (…) Y uno se interroga íntimamente: ¿No será ésta la válvula de escape que abrimos a nuestros instintos atávicos?” En el otro texto Camus planteará una de sus célebres reflexiones en contra de la pena de muerte, algo que aparece en ensayos como Reflexiones sobre la guillotina o incluso en la novela La Peste.

Los argumentos en contra se enlazan con las palabras de Pañella en el programa de mano, que exponen datos de encuestas en que vemos que casi la mitad de la sociedad uruguaya aprueba la pena de muerte. Y volvemos al principio, el acto de “justicia” parece esconder la necesidad de sufrimiento de quien infringe la norma, volviéndose mucho más un acto de venganza que de justicia. Y nos preguntamos, junto a Figari ¿No será ésta la válvula de escape que abrimos a nuestros instintos atávicos? Seguramente haya mucho del planteo de Figari, pero también es cierto que la impunidad de la sociedad en que vivimos, que ha dejado sin condena la práctica sistemática de la tortura, de la desaparición de presos políticos y del robo de niños, llevada adelante por funcionarios del Estado que cobran jubilaciones de privilegio, abona un terreno en que la venganza más primitiva a veces es percibida como la única justicia posible.

Por supuesto, esta es solo una reflexión posible que surge de ver La venganza bastarda, cada espectador tendrá la suya, pero reflexionar sobre estos tópicos es otro motivo para ir a verla.

 

La venganza bastarda. Dramaturgia y dirección: Ana Pañella. Elenco: María Elena Pérez, Pablo Rueda, Rodolfo Agüero y Candela Hernández. 

Funciones: sábados 21:00, domingos 19:00. Espacio Cultural Las Bóvedas (Rambla 25 de Agosto 575).

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.