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Jorge Abbondanza, personalidad múltiple por Nelson Di Maggio

Jorge Abbondanza, personalidad múltiple por Nelson Di Maggio
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Las décadas de los 50 y 60 son impensables en la actualidad. No volverá la cultura montevideana a concentrarse en la casi totalidad de Ciudad Vieja y el Cordón, con una actividad trepidante día y noche, un recuerdo que parece ubicarse más cerca de la ficción que de la realidad histórica. La generación del 45 cambió la manera de pensar. Dejó cambios profundos atravesados por el rigor y la amplitud de horizontes. La Facultad de Humanidades y Ciencias y su equipo de alto nivel, en su mayoría profesores argentinos, con aulas repletas de estudiantes; el explosivo centenar de cines con cargada agenda semanal de estrenos; la Comedia Nacional y los teatros independientes; las galerías de arte encargadas de dar a conocer maestros del arte contemporáneo; las salas de la Comisión Nacional de Bellas Artes, ala derecha del Teatro Solís, con artistas extranjeros (De Daumier a nuestros días, pabellones de las bienales de San Pablo, Portinari, tapices flamencos, colección Paula de Koenigsberg con sensacionales íconos del genial Andrei Rublev); galerías particulares con artistas clásicos ingleses y grabados de Picasso (Parker Gallery); creación del Centro de Artes y Letras y muestras individuales de Vasarely, Burri, Tàpies, la colección Di Tella entre otras muchas. Un bar en cada esquina y confiterías de alta categoría (El Telégrafo, La Conaprole, Americana), visitas de grandes trouppes extranjeras (Barrault-Renaud, Torrieri-Gassman, la Comedia Francesa, Enrico Maria Salerno, Emma Gramatica, etc.) que incluían al Sodre con la imparable presencia de grandes cantantes, pianistas y directores de orquesta, ballets de varias naciones y estilos. El fervor vital se prolongaba en la intensa vida nocturna de una ciudad todavía mansa y transitable, con numerosos diarios (El Día, La Mañana, El Diario, Acción, El País, El Plata, La Tribuna Popular) y semanarios (Marcha, El Nacional), publicaciones ocupadas por grandes profesionales de nivel universitario y vastos conocimientos específicos. No había tiempo para aburrirse.

Jorge Abbondanza (1936-2020) falleció el viernes pasado. Vivió y absorbió esa rica diversidad cultural. Pasó a ocupar un lugar entre otras constelaciones diarias. Desde joven desdeñó las carreras de seguridad económica y prestigio social deseadas por familiares, y prefirió integrar la corriente del nuevo y renovador periodismo. Ejerció la crítica de cine, teatro y artes visuales y además fue ceramista. Heredó de Arturo Despouey, Antonio Larreta, Homero Alsina Thevenet y Emir Rodríguez Monegal, que lo antecedieron en la página, la información rigurosa, la escritura precisa, la ironía filosa, la elegancia seductora de los textos publicados en tiempo y forma. Pero de los aspectos específicos se ocuparán mis colegas de teatro y cine.

De carácter afectuoso, abierto al diálogo, a resolver solicitudes en momentos difíciles, firme en las arremetidas de los poderosos, Abbondanza se unió a Silveira formado con el ceramista austríaco Carlos Heller y juntos formaron un equipo (1958) que daría un giro copernicano a la artesanía nacional. Iniciaron una etapa convencional y comercial en la cerámica propia de las ferias (jarras, jarrones, juegos de té), refinada y de exquisitos colores. En 1976, convocados a la muestra Tiro al blanco (Alianza Francesa), se produjo un cambio radical. Adoptaron la arcilla natural y una modalidad narrativa infrecuente en la artesanía, cuestionando el propio lenguaje cerámico en series de doble condición de lectura: deconstructiva/constructiva, de derecha a izquierda y viceversa. Poco a poco alcanzó el simbolismo de referencia social y política. Esos primeros trabajos —actualmente visibles en la Torre Ejecutiva de Plaza Independencia, entre otros— se cargaron con centenares de pieza diminutas (en parte donadas al Museo Nacional de Artes Visuales) o esculturas enormes (Parque de Esculturas) convertidas en instalaciones escultóricas. Recibió el Premio Figari (1999) y su obra viajó por diversos países en muestras colectivas. Formó parte de jurados de concursos artísticos, prologó numerosos catálogos y escribió una monografía sobre Manuel Espínola Gómez (1991), con prohibición de escribir sobre su vida afectiva, y El gran desfile (1996), selección propia de artículos publicados. Viajó por Europa y Estados Unidos, por los países limítrofes, aunque, curiosamente, evitó los festivales de Cannes y Venecia; ni lo tentó la curiosidad de asistir a los premios Oscar, siempre comentados en la trasmisión televisiva. En los últimos años ejerció con asiduidad la crítica de arte con benevolencia, más adjetivadora que conceptual. Alejado de la profesión por una ceguera genética que supo encarar con entereza, deja el ejemplo de un periodista y de un artista ya casi extinguidos en una sociedad desinteresada en leer, ver y pensar para comprender mejor el desconcertante mundo actual.

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