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La complicidad oculta  

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Otros terroristas de Estado

En el 2015 se estrenó en Argentina el documental La construcción del enemigo, dirigido por Gabriela Jaime. El filme trata sobre algunos hechos ocurridos en la navidad de 1977 en Montevideo, cuando se llevó a cabo un operativo en conjunto de las fuerzas armadas de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil en el marco del Plan Cóndor. En dicho operativo algunos militantes argentinos son secuestrados y trasladados desde Montevideo al centro clandestino de detención que funcionaba en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) en Buenos Aires. Además en el operativo fueron asesinados Juan Alejandro Barry y Susana Mata, y fue secuestrada la hija de la pareja, Alejandrina Barry, de poco menos de tres años de edad. La imagen de Alejandrina fue tapa de diarios uruguayos como El País y luego de revistas de Argentina pertenecientes a la editorial Atlántida (Gente, Para Ti, entre otras publicaciones). En esos medios de prensa se exhibía a la niña no como víctima de los crímenes de los militares, sino como víctima de sus propios padres, contribuyendo de forma decisiva en la “construcción del enemigo” ante la opinión pública.

Es importante recordar estos hechos porque dejan en evidencia el rol de los medios de comunicación y de muchos “civiles” en la construcción del relato que justificó el accionar de los militares. Y es importante también entender que ese relato sigue operando cuando se pretende “dar vuelta la página”, “mirar hacia adelante” o “dejar de tener los ojos en la nuca”, todas frases que justamente intentan evitar se entrevea la complicidad de medios de comunicación y la participación activa de civiles en la dictadura. Porque los Gavazzo no actuaron solos, formaron parte de un plan sistemático del Estado que reprimió, secuestró, torturó y robó niños para imponer el terror y anular a la oposición. Y hubo civiles que formaron parte de ese plan. Por eso es que documentales como La construcción del enemigo, y obras de teatro como Potestad, de Eduardo Pavlovsky, siguen siendo necesarias, porque contribuyen a esclarecer el rol de operadores no militares durante el terrorismo de Estado.

Potestad

En el 2015 también fallecía Eduardo “Tato” Pavlovsky, psiquiatra, actor, dramaturgo y director argentino, quien estrenó Potestad en 1985. El protagonista de la obra, interpretado por Julio Calcagno, es un médico jubilado que describe de manera detallada y obsesiva las posibles formas de estar en una silla para permanecer en una postura que continúe brindando un aspecto de virilidad. El humor está presente en cada gesto expresivo de Calcagno, que en cierta forma genera ternura en sus intenciones de seguir seduciendo a su esposa. Lo que no deja de dar un tono sombrío al espectáculo es la presencia de una actriz-apuntadora que parece justamente una sombra del protagonista, subrayando algunos pasajes de su discurso con una gestualidad que no encaja con el humor que domina en la primera parte de Potestad. Allí ya se detecta que algo modificará el curso de la historia.

Mucho se ha escrito sobre la obra de Pavlovsky, y seguramente quien vea Potestad ya conozca la historia que se narra. Aquí queremos volver sobre el aporte de Pavlovsky, recién terminada la dictadura en Argentina, para desenmascarar el protagonismo de muchos profesionales y de muchas familias “bien” en el terrorismo de Estado del Cono Sur. Y lo hace de un modo inesperado, proponiendo al espectador un juego en que “empatiza” con el protagonista, quien dejará poco a poco entrever su rol en el secuestro de niños durante la dictadura. Una práctica que no era azarosa ni clandestina, ya que se publicitaba en tapas de diarios y revistas como en el caso de Alejandrina Barry.

Potestad continúa siendo una obra necesaria porque lejos de enfocar algo que “ya pasó” sigue recordando el rol activo de civiles durante la dictadura, sigue señalando otras complicidades. Pero además ir a ver Potestad es ir a ver una actuación magistral de Julio Calcagno. La distancia entre el texto de Pavlovsky y la materialidad del actor se inunda de la personalidad de Calcagno, de su voz áspera, de sus silencios, su gestualidad, de forma que el espectador cree en el actor, y vive con él una parábola macabra, en que la complicidad con el personaje se diluye al mismo tiempo que aumenta la admiración hacia el actor. Una actuación de esas que invitan al teatro por sí mismas.

Potestad. Autor: Eduardo Pavlovsky. Dirección: Walter Silva. Elenco: Julio Calcagno y Renata Denevi.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.