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La derecha a la vista por Ruben Montedónico

La derecha a la vista  por Ruben Montedónico
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Uruguay tendrá una serie puntual de actos comiciales durante 10 meses y 10 días entre el 30 de junio de 2019 y el 10 de mayo de 2020, en los que nominará los candidatos al Poder Ejecutivo de los partidos políticos; escogerá en una elección nacional (junto a la primera vuelta presidencial selectiva) diputados y senadores en octubre; una segunda vuelta (balotaje entre fórmulas presidenciales) en noviembre próximo, y finalizará con las 19 votaciones departamentales en el 2020. Demás está decir que en 2018, extensamente, hubieron corrientes, partidos y candidatos en liza: quizá, uno de los tiempos electorales más largos del mundo.

Estas casi dos décadas del siglo XXI las inició Latinoamérica con un conjunto de administraciones progresistas que, en parte, hoy han heredado los gobiernos a corrientes de la derecha, en el contexto de una tendencia que abarca unas cuantas naciones europeas y que en nuestro subcontinente viene creciendo.

No cabe duda de que lo ocurrido en Brasil marca la circunstancia regional de forma negativa por un tiempo indeterminado para los intereses populares. Si a ello sumamos la realización de elecciones presidenciales en octubre de 2019, en las que Mauricio Macri -a pesar de su pésima gestión- podría ser reelecto, lo ocurrido en Ecuador, la situación en Venezuela y, en general, lo que acontece en Centroamérica, la etapa no se ve muy halagüeña.

En un trabajo, el economista Antonio Elías apunta: “Los reveses electorales señalados demuestran que la reducción de la indigencia, la pobreza y los avances redistributivos positivos y valiosos no crean conciencia; ese es el problema. Si a la gente le damos bienes y no la formamos ideológicamente para luchar por la defensa de los gobiernos que le permitieron acceder a esos bienes, cuando llegan los momentos de cambio, cuando vienen las épocas de crisis, en ese momento actúan, no con conciencia de que hay que defender ‘el progresismo’, sino con conciencia consumista”. Y como parte de esa gimnasia adoctrinante los medios exaltan las “virtudes” de la moda y las marcas -se conoce como “efecto de demostración”- que pasa a convertirse en aspiración de las clases populares que imitan pensamiento y comportamientos de los grupos dirigentes.

El caso de México en julio pasado, opuesto en algún sentido, quita un poco de impacto al avance derechista y viene a formar parte de las coyunturas que tensarán -tal vez- las cuestiones políticas, económicas y de relacionamiento internacionales. Sin intención de infidente, recuerdo que Fasano me escribió “Creo que la recuperación del espíritu de la primera revolución política en América Latina -la de México de 1910- instalada por Morena, convierte al país de Lázaro Cárdenas en la posibilidad de comenzar a revertir la reacción que hoy se está imponiendo entre nosotros”.

El neoliberalismo, proyecto político de las clases dominantes, que conlleva y promueve estas conductas, se convirtió en el modelo hegemónico de pensamiento occidental en tan sólo 20 años: el uso de nuevas tecnologías, el mundo del trabajo, la vida cotidiana y la política cambiaron totalmente, por lo que hasta sectores progresistas aceptan el conjunto de la reinvención porque entienden que es necesaria para sobrevivir.

De esta forma se puede entender que en tal escenario las dirigencias de las corrientes progresistas y socialdemócratas abandonaran el lenguaje de clase. El concepto “lucha de clases” y de “clase trabajadora” desaparecieron de lo cotidiano; en sustitución, se adoptó el giro “clase media”. Y de esta forma se aceptaron cosas convertidas en consigna y que recorren el mundo, como las reformas laborales, acordadas desde los centros de poder capitalistas -es decir, de la derecha actual, neoliberal-, que tienen adecuaciones en cada país según las realidades particulares, pero destinadas a degradar y anular los derechos conquistados por los trabajadores y sus organizaciones. Esa es una amenaza que se cierne sobre trabajadores y asalariados en general del Uruguay en caso de un triunfo electoral de la derecha. Es oportuno, entonces, recordar que en la 19ª Reunión Regional Americana de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Panamá, se hizo el compromiso de gobiernos, trabajadores y empleadores de erigir un mejor futuro del trabajo a través del diálogo social; la resolución se da en medio de algo que la convierte en paradojal: oficialmente hubo en 2017 unos 26,4 millones de desempleados (13 millones en Brasil) y se espera que la cifra se incremente este año.

Por supuesto, no podría haber triunfo de la ultraderecha sin fracaso, sin errores de la izquierda, sobre todo después de haber gobernado durante más de una década, aunque no sólo es el “desgaste natural”. En el caso de Uruguay, donde gobierna el progresismo con apoyo de sectores de izquierda, que recibe tantos malos ejemplos y está “cercado” por Argentina y Brasil, sin ánimo de dar consejos, se debe actuar autocrítica y humildemente, saliendo a reconocer y topar con fallas y errores, contra la corrupción, procurando entender y encarnar las demandas de la gente. Exigíamos paz, pan, trabajo y libertad en el pasado y en eso estamos hoy, sin que por ello pretendamos perder la oportunidad de estar con el ciudadano para decirle qué se piensa hacer para superar la inseguridad (que la oposición magnifica y de la que sólo se oye hablar de operativos, desalojos, demoliciones y propuestas de “mano dura”); qué con el empleo y la inflación, que se vuelve carestía. Sí hay que insistir que convivencia pacífica y armónica, al igual que libertad y respeto a las garantías individuales, sólo se aseguran con la continuidad de quienes gestionaron los últimos tres gobiernos.

Los gramscianos, con paciencia recuerdan a Don Antonio: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Los que procedemos de la izquierda y que nos llaman “los nuevos radicales”, decimos que no únicamente deseamos criticar lo existente, también queremos cambiarlo.

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