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La felicidad del pintor ante su obra

La felicidad del pintor ante su obra
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Van Gogh a la puerta de la eternidad (At Eternity’s Gate) USA-Francia-Gran Bretaña-Suiza-Irlanda 2018. Dirección: Julian Schnabel. Libreto: el mismo con Jean-Claude Carrière y Louise Kugelberg. Fotografía: Benoit Delhomme. Música: Tatiana Lisovskaia. Con: Willem Dafoe, Rupert Friend, Mads Mikkelsen, Oscar Isaac, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup, Anne Consigny, Vincent Pérez. Estreno: 21.03.2019. Calificación: Buena.

Confieso que fui a ver Van Gogh a la puerta de la eternidad con una mezcla de temor y pereza: ¿era necesario un film más sobre el pintor?, ¿había algo más para reflexionar sobre Van Gogh, después de lo que el cine ya mostró sobre él y su arte? La cantera de enfoques parecía haberse agotado desde el torturado Kirk Douglas de Sed de vivir (Vincente Minnelli, 1956) hasta la electrizante animación de Loving Vincent (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017), pasando por el desubicado Martin Scorsese para un fallido episodio de la despareja Los sueños (Akira Kurosawa, 1990), o los viscerales Jacques Dutronc y Tim Roth para las simultáneas Van Gogh (Maurice Pialat, 1991) y Vincent y Theo (Robert Altman, 1991). Sin duda algo similar habrá sentido el pintor y cineasta Julian Schnabel (el de La escafandra y la mariposa), y quizá por eso en su acercamiento al personaje apeló a biografías más modernas, trazando datos biográficos muy diferentes a las adaptaciones anteriores. El resultado es toda una sorpresa.

“Quizás Dios me hizo pintor no para mis contemporáneos, sino para la gente que no ha nacido aún”, le dice Van Gogh (Willem Dafoe) a un sacerdote (Mads Mikkelsen) que puede darle el alta del asilo en que ha sido confinado. El párroco entiende que Vincent cree que Dios pudo haberse equivocado, pero el espectador y el pintor saben que no, que lo más factible es que Dios adelantó un siglo al pintor ex profeso. Confieso que no sé de dónde sacó Schnabel esas palabras: si de las cartas a Theo, de la biografía en la que se basa su film, o si simplemente las imaginó. Sea cual sea la respuesta, parece obvio que las insertó en esa secuencia para dar una apoyatura verbal definida al delicado precipicio al cual el pintor pareció asomarse de continuo a lo largo de su vida, abismo rodeado de paseos por el campo y episodios violentos, como el terrible corte en la oreja izquierda o su confusa muerte, que para Schnabel –al igual que en Loving Vincent- no fue suicidio sino asesinato.

Un notable punto a favor de la película es que el cineasta no se recrea en los paisajes o las pinturas, sino que las muestra como sueños borrosos que ni el propio Vincent sabía explicar. Porque el director nos hace ver su película con los ojos del propio Van Gogh. De ahí que utilice exhaustivamente la cámara en mano (cuentan que varias escenas fueron rodadas por el propio Dafoe) y los destellos de la lente, para sumar a la película una potencia que la convierte en un alter ego de la frenética personalidad del pintor. La cámara subjetiva y los primerísimos planos de los actores enfrentando al espectador enriquecen a la historia, sin distraerla del drama.

Pero además Schnabel quiere que entendamos cómo, cada vez que el pintor miraba algo veía algo nuevo. Muchas veces distorsionado, convirtiendo lo bonito en feo y viceversa, porque no pintaba a la persona o el objeto que tenía delante, sino la experiencia personal que vivía con ellos, formada por el momento compartido y los recuerdos que más tarde le quedarían. El permanente estado febril de la película es el del propio Van Gogh, a veces paralizado y a veces dinámico pero siempre rodeado de colores similares a los de su paleta. La búsqueda pictórica de Schnabel es similar a la que Minnelli persiguió en 1956, pero su intención es opuesta: mientras el veterano maestro de Hollywood intentó rodar de esa forma por el mero placer de realizar un cuadro viviente, Schnabel lo hace para imbuirse del espíritu de Vincent, expresado en frases breves pero contundentes: “Los árboles que pinto son míos”, “La esencia de la naturaleza es la belleza”, “Las flores mueren, pero las mías resistirán”.

Ese enfoque lleva a la idea más revolucionaria y sorpresiva de esta propuesta, porque Van Gogh a la puerta de la eternidad felizmente no es una nueva biografía del pintor más desgraciado de la historia, sino una reflexión sobre el arte, su pintura y su ansia de eternidad dejando un legado al ser humano. Dicho en otras palabras: es un film sobre la envoltura espiritual de Vincent. De esa manera refleja una positividad que a priori nadie asocia con la imagen torturada que hemos conocido de Van Gogh. Es cierto que sólo vendió un cuadro en toda su vida (que es lo mismo que decir ninguno), pero según Schnabel fue feliz pintando, ¿y quién puede tener la osadía de contradecirlo? Mucho menos cuando se apoya en una labor inmensa de Willem Dafoe, capaz de convencernos de lo que quiera, incluso de tener 36 años cuando en realidad cumplió 63 mientras rodaba el film. El resultado de su labor es más Van Gogh que todo lo que hasta hoy se ha armado alrededor del personaje. Dafoe nos entrega ansiedades, temores, entusiasmos y pasiones en dosis superlativas. El intérprete que supo ser el Jesús más polémico de la historia, o un memorable Nosferatu en broma, obtiene aquí uno de los picos más altos de su memorable carrera, edificada desde la humildad… como la del incomprendido pintor holandés.

Nota: El espectador no debe retirarse de sala al aparecer los títulos de crédito finales, ya que después de ellos la película contiene un par de minutos adicionales.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".