Home Indisciplina Partidaria Jueces y justicia por Hoenir Sarthou

Jueces y justicia por Hoenir Sarthou

Jueces y justicia por Hoenir Sarthou
0

“No lo infama el patíbulo. Los jueces no son el Juez…”

J.L. Borges. “Una mañana de 1649”

 

Contra mi costumbre, voy a reproducir un texto que publiqué hoy, miércoles, en una red social, como respuesta a una persona que se jactó por el fallo del Tribunal de Apelaciones en lo Civil de 6º Turno, que dejó sin efecto la suspensión de la vacunación de niños dispuesta por el Juez de primera instancia Dr. Alejandro Recarey. Lo hago porque me dará pie para una reflexión complementaria que creo necesario hacer.

“RESPUESTA A ALGUIEN QUE SE JACTÓ POR EL FALLO DEL TRIBUNAL DE APELACIONES DE 6o TURNO

Ese fallo era previsible. Si adoptara tu misma actitud (y la que adoptó el Poder Ejecutivo al impugnar al Juez), diría que el tribunal está integrado por jueces «pro jeringa» y que el Poder Ejecutivo sabía que le iban a dictar una sentencia favorable, por eso apeló. Pero no lo hago. Me limito a decir que el fallo era previsible, por una serie de circunstancias políticas que así lo hacían prever.

De todos modos, hay que saber que los fallos judiciales son siempre decisiones opinables, que no representan «la justicia», sino una determinada interpretación de las reglas para un momento y unas circunstancias dadas.

Así, por ejemplo, la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado fue declarada constitucional por la Suprema Corte durante más de 20 años, hasta que las circunstancias políticas e históricas cambiaron y la Corte cambió su fallo, que desde entonces ha sido por la inconstitucionalidad de esa ley.

De momento, estoy esperando la sentencia de segunda instancia en el amparo que promoví (el que reclama que el MSP analice las vacunas y que no se discrimine a dos personas no vacunadas para su ingreso al país).

Curiosamente, el fallo de segunda instancia será dictado por el mismo Tribunal que dictó este fallo (el Tribunal de 6o Turno).

Si adoptara tu misma actitud, diría que el régimen aleatorio de designación del tribunal fue manipulado para que los dos expedientes fueran al mismo tribunal. Pero no lo hago.

Me limito a decir que, en lo judicial, uno juega con las reglas y las armas de que dispone. Yo hice mi trabajo y lo que creo que correspondía hacer. El resto depende de los jueces y de las circunstancias políticas. Que hoy son unas, y mañana pueden ser otras. Nada más.”.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

Alguna gente, entusiasmada por el fallo de Recarey, hace pocos días cantaba loas a la “Justicia”. Ahora, al conocer el nuevo fallo, cayó en un escepticismo abrupto y afirma que “la justicia sólo obedece al poder político y no sirve para nada”. Lo mismo a la inversa. Algunos, indignados con Recarey, pedían sanciones para él, y ahora se volvieron fundamentalistas de la judicatura.

En lo personal, no creo en una ni en otra postura. Por aquello de que “cada uno habla de la feria según cómo le fue en ella”.

Lo oportuno es aprovechar el momento (después del pase de Luis Suárez, estos fallos parecen ser las vedettes del debate público) para reflexionar un poco sobre la función del derecho y del Poder Judicial, un tema casi desconocido por los ajenos al derecho, que aparentan despreciarlo hasta que un fallo los toca de alguna manera.

El derecho, los jueces y la función judicial son tan inevitables como la ley de gravedad, la atracción sexual, la enfermedad y las prácticas curativas.

No existe ni ha existido nunca un colectivo humano que carezca de reglas de convivencia y de algunos sujetos con el poder de decir quién se ajusta a las reglas y quién las ha incumplido y debe ser castigado.

No importa que quien tuviera ese poder fuera la asamblea de la tribu, un brujo, un jefe, un consejo de ancianos, una casta de sacerdotes, un rey o un cuerpo profesionalizado de lo que llamamos “jueces”.

Alguien tiene que decir si la muerte de Juan por Pedro fue justificada o un delito, y qué se hace con Pedro. Así como si el pedazo de tierra o la vaca en disputa le corresponden a Pedro o a los hijos de Juan. ¿Las razones? Muy sencillas: porque la alternativa es que las familias y amigos de Juan y de Pedro se maten entre si y, de  paso, destruyan al clan o a la tribu en el proceso.

Los conflictos humanos, la materia sobre la que trabajan las leyes y los jueces, se complicaron más con el desarrollo de los Estados. Antes, los conflictos a resolver se planteaban entre personas, familias o clanes. Lo único a temer era que la mayor riqueza y poder de un individuo, familia o clan torciera la balanza.

Con la organización de los Estados, los individuos pasaron a estar amenazados también por el poder político, por la posibilidad de que la autoridad legítima (rey, presidente, burocracia, etc.) los avasallara y usara su poder para torcer la balanza judicial.

El problema se ha magnificado en estos tiempos globalizados, en que una ingente acumulación de riqueza y de poder en manos de corporaciones privadas les permite a éstas usar el poder de los Estados en su propio provecho (los contratos de nuestro Poder Ejecutivo con Pfizer, cuyo secreto resguarda el Ejecutivo a capa y espada, son un buen ejemplo).

Uno de los problemas más insolubles para la teoría del derecho es cómo lograr que la función judicial se cumpla con independencia del poder económico y del poder político (en realidad, de ambos) sin, a la vez, crear una casta de jueces que sustituyan al poder político y terminen estableciendo su propio autoritarismo.

La primera reacción del ajeno al tema es decir: “Hagamos que los jueces y la Suprema Corte sean democráticamente electos”. Me adelanto a decir que no funciona. Si el Poder Judicial fuese electivo, lo que se lograría es duplicar y reproducir la estructura del poder político. Cuando lo que se necesita es un contrapoder que sea capaz de poner límites a los abusos del poder político.

Por otro lado, la existencia de un cuerpo profesionalizado de funcionarios de la justicia (jueces y ministros), que es la solución adoptada en nuestro país, tampoco funciona muy bien. En parte porque las venias para sus ascensos y designación como Ministros de la Suprema Corte, así como el presupuesto del Poder Judicial, dependen del Parlamento, institución política si las hay. Y en parte porque su carencia de legitimidad democrática, su dependencia del Poder Ejecutivo para hacer cumplir sus fallos y su falta de medios para defenderse públicamente de las críticas políticas y mediáticas (el caso de Recarey es un buen ejemplo) pone a los jueces en situación de debilidad para enfrentarse al poder político, que es lo que deberían poder hacer como tercer Poder del Estado.

La aprobación de constituciones que incluyen explícitas declaraciones de derechos fundamentales, que no deben ser transgredidos por el poder político, fue y es una de las vías intentadas para dar a los jueces un marco de acción nítido y legítimo. Pero, claro, esos derechos requieren interpretación y aplicación, lo que, una vez más, expone a los jueces a presiones políticas, presupuestales, mediáticas y sociales de todo tipo.

El resultado de esos factores es un tipo de juez y una cultura institucional judicial que rehúye los conflictos con el poder político y económico. No es que se pueda comprarlos o amenazarlos. Es que la cultura institucional promueve a un tipo de juez “que no cree problemas”. Todo lo contrario de lo que, individualmente considerado, es el juez Recarey. Pero -se sabe- una golondrina no hace verano.

No voy a agotar aquí las dificultades teóricas y prácticas que plantea el problema de una justicia independiente, con autoridad, y a la vez ceñida a su papel de garantía de derechos, sin transformarse en un poder político paralelo.

Sin embargo, hay cosas que se pueden hacer. Por ejemplo, apuntar a construir en el  Poder Judicial una cultura institucional de independencia respecto a los poderes fácticos y a los poderes políticos del Estado.

Difícil no es imposible. Por ejemplo, en la Corte Electoral, el Uruguay ha logrado establecer una cultura institucional que ofrece ciertas garantías a todos los partidos, que acatan sin grandes reservas sus pronunciamientos.

Probablemente el secreto esté en que la población entiende y respeta la importancia de los pronunciamientos electorales democráticos, por lo que con eso no se puede jugar. No existe la misma convicción popular respecto a otros derechos constitucionales. Quizá por eso la función judicial es menos comprendida y valorada.

Hay algo muy concreto que quiero aportar.

Nuestros jueces, luego de recibirse de abogados, se forman como jueces en el Centro de Estudios Judiciales (CEJU) que depende de la Suprema Corte de Justicia.

Hay dos razones por las que ese mecanismo de formación es inadecuado. La primera es que es inconstitucional, porque el Poder Judicial no está facultado para realizar función docente ni tiene como cometido constitucional la formación de jueces.

La segunda razón es que es un mecanismo de formación opaco y esencialmente corporativo. Que los nuevos jueces sean formados por los viejos jueces, que además decidirán sobre su nombramiento y ascenso, garantiza que los vicios y debilidades de la función judicial se reproduzcan y robustezcan “in eternum”.

Si la judicatura fuera, por ejemplo, un posgrado universitario, sería posible transparentar sus contenidos, dar un debate público sobre el modelo de juez que se promueve y asegurar una formación más amplia, libre y multidisciplinaria de los jueces.

Parece un tema chico, pero no lo es. La libertad y sus garantías dependen en buena medida de él.

POR MÁS PERIODISMO, APOYÁ VOCES

Nunca negamos nuestra línea editorial, pero tenemos un dogma: la absoluta amplitud para publicar a todos los que piensan diferente. Mantuvimos la independencia de partidos o gobiernos y nunca respondimos a intereses corporativos de ningún tipo de ideología. Hablemos claro, como siempre: necesitamos ayuda para sobrevivir.

Todas las semanas imprimimos 2500 ejemplares y vamos colgando en nuestra web todas las notas que son de libre acceso sin límite. Decenas de miles, nos leen en forma digital cada semana. No vamos a hacer suscripciones ni restringir nuestros contenidos.

Pensamos que el periodismo igual que la libertad, debe ser libre. Y es por eso que lanzamos una campaña de apoyo financiero y esperamos tu aporte solidario.
Si alguna vez te hicimos pensar con una nota, apoyá a VOCES.
Si muchas veces te enojaste con una opinión, apoyá a VOCES.
Si en alguna ocasión te encantó una entrevista, apoyá a VOCES.
Si encontraste algo novedoso en nuestras páginas, apoyá a VOCES
Si creés que la información confiable y el debate de ideas son fundamentales para tener una democracia plena, contá con VOCES.

Sin ti, no es posible el periodismo independiente; contamos contigo. Conozca aquí las opciones de apoyo.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js