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La extrema derecha al poder en Brasil, ¿y ahora? por Eduardo Gudynas y Alberto Acosta

La extrema derecha al poder en Brasil, ¿y ahora?  por Eduardo Gudynas y Alberto Acosta
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 Bolsonaro obliga a una crítica de los progresismos y un relanzamiento de las izquierdas en América Latina

 América Latina está siendo aleccionada por el triunfo de Jair Bolsonaro, un político casi desconocido de extrema derecha, en las elecciones presidenciales de Brasil, así como por su contracara, el retroceso del Partido de los Trabajadores y de otros grupos.

Urge abordar semejante “lección” sin repetir ni la nutrida información circulante de estos días ni los análisis simplistas. Además, tal abordaje debe hacerse desde una mirada latinoamericana, buscando comprender las implicancias para las izquierdas en los demás países. Tarea urgente pues hoy muchos creen confirmada la imposibilidad de cualquier alternativa de izquierda y que el retorno de las derechas es inevitable.

Es importante adelantar que rechazamos esa postura, y más bien vemos en la crisis el semillero de una nueva izquierda latinoamericana que no repita los errores progresistas y se convierta, una vez más, en opción de cambio. En otras palabras, apostar a unas izquierdas que eviten la llegada de otros Bolsonaros en los países vecinos, para lo cual cabe una disección rigurosa sobre lo sucedido en Brasil. Permanecer en la superficie es insuficiente, y sólo se evitará el contagio si se construyen propuestas de cambio profundas, viables y democráticas.

Derechas sin disimulos y progresismos que disimulan

Bolsonaro y sus apoyos expresan una ultraderecha que ya nada disimula ni oculta. Tiene una prédica homofóbica, ataca a indígenas o negros, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, o defiende la tortura y la dictadura. Pero no está solo, su racismo y autoritarismo son respaldados por amplios sectores brasileños y los contrapesos ciudadanos y políticos fueron ineficaces en detenerlo. Esto revela una sociedad brasileña mucho más conservadora de lo pensado, en contraste con la pasada prédica del Partido de los Trabajadores (PT), que celebrara el apoyo del “pueblo” y el viraje hacia la “izquierda”.

Aquí ya asoman varias lecciones. Una de las viejas propuestas del PT era democratizar la sociedad brasileña, incluyendo mejorar la institucionalidad política. Pero una vez en el gobierno, el desempeño fue muy limitado pues se agravó la dispersión partidaria; se usaron sobornos entre legisladores (recordemos el primer gobierno de Lula da Silva con el mensalão); persistió el verticalismo partidario; y paulatinamente se debilitó la participación ciudadana. Esos y otros factores tal vez explican las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad brasileña que no era tan izquierdista como parecía.

Es evidente que una renovación de las izquierdas debe aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras partidarias. No hacerlo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Aquí sin duda opera el “miedo a perder la próxima elección”. En Argentina, el sucesor designado del kirchnerismo perdió la elección ante el nuevo conservadurismo de Mauricio Macri, justo por hacer algo parecido a lo que ahora ocurrió con el PT de Brasil: rechazar los llamados al cambio, abroquelarse e inmovilizarse sobre un núcleo duro. Ese mismo temor es evidente hoy en el gobierno del MAS de Bolivia, y parece asomarse en el FA de Uruguay.

Desarrollo nada nuevo sino senil

El caso brasileño confirma la gran importancia de las estrategias de desarrollo, factor clave al diferenciar entre progresismo e izquierda. El camino seguido por el gobierno de Lula da Silva, el “nuevo desarrollismo” descansó otra vez en las exportaciones primarias y la captación de inversión extranjera, alejándose de muchos reclamos de la izquierda. Este hecho, así como los apuntados arriba, expresan que progresismo e izquierda son dos corrientes políticas distintas.

En efecto, Brasil devino en el mayor extractivista minero y agropecuario del continente. Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque mucho se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias empresariales (como ocurrió con los Planes Agrícolas y Pecuarios), el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões  nacionales).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

Esto comenzó a crujir al caer los precios de las materias primas, develándose que las ayudas mensuales son importantes, pero no sacan realmente a la gente de la pobreza, que persistía la excesiva concentración de la riqueza, y que parte del financiamiento a las corporaciones se perdió en redes de corrupción. No se transformaron las esencias de las estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, haciendo que Brasil tuviera la peor balanza comercial física del continente. Se produjo desindustrialización y fragilidad económica y financiera. Ese “nuevo desarrollismo” progresista es tan viejo como nuestras propias colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos y políticos nada neutros, y más bien contrarios de buena parte de la esencia de izquierda. Para colmo, los progresismos en los países vecinos siguen el mismo sendero. Se alimentaron crisis políticas que los progresismos no logran resolver desde la izquierda, y regresaron viejas recetas como el endeudamiento, los controles sobre la movilización ciudadana, o flexibilizar normas ambientales y laborales para atraer inversores. Como resultado se generaron condiciones para una restauración conservadora dejándose servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil.

Ruralidades conservadoras

El desarrollismo senil requiere del viejo autoritarismo, y por ello distintos sectores como el ruralismo ultraconservador festeja el discurso de Bolsonaro contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra. Bolsonaro cuenta entre sus apoyos con la “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al anterior gobierno cuando Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Además, los progresismos no aseguraron una real reforma agraria o una transformación de la esencia del desarrollo agropecuario. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica en Brasil; un similar proceso de sojización ocurrió en Uruguay iniciado con José Mujica en el MGAP. Los progresismos no lograron explorar alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras a pequeños y medianos productores.

Las izquierdas, en cambio, deben innovar en una nueva ruralidad, abordando en serio tanto la tenencia como los usos de la tierra, y el rol de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país.

Pobreza y justicia

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido. Pero, mucho de ese esfuerzo descansó en el asistencialismo y reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). El consumismo se confundió con mejoras de la calidad de vida.

El progresismo aquí olvidó la meta de la izquierda de desmercantilizar la vida como reacción contra el neoliberalismo del siglo pasado. La idea de justicia se redujo a enfatizar algunos instrumentos de redistribución económica, mientras que los derechos ciudadanos seguían siendo frágiles. La izquierda latinoamericana no puede hacerse la distraída ante el hecho que Brasil está a la cabeza en el número de asesinatos de defensores de la tierra en el mundo (57 muertes en 2017 según Global Wittness) y la violencia urbana no ha retrocedido. Las izquierdas no deberían entramparse en esos reduccionismos, y la justicia social es mucho más que la redistribución, así como la calidad de vida es también más que el crecimiento económico.

Hay futuros posibles

El PT como otros progresismos sudamericanos, no sólo desoyó advertencias sobre ese “nuevo desarrollismo” primarizado, sino que activamente combatió los debates y ensayos en alternativas al desarrollo. Distintos actores, tanto nacionales como extranjeros, aplaudían complacientes sin escuchar las voces de alarma, con el pretexto perverso de no hacerle el juego a la derecha.

A pesar de todo, en Brasil y en el resto del continente hay múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de la izquierda, desde la crítica al desarrollismo, los ensayos para abandonar la dependencia extractivista o la salvaguarda los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender y desaprender de estas experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en el respeto a la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo y la exclusión. Todo esto demanda siempre más democracia.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay; Alberto Acosta fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

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