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La crítica desaparece por Nelson Di Maggio

La crítica desaparece por Nelson Di Maggio
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La crítica de arte, tal como se practicó hasta hace poco tiempo en Uruguay, es una especie en extinción. La crítica de arte en la prensa escrita, diaria, semanal o en revistas ha sido desplazada por artículos elementales de divulgación, informaciones equívocas, superficiales entrevistas. Esta banalización de la cultura sigue paralela a la imparable emergencia y difusión de supuestos curadores y gestores culturales multiplicados ad nauseam. El escándalo erosiona a velocidad de vértigo la confianza en las publicaciones locales.

Sin duda que parece indispensable redefinir la crítica de arte ante la torrencial actividad artística mundial donde los lenguajes tradicionales —pintura y escultura en especial— se incorporan a una especie relicta o de carácter zombi y, según se observa con indiscutible nitidez en los mejores encuentros internacionales, están en retroceso, poseen alcances limitados o se sobreviven a sí mismos. Fueron desplazados por las innovadoras tecnologías y las instalaciones —empezaron a desarrollarse la década del 70— intervienen y reinterpretan el espacio público y permiten al espectador interactuar con la obra o transitar en ella.

El panorama de las artes visuales en Uruguay atraviesa una etapa de acelerada degradación. El Centro Cultural de España es el único instituto extranjero que perdura en su variada y activa programación, a pesar de las enormes dificultades económicas que persisten; solo el Centro de Fotografía mantiene su impecable y profesional accionar; apenas si existe un par de galerías particulares que no se distinguen por establecer un calendario periódico y renovado; la principal pinacoteca confina a un espacio reducido la valiosa y única colección permanente de historia del arte nacional, para difundir discutidísimas exhibiciones temporarias en montajes convencionales y en muchas ocasiones sin ninguna nota informativa que desorientan al visitante; la crítica especializada ha sido expulsada o reducida a su mínima expresión de los medios, como también se omite la simple cartelera de exposiciones. La descontrolada información elude lo elemental, pero abunda en lo superfluo y espectacular. Ya nadie recuerda a las generaciones de críticos de los años cincuenta o setenta, regulares colaboradores de las publicaciones existentes, organizadores de exposiciones a través de su asociación profesional (aica) en revisiones anuales, un estímulo auténtico a los artistas que exhibieron durante el año, luego de ríspidos diálogos en cordial discrepancia. El presente es una avasallante obsolescencia cultural.

La semana pasada se precipitaron tres fallecimientos. Celina Rolleri (Montevideo, 1932) se formó en los cursos de Jorge Romero Brest en Facultad de Humanidades y en la Agrupación Universitaria. De origen humilde, padre carpintero, madre posesiva e hija única, ajena a los códigos de convivencia social. De generosa opulencia corporal para sus jóvenes años, poseía un talento natural que reconocía sus limitaciones y resuelta disposición a superarlas. En gran parte lo consiguió. Con sacrificios alimenticios no medicados obtuvo una figura más estilizada que imponía un talante firme y decidido. Tomó distancia con premura del selecto grupo de sus compañeros del carismático crítico que le enseñó a ver y estimar. Pero antes compartió las clases magistrales y profundizó su saber y entender en seminarios de agotadora jornada una vez a la semana, adiestrando la mirada y el conocimiento de la historia del arte como pocos maestros en su categoría lo podrían efectuar. Así, acompañado de Romero Brest, el grupo de la Facultad visitó a partir de 1952 Brasil, luego la II Bienal de San Pablo del siguiente año —la más memorable por la presencia de Guernica de Picasso—, y estableció vínculos con los artistas y críticos brasileños. Con ese bagaje formativo incompleto pero suficiente, comenzó a escribir en El Bien Público, al igual que María Luisa Torrens en El País y quien escribe en El Nacional y Marcha. Tres modos diferentes de encarar la actividad artística provenientes de una misma enseñanza liberadora de cada personalidad que permitió la interpretación diversa de la creación y los creadores. Celina poseía una convincente capacidad verbal y, joven aún, arriesgaba imprudentemente ideas no siempre legítimas en sus conferencias con la misma facilidad con que manipulaba el cigarrillo en una larga boquilla, forma de seducción practicada con talante kitsch. Realizó numerosos cursos en diversos lugares, públicos y privados; también de literatura (era lectora apasionada, conocía muy bien la literatura francesa) y de cultura en general, mientras ejercía el periodismo en el ya mencionado diario y posteriormente en Marcha, en crónicas sagaces, agudas interpretaciones e intuiciones no exentas de sesgo literario, apartada de cualquier investigación. Militante política cercana a los movimientos subversivos, durante la dictadura se exilió en Italia en 1973 con su marido e hijo, y se radicó en Padua donde dirigió El correo de San Antonio, revista cultural de circulación local, y cortó toda relación con su país a excepción de algunos artistas con los que mantuvo esporádico contacto. Se ignora su actividad intelectual en el país de adopción. Con alzhéimer en los últimos años, murió el 23 de abril.

El jueves falleció otro crítico. Alfredo Torres (Montevideo, 1941) perteneció a la segunda onda de críticos importantes en la década del 70. Nacido en una típica familia de clase media e hijo único, fue un «tipo absolutamente insoportable», como se autodefinió. Estudió en Facultad de Arquitectura con dos profesores que tuvieron influencia determinante en su formación (Leopoldo Artucio y Ricardo Saxlund), de igual forma que Jorge Romero Brest desde sus conferencias y en sus varios viajes a Buenos Aires al Instituto Di Tella en los años 60. Poco sistemático y de escaso interés en indagar en el pasado histórico del arte nacional, tuvo un ojo crítico excepcional cuando evitaba anécdotas personales para escribir artículos de estimulante claridad surcados de brillantes conceptos que supo trasmitir en su empecinada vocación por enseñar a disfrutar del arte al público no solo montevideano, sino en otras ciudades departamentales, en una encomiable labor didáctica. Escribió en Marcha, Jaque, Brecha, Posdata, Arte y Diseño, entre otras publicaciones; visitó las bienales paulistas y riograndenses; viajó poco (Alemania, Venecia como curador) y como la mayoría de sus colegas no tuvo en cuenta la frase de San Agustín: «El mundo es un libro y aquel que no viaja solo lee una página». Vivió sus últimos años en extrema pobreza, en parte derivada por complejas situaciones familiares, hasta el jueves 26 de abril.

También los artistas mueren. Daniel Escardó (Montevideo, 1957-21/4/2018), pintor, grabador y escultor, estudió con Guillermo Fernández. Investigador nato, pasó del dibujo y la pintura acrílica barrida por la fuerza de la turbina, haciendo intervenir la lluvia y el viento, a la velocidad del dibujo a dos manos de levedad dinámica, al volumen con objetos geométricos basados en patrones repetidos que remiten a formas de extraños insectos y experimentar, luego de un extenso viaje a Estados Unidos en 1992, con el gas neón incorporado como luz lineal en formas metálicas e indagar las posibilidades del arte digital y la realidad virtual. A partir de 2000, crea trabajos en aluminio de fundición, muchas veces a escala monumental. En años recientes eligió el lexan, material flexible en placas unidas articuladas sin alcanzar la suficiente estatura expresiva, como sucede en el Monumento a los desaparecidos, perjudicado por pésima ubicación en Av. Rivera y Jackson.

 

 

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