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La mentira más grata por Hoenir Sarthou

La mentira más grata por Hoenir Sarthou
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Un fantasma recorre el Mundo: el neofascismo.

Antes de que los expertos me lo reprochen, me apuro a admitir que quizá no sea exactamente fascismo, ni tampoco muy “neo”, pero, en fin, de algún modo hay que instalar el tema para empezar la nota.

Lo cierto es que los Bolsonaro, los Trump y los Orban, han llegado al gobierno en sus países, y una creciente ola de partidos nacionalistas, populistas, social y culturalmente conservadores y políticamente autoritarios, ya sea en la retórica o en la acción, conquistan votos y parcelas de poder en América y en Europa.

¿Por qué?

No sé si es posible dar una respuesta. Lo que sí puede decirse es que, en el medio siglo que va desde 1968 hasta el presente, se produjo un cambio anímico sustancial.

En 1968, el sentido común (eso que el promedio de la gente cree verdadero) indicaba que el socialismo estaba en la puerta. A algunos les molestaría y a otros nos encantaba, pero más de medio mundo (URSS, China, Cuba, etc.) estaba gobernado por regímenes que se proclamaban socialistas y en cada país había una avanzada cultivando la llama de la “Revolución” o los “frentes populares antiimperialistas y anti oligárquicos”. Uno podía oponerse o colaborar, pero la sensación era que “la cosa se venía”.  Hoy el sentido común cree todo lo contrario. Las utopías sociales lucen marchitas. A algunos les encantará y a otros nos entristece, pero así parecen ser las cosas.

En los últimos cien años, en Europa y en América se probó de todo: gobiernos liberales de derecha, gobiernos liberales de izquierda, gobiernos autoritarios, dictaduras, fascismos, populismos de izquierda y de derecha, socialismos revolucionarios, socialismos democráticos, socialismos militaristas, líderes carismáticos de todos los pelos. Todo se ha ensayado.

Sin embargo, llegamos a la segunda década del Siglo XXI con la penosa sensación de que nada funciona. Prácticamente en todo el mundo las quejas son las mismas: inseguridad, corrupción, incertidumbre laboral, violencia creciente, decadencia educacional, contaminación ambiental, problemas migratorios. Incluso lo que parece ser diferente, como que en algunas regiones haya hambre y falta de medicamentos, mientras que en otras se vive con pautas de consumo alienantes e insostenibles, es en el fondo una prueba más de que las cosas no funcionan.

Uno puede preguntarse si ese estado de cosas es casual, una suerte de decadencia moral, política y anímica que nos obliga a la resignación, a mimetizarnos con el ambiente y a sentirnos tan sin rumbo como las sociedades en las que vivimos.

En lo personal, estoy convencido de que no todo es casualidad. Hay fuerzas que operan sobre la realidad sin importar qué apariencia adopte ésta. Y, por cierto, no hablo de una conjura.

Desde la segunda mitad del Siglo XX, se produjeron en el mundo dos hechos determinantes: a) una enorme acumulación de capitales; b) un desarrollo tecnológico sin precedentes.

Lo que llamamos “globalización” es, en buena medida, una cuestión de escala. Quizá –no estoy seguro- no haya una diferencia sustancial entre la mentalidad de un industrial o un banquero del Siglo XIX y el “CEO” o el accionista mayoritario de una corporación transnacional actual. Pero, sin duda, existe entre ambos una diferencia enorme en los medios que manejan y en los efectos de sus decisiones. Una inversión de muchos miles de millones de dólares puede cambiar la cara, la economía, la política, las leyes, las ideas y hasta la geografía de un país, e incluso de un continente. Y hoy hay en el mundo muchas corporaciones capaces de esa clase de inversiones.

Hace ciento cincuenta años, los capitales industriales y financieros influían muy fuertemente en los dirigentes políticos. Hoy los inventan, los publicitan, les moldean los discursos, les dan instrucciones, los bloquean si molestan, y los destruyen si el político llega a creerse su propio mito o ya no resulta necesario. Los volúmenes de dinero, la capacidad tecnológica y los medios de comunicación global hacen posible eso y más.

No nos damos cuenta, pero todos estamos inmersos en esa burbuja. Poco a poco, mediante dinero, publicidad abierta o subliminal, periodismo controlado y producción académica financiada, no sólo lo que compramos está condicionado. También lo está la información que recibimos, lo que creemos, lo que leemos, lo que pensamos y lo que votamos. No es fácil intentar salir de la burbuja. Causa miedo y soledad.

Pero nada es perfecto. Ni siquiera la dominación. De alguna manera, millones de personas se sienten insatisfechas con sus vidas y con la sociedad en la que viven. Aunque les cueste decirlo, no creen a fondo en la escala de valores que se les propone, ni en las ofertas de “progreso” y de justicia social al uso, y tampoco creen que las instituciones políticas les ofrezcan una alternativa. Simplemente, no creen y se sienten mal.

¿Qué son los Trump, los Bolsonaro, y los nuevos políticos nacionalistas, populistas y autoritarios que prosperan en el mundo?

Probablemente sean una respuesta a ese malestar. Una última apuesta a algo que no es, o parece no ser, “el sistema”.

Los votos a Trump y a Bolsonaro fueron, claramente, una respuesta a los proyectos “progresistas” de Clinton-Obama y del PT. Hartos de financistas e inversores volátiles, de corrupción, de identidades “de género”, de “discriminación positiva” y de la soberbia de unas élites políticas que no hablaban su idioma, millones de norteamericanos y de brasileños votaron por lo que vieron como opuesto.

¿Será lo opuesto?

Los verdaderos centros de poder económico han sabido adaptarse a todos los sistemas políticos inventados. Han operado bajo gobiernos democráticos y dictatoriales, de derecha y de izquierda, elitistas y populistas. Nadie puede asegurar cuál es la verdadera función de líderes como Trump o Bolsonaro, así como del recién electo presidente mexicano López Obrador. Todos ellos, del signo que sean, están asediados por intereses que no tienen color político.

Hay una sola cosa que no se ha intentado desde hace muchos años.

Los actores políticos, los ideólogos de moda, los tecnócratas y los publicistas piensan y hablan de la política como actividad protagonizada por profesionales a los que las personas comunes deben apoyar o desapoyar. Por eso, cada pocos años, una nueva revelación política.

¿Y si esa fuera la mayor mentira de nuestro tiempo?

En todo caso, es una mentira grata y cómoda, que nos permite estar en nuestras casas ocupándonos de nuestros asuntos. Pero no por eso deja de ser mentira.

El directo involucramiento ciudadano en las decisiones públicas podría, tal vez, cambiar unas cuantas cosas. Pero, claro, eso jamás será dicho por las élites económicas o políticas, ni por los ideólogos y publicistas rentados. Nuestra prensa, nuestros hábitos, nuestra moda y nuestro sistema de deseducación trabajan en sentido opuesto. Venden siempre la esperanza de una gran renovación política.

Hay una verdad vieja como el mundo: no hay democracia sin ciudadanos. Y no hay ciudadanos si la sociedad no trabaja para formarlos. Es una verdad incómoda, trabajosa y poco grata, como lavar los platos.

Cuando la oleada proto-fascista cumpla su ciclo, esa verdad seguirá en pie. Aunque nos neguemos a reconocerla.