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La guerra no ha terminado por Ruben Montedónico

La guerra no ha terminado por Ruben Montedónico
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Si nos atenemos a las expresiones postelectorales de los comicios de tiempo medio de la gestión del Ejecutivo de Estados Unidos dadas por los participantes no vamos a obtener ninguna consideración concluyente; estaremos más cerca si nos despojamos de esas apreciaciones y analizamos directamente los números resultantes.

En el primero de los casos, la reacción del mandatario local no deja lugar a dudas para él -que suele ver los acontecimientos con ópticas particulares y evaluada con pesas y medidas distintas a las de la mayoría- y se trató de un triunfo republicano con base en méritos suyos. Por esto, se permitió seguir zapateando en el escenario político nacional e internacional, siendo los destinatarios, de sus conclusiones, el Fiscal General, Jeff Sessions -al que cesó- y de su verborragia Emmanuel Macron, a quien llenó de dicterios antes de concluir destinándole palabras de amistad.

Se espera que martirice a sus escuchas con algunas torpes salidas y ocurrencias en la siguiente junta del G-20, en Buenos Aires, con las que buscará hacer notar la revivificación de la economía estadunidense en tiempos de su gobierno. Con la egolatría por delante, debe pensar que los 20 millones de dólares para la reunión -que Argentina tomará de los empréstitos que le hace el FMI- y el portaviones auxiliar uruguayo serán para acompañar su presencia a 8.500 kilómetros de la casa.

Lo cierto -debe señalarse- es que el resultado no fue radicalmente malo para Donald Trump pese a que perdió la mayoría en la Cámara de Representantes, mientras los republicanos seguirán controlando el Senado (donde de las 35 renovaciones 26 eran de los demócratas), con lo cual se aleja la posibilidad de que la oposición concrete un impeachment. La situación que dejó la contienda –a lo que hay que sumar las buenas cifras económicas- dan pie para que decida, con esta interpretación y circunstancia, presentarse a la reelección.

Desde otro ángulo, debe observarse que la integración en Representantes, controlada ocho años por los republicanos, ofrece una variedad de procedencias singulares en su integración: alto número de mujeres ocupando escaños que antes fueron de conservadores republicanos; proliferación en ese género de negras, musulmanas, africanas y lesbianas, y activistas y agentes de grupos minoritarios -históricamente infamados política y socialmente por la reacción.

Como vemos, los resultados nos indican consecuencias no definitivas y con más de un sentido: el control republicano del Senado le asegurará al Ejecutivo que sea votado favorablemente lo actuado por él con México y Canadá para la suscripción de un nuevo tripartito acuerdo comercial (el Usmca) que sustituirá al Tlcan o Nafta, cumpliendo así con una promesa de campaña de Trump sobre abolir lo firmado por H. W. Bush, Brian Mulroney y Salinas de Gortari en 1992. Sin mayores detalles ni entrar en la consideración y análisis del nuevo acuerdo, digo que el Usmca favorece más los intereses estadunidenses que lo que ya se beneficiaba con el Tlcan.

Sin embargo, la conducción de Representantes por la oposición demócrata -también conocidos como “los azules”- frena los ímpetus presidenciales en la construcción de un muro en su frontera sur que limite y dificulte la migración centroamericana y mexicana a Estados Unidos, representando un revés para el inquilino de la Casa Blanca. La frontera sur estadunidense es -desde un punto de vista político- el equivalente al Mediterráneo y Turquía para los migrantes que quieren pasar a Europa occidental.

El predominio opositor en la Cámara Baja expone la debilidad de los republicanos que fundamentan su potencial electoral en los sectores sureños más conservadores y en el voto rural. En cuanto al sufragio para las gubernaturas, aunque los republicanos mantienen el control ejecutivo en Texas y -en un primer escrutinio- en Florida, es llamativo cómo se han estrechado los guarismos y acercado los candidatos demócratas en esos estados.

Otro ejemplo lo da New York, donde pese a estar gobernado comúnmente por demócratas, la alcaldía de Staten Island era la excepción y allí ganaban los republicanos: en estos comicios fueron barridos de esa posición. Por si fuera poco, en esta ciudad fue electa Alexandria Ocasio-Cortez, nacida y criada en el Bronx, activista puertorriqueña, que se convirtió en la congresista más joven de la historia (29 años) al obtener 78 por ciento de los sufragios y derrotar a su contrincante republicano Anthony Pappas.

Por otra parte, sectores demócratas adoptaron un término al que en Estados Unidos muchos grupos le dieron, y aún le asignan, una connotación negativa: socialismo. Ya no se trata sólo de que lo use Bernie Sanders y con él – a sus 77 años- expuso y renovó su sitio entre los senadores con el apoyo en las papeletas de una mayoría de jóvenes; el término fue incorporado por muchos candidatos opositores que le agregaron el vocablo “democrático”, aunque en verdad no se acerca siquiera a los postulados de la socialdemocracia nórdica europea y menos aún a lo que en Latinoamérica se entiende por él. Sin embargo, no deja de sorprender que exista en Estados Unidos una organización de Socialistas Democráticos y que muchos “azules” -que serán integrantes de la Cámara de Representantes- mantengan una doble afiliación, lo que no los exime de los anatemas de Trump.

En cuanto a la aproximación inicial que emerge de esta compulsa, inevitablemente surgen coincidencias con nuestro paisano, docente en Estados Unidos, Jorge Majfud. El tacuaremboense señala como uno de los emergentes “la confirmación de una creciente separación cultural e ideológica que no puede prometer otra cosa sino más ira, frustración y violencia”. Y en el final de uno de sus artículos, refiriéndose a las pasadas elecciones concluye con algo que sobresalta pero que muchos sentimos y pensamos: Estados Unidos nunca ha dejado de pelear la Guerra de Secesión y ahora ese conflicto -con su núcleo de racismo y xenofobia- se profundiza e irradia a otros países satélites.

 

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