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La humanidad D.C. por Hoenir Sarthou

La humanidad D.C. por Hoenir Sarthou
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Al final, como siempre, todo se reduce a creer o no creer.

Si uno toma por buenas las versiones con las que nos machaca constantemente la prensa, las noticias que aparecen en los portales y motores de búsqueda virtual, si toma en serio los helicópteros sobrevolantes y el ritual de película del espacio con que lo reciben en oficinas públicas y comercios grandes, no hay nada que hacer. Sólo caben el miedo, el tapabocas, la obediencia, el aislamiento, el distanciamiento físico, la angustia y cruzar los dedos para que nada nos contamine. Todo argumento y todo intento de relativizar el miedo serán inútiles.

Ahora, si uno se atiene a los hechos, las cosas cambian. En Uruguay –según datos oficiales- hay actualmente ocho camas de CTI ocupadas por pacientes con coronavirus. Murieron menos de una veintena de personas que, además del virus, tenían otras graves patologías, y hay unos cientos de casos detectados, la mayoría asintomáticos o con síntomas leves. El número real de infectados lo desconocemos, ya que no se ha testeado a la población, ni a una muestra de la población, sino a personas que presentan síntomas o respecto de las cuales se sospecha que hayan estado en contacto con portadores del virus.

Sobre esa exigua base real se dispusieron las medidas que han hecho trizas nuestra vida económica, laboral, social, familiar y educativa. El resto de los fundamentos provino de afuera, de la OMS, en base a previsiones fallidas (el informe Ferguson) y datos de China, Italia, España o EEUU, datos muy cuestionables, tanto respecto a la cantidad de casos como a la verdadera causa de las muertes.

Tengan presente que no acuso al gobierno uruguayo. Hay que reconocer que Lacalle y su equipo han intentado mantener la sensatez, por ejemplo, al desestimar la cuarentena obligatoria, modelo OMS, que adoptaron el gobierno argentino y otros de la región.

¿Cuáles son los factores reales de poder que han llevado a tantos gobiernos a adoptar políticas suicidas, para la población de sus países y para los propios gobernantes?

La respuesta siempre conduce a la OMS. La OMS primero encubrió a China mientras se desarrollaba el contagio inicial, luego declaró la pandemia, barajó cifras, informes y pronósticos escalofriantes, recomendó clausurar el mundo y presionó a los gobernantes para que lo hicieran.

Bill Gates, convertido en una suerte de ministro mundial de salud, habla todos los días en la televisión de los EEUU, formula pronósticos y recomendaciones, anuncia fechas posibles de aparición de una supuesta vacuna y, de paso, aprovecha a informarnos cómo funcionará la “nueva normalidad” mundial en los próximos años. Al parecer, el número de sus declaraciones televisivas supera incluso a las de Donald Trump y ha polemizado pública y acremente con Trump sobre las políticas ante el coronavirus. Hace pocos días, el primer ministro español, Pedro Sánchez, se jactó de que Melinda Gates –sí, la esposa de Bill y su socia en la Fundación que lleva sus nombres- lo había llamado para hablar sobre la pandemia. El periodista argentino Nicolás Morás informó, sin ser desmentido, que George Soros-socio de Bill, de Melinda y de los Rockefeller en muchos negocios-  había llamado al presidente argentino, Alberto Fernández, cuando éste se disponía a levantar la cuarentena obligatoria. El resultado fue que la cuarentena se prolongó.

¿Por qué estos individuos, que no ocupan ningún cargo público ni tienen ninguna versación en medicina, son opiniones relevantes en todo lo relativo al coronavirus y se permiten aconsejar y presionar a los gobernantes respecto al tema?

Sin duda esas atribuciones tengan relación con que son financiadores privados de la OMS y controlan a poderosas compañías dedicadas a la industria farmacéutica, algunas de ellas asociadas incluso con empresas chinas.

El matrimonio Gates ha donado unos 300 millones de dólares a la lucha contra el coronavirus. Pero la industria farmacéutica ha recibido ya más de 3.000 millones de dólares para investigar en busca de la vacuna, y seguirá recibiendo mucho más en tanto el coronavirus sea el principal y obsesivo temor mundial.

Yo ignoro si a gente como los Gates o Soros los sigue moviendo el dinero. Imagino que, cuando la fortuna personal ya no puede medirse en casas, viajes, autos, sirvientes, comidas y vacaciones lujosas, cuando todo eso está asegurado para uno mismo y para sus descendientes durante siglos, el dinero se transforma en otra cosa. Un símbolo. Símbolo de éxito y de poder. Cuando uno tiene decenas de miles de millones de dólares, aumentar la fortuna en algunos miles de millones quizá no sea otra cosa que confirmar el éxito y aumentar el propio poder.  Si eso puede hacerse cambiando la vida de todo el mundo, el punto valdrá doble. Y, si puede lograrse contrariando la voluntad de gobernantes poderosos, desde Vladimir Putin a Donald Trump, pasando por Boris Johnson, Bolsonario y López Obrador, la satisfacción será infinita.

El mundo ha cambiado mucho en sólo tres meses.  Hasta ahora, al menos en Occidente, la historia de la Humanidad se dividía en “AC” y “DC” (antes y después de Cristo). Lo bueno es que no tendremos que cambiar de siglas. Habrá un tiempo “Antes del Coronavirus” y otro “Después del Coronavirus”.

Antes, el poder del sistema financiero y el de los organismos internacionales era relativamente secreto. El grueso de la población del mundo no lo percibía. Hoy ha quedado en evidencia que un organismo como la OMS, en las circunstancias adecuadas y convenientemente financiado, puede dirigir a un mundo asustado e imponerse sobre gobernantes encumbrados. Dentro de algunos meses, cuando se sepa el grado de endeudamiento que los Estados habrán asumido a consecuencia de la cuarentena, será evidente también que el sistema financiero tiene importantes intereses en la cuarentena.

Antes, la libertad de la vida pública y el desprejuicio en las relaciones interpersonales eran valores en Occidente. Hoy, toda persona es vista como un potencial factor de contagio y nadie pugna por cosas como la vida política, con asambleas, actos y manifestaciones, o por el desprejuicio, la sociabilidad y el amor libre. El miedo, sabiamente atizado y publicitado, lo ha cambiado todo.

En la mayor parte de los países, las medidas de prevención se impusieron por regímenes de excepción o por decreto, prescindiendo de procedimientos legales, debates parlamentarios, y de crítica o investigación periodísticas, dando por sentado el asentimiento de una opinión pública inconsulta pero dispuesta a someterse a casi cualquier cosa en aras de la seguridad sanitaria.

Se ha establecido una nueva –en realidad muy vieja- forma de legitimación del poder. Ya no la discrepancia democrática, ya no las mayorías trabajosamente alcanzadas tras esfuerzos argumentales y militantes. Un miedo y una obediencia medievales han tomado ese lugar. Las cosas son como son, en el mundo mandan los que tienen el poder de mandar, y desobedecer no nos lleva al infierno, pero sí a CTIs colapsados, sin vacunas y carentes de ventiladores.

Escribo estas líneas después de varios días de andar por la calle, tratando de hacer trámites, frecuentando oficinas públicas y privadas. Soy pesimista. La gente va a trabajar porque no tiene más remedio. Pero está asustada. Muy asustada. Se cubre con el barbijo con la misma unción con que una monja lo haría con su toca. El virus ha sustituido al demonio, y el alcohol en gel al agua bendita, pero el miedo a la perdición parece ser el mismo.

Los poderes de hecho que impulsan esta política global de cuarentena suicida no han ganado la batalla todavía.  Aunque en franca minoría, cada vez más gente duda de que sus datos, sus tratamientos, su publicidad y sus objetivos sean beneficiosos para la Humanidad. Y, como se sabe, la duda es la piedra angular de todo conocimiento.

Hay un intento evidente de reorganización del poder mundial sobre nuevas bases. No en vano los Gates y sus empleados vaticinan que “la lucha contra el flagelo será larga”, que “luego el mundo no será el mismo” y que “deberemos acostumbrarnos a una nueva normalidad” (al principio creí que la expresión era un acierto de Luis Lacalle, pero luego supe que viene de muy arriba en la actual jerarquía del mundo).

¿Cuán fuertes pueden ser la duda y las opiniones críticas cuando carecen de prensa y de poder? ¿Pueden vencer a la fuerza coaligada del dinero, la presión al poder político, la publicidad y una academia que legitima lo que se presenta como “sentido común universal”?

Dicen que se puede engañar a algunos para siempre y a todos durante un tiempo, pero que no se puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo.

Esperemos que así sea.

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