Home Sociedad La humanidad y su entorno: una mirada ecológica por  Ariel Asuaga
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La humanidad y su entorno: una mirada ecológica por  Ariel Asuaga

La humanidad y su entorno: una mirada ecológica por  Ariel Asuaga
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Uno de mis profesores más recordados de la Facultad de Agronomía fue Bernardo Rosengurtt, quien fue una autoridad mundial en Gramíneas. Fue docente de Botánica y de Forrajeras. Los estudiantes, ignorantes casi por definición, lo considerábamos atrasado porque no estaba de acuerdo con la propuesta de moda de sustituir al campo natural por pasturas sembradas más productivas y de mejor calidad. Allá por 1973, un profesor de maquinaria holandés que hubo en tiempos de la intervención en la dictadura, tuvo el atrevimiento de decirle a Rosengurtt que la rueda del progreso no tenía marcha atrás. Yo empecé a entender al viejo profesor ya bastante avanzado en mi profesión.  Cierta vez leí que el sabio es y no oprime. Es así. El sabio sabe y espera. Sabe que muchas cosas dependen más del tiempo en que son consideradas, que de la racionalidad o verdad que contengan. En el área ganadera de Uruguay hay menos del 5% del área ocupada por pasturas sembradas del tipo de las que recomendó Mac Meekan, el consultor neozelandés que las propuso en nuestro país. Actualmente el grueso de la alimentación de la ganadería uruguaya sigue proviniendo del campo natural que estudió Rosengurtt, quien perdida la batalla política con Mac Meekan, siguió trabajando en la Facultad de Agronomía buscando entender las relaciones de las pasturas nativas con su ambiente y su uso.

¿Por qué Rosengurtt tenía razón y Mac Meekan no? Sencillamente porque Rosengurtt sabía de ecología. Le cabía aquello de Artigas que sabía dónde estaba por el sabor de los pastos.

El relato anterior busca mostrar que el tipo de formación agronómica que tuve estaba regida por el aprovechamiento racional de la naturaleza para generar producción para el mercado y beneficio económico para el productor. En este contexto la tierra es objeto de comercio y pertenece en gran medida a personas que buscan su uso rentable. En términos de la vida de una persona, los recursos naturales en uso parecen estables y pasibles de ser utilizados indefinidamente. No toda, pero sí gran parte de la tierra, es un insumo de la producción capitalista, cuya finalidad es producir dentro de un esquema de tipo industrial. Estos esquemas operan intentando dominar a la naturaleza, sin considerar que los cultivos sustituyen la diversidad natural por una o pocas especies, mientras que las que no son de interés económico son consideradas plagas o malezas.

El aumento de la productividad se apoya en la tecnificación y ésta requiere una notable inyección de energía. La energía inyectada, por su parte, proviene de los combustibles fósiles. Estamos inmersos en el sistema capitalista y algunos de sus problemas los vemos como si fueran exógenos. Por ejemplo la agricultura actual genera muchas malezas resistentes a los herbicidas, pero no se piensa que esto se deba a una tecnología insostenible, sino que simplemente es un problema a resolver. Se lo intenta solucionar con la misma tecnología que lo genera. El problema es que se prescinde de la noción de ecología. Los sistemas intentan siempre volver a ser diversos y resisten la simplificación extrema. Lo sostenible siempre es complejo.

El calentamiento global también es percibido como algo externo, cuando es una consecuencia de quemar combustibles fósiles a un ritmo endemoniado.

El crecimiento de la población y la tecnología se potencian para acelerar la historia. Por eso, hoy tenemos mucho más clara la noción de finitud de los recursos. También empezamos a entender que por inteligentes que seamos estamos sujetos a las restricciones ecológicas del mundo en el que vivimos. El mandato bíblico de crecer, multiplicarse y dominar la creación es imposible. La finitud del mundo, el efecto de la curva exponencial y la segunda ley de la termodinámica, no son cosas que admitan discusión.

Los asuntos ambientales son ineludibles y su resolución está indefectiblemente ligada a un avance hacia una humanidad más equitativa capaz de ampliar el estado de bienestar. Se necesita un mundo habitable con gente educada, que acceda a un buen sistema de salud, que tenga una habitación confortable, que respire aire limpio y tenga agua no contaminada. La rentabilidad no es un buen criterio para asignar recursos, cuando de atender los problemas ambientales se trata.

Hoy no vislumbramos una clase revolucionaria, aunque tal vez esté en ciernes; podrían ser los jóvenes que necesitan un mundo donde vivir. De pronto los agentes revolucionarios no sean personas, sino que sean el cambio climático y los problemas ambientales los que nos conduzcan inexorablemente hacia formas diversas de resolver estos asuntos, reformulando la distribución del poder en las empresas, buscando salir de la prisión de las fronteras, haciendo circular la propiedad. Es muy sensato imaginar como Piketty, un avance hacia una forma de socialismo participativo al que se vaya llegando sin violencia, por la simple necesidad de vivir.

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