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La nada en pareja

La nada en pareja
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Mario Levrero confesó alguna vez el carácter revelador que tuvo Franz Kafka para él con la siguiente expresión: “hasta leer a Kafka no sabía que se podía decir la verdad”. La afirmación, aparte de confirmar la influencia clara que, por ejemplo, El castillo ejerce sobre El lugar o La ciudad, nos permite pensar cómo, tanto el checo-alemán como el uruguayo, entendían que no era posible dar cuenta de la “verdad” apelando al “realismo”, que otras formas literarias eran necesarias para dar cuenta de ciertas características de las sociedades del siglo XX, en particular vinculadas a la disociación entre el individuo y una dinámica burocrático-social que coloniza incluso el ámbito del amor y la familia. Ya en el siglo XXI Angie Oña afirma: “Para mí el arte le muestra a la sociedad lo que esconde. Muchas veces es dolorosamente bello, porque denuncia lo que no se dice. A veces hay que destruir cosas que aparentan son hermosas pero que en realidad no lo son (…) Se suele caer en la trampa de actuar y pretender quedar correcto o bello, pero el actor que trasciende es el que muestra lo que no se muestra” (entrevista de Malena Rodríguez para Dossier). Nuevamente, Oña plantea la necesidad de correrse de la convención estética aparentemente más “realista” para proponer que para decir lo que está detrás  de los automatismos sociales el enfoque debe ser otro, y la forma que adoptó  Oña en sus primeros textos para teatro se vincularon a esa tradición conocida como “absurdo” de la que Kafka era un antecedente pero que teatralmente cristalizó en los años cincuenta del siglo pasado. Éter Retornarle, estrenada en 2008 con dirección y actuación de la propia Oña, se enmarca en términos generales en eso que se ha llamado “absurdo” para dar cuenta del carácter alienado y automatizado de los vínculos en un proceso que tiene raíces a principios del siglo XX pero que hoy en día ha tomado un carácter trágico. Pero como Oña se centra en los equívocos que dan cuenta de esa incomunicación radical que nos domina, lo trágico se torna tragicómico, y logra que nos riamos de esas pequeñas tragedias cotidianas surgidas de la absoluta incapacidad de empatizar con otras personas, incluso con nuestra pareja.

“Vivimos olvidando que estamos vivos. Y desaparecer del mapa, estirar la

pata, es lo que nos toca después de tanta nada.” Con esta afirmación Madelón irrumpe en escena, dando cuenta de esa alienación que vuelve automática y rutinaria la vida, que la hace funcional a una dinámica social en  la que pocas veces somos realmente protagonistas. Las rutinas automáticas que Madelón y Elmer realizan mientras entablan diálogos que dan cuenta de una pareja quebrada, a punto de separarse, complementan esa lógica en que las acciones parecen haberse independizado de quienes las realizan. Y de esa misma forma los diálogos, que utilizan palabras con múltiples significados, se vuelven incoherentes, en tanto el contexto se olvida y el lenguaje también parece operar automáticamente en direcciones disparatadas:

Madelón.- ¿Viste las estrellas?

Elmer.- En el cine.

Madelón.- En el cielo. Se están cayendo. Yo las miro. Y a la luna también. La luna es

 mía.

Elmer.- La luna es de todos.

Madelón.- Nada es de todos. El agua no es de todos, la casa no es de todos, el auto no

 es de todos, el perro no es de todos. Yo me quedo con el perro y vos te quedás con los
niños.

Elmer.- ¿Y los libros?

Madelón.- ¡Te los quedás vos!

Elmer.- ¡No! Vos.

Madelón.- Yo no los quiero.

Elmer.- Yo tampoco.

Madelón.- ¿De quién son los malditos libros?

Elmer.- De todos.

Madelón.- Me hiciste acordar. La luna no es de todos. Nada es de todos. ¿Ves?

Pero la nada a la que refiere Oña es muy concreta, la muerte como única posibilidad cierta de la experiencia humana es objeto de una reflexión consciente, que delata quizá el punto de vista heideggeriano:

Madelón.- Hablemos de la nada.

Elmer.- No sé qué decir.

Madelón.- Ni yo (…) NADA… Nosotros queremos

 estar llenos. Llenos de algo. De lo que sea. De mierda, igual. Pero nada es poca cosa.

Elmer.- Ni siquiera es poca cosa. Es nada. No vale la pena hablar de la nada. Hablando de ella se convierte en algo.

Madelón.- En algo espeluznante. Se convierte en miedo.

Elmer.- En miedo a la nada…

El absurdo de una convivencia automatizada, carente de sentido, se combina con la experiencia existencial, con la angustia ante la certeza de la muerte con una lógica circular, que parece atrapar a los personajes en una rueda sin fin. Pero ya en aquella primera versión de Éter retornable los personajes tenían un germen de café-concert (en la misma línea que algunas criaturas beckettianas) que se ha potenciado con las actuaciones de Laura Falero y Daniel Calegari en esta nueva puesta estrenada en La cretina el mes pasado. Las actuaciones tienen una expresividad mucho menos naturalista (están más cerca de ser “expresionistas”) y la escenografía de Freddy González indica un descuido y desorden que dan un carácter mucho más imperfecto a ese círculo de incomunicación que lo que se percibía en la versión de 2008. El propio hecho de que el texto esté a la vista, y los personajes se refieran a él para justificar algunos diálogos parece posibilitar otras lecturas más allá de lo meta-teatral: en primer lugar el carácter exterior de sus acciones, la imposibilidad de ir en otra dirección; pero por otro lado una consciencia de la situación que haría posible salirse de ella. Y esta nueva situación deja espacio para que Falero y Calegari propongan una impronta vinculada a la comedia y el stand up, algo en lo que han trabajado con asiduidad.

Éter Retornable es un excelente espectáculo, con actuaciones expresivas, potentes, en que se combina el histrionismo con la reflexión sobre el lenguaje para dar cuenta de la descomposición de un vínculo, pero además es un mojón interesante en el recorrido de Oña en la dirección. Como dramaturga su trabajo empezó a ser más espaciado justamente a partir de este texto, en esta década abrió una escuela de la que Falero y Calegari son egresados, que lucha contra la automatización de la actuación, de la experiencia, que busca conectar con la verdad a partir de las emociones menos racionalizadas. Oña no se estanca, incluso volviendo sobre un texto estrenado hace una década, se nutre de su práctica y deja a los actores ser protagonistas y co-creadores, a partir de su propia materialidad, de un espectáculo que habla de lo mismo que el de hace diez años, pero que es distinto a la vez. Es recomendable ver Éter Retornable, porque habla de muchas más cosas de las que se dicen, y porque las actuaciones de Falero y Calegari son de esas que invitan al teatro por sí mismas.

Éter retornable. Texto y dirección: Angie Oña. Elenco: Laura Falero y Daniel Calegari.

Funciones: sábados 21:00. Centro Cultural Tractatus (Ituzaingó y Rambla 25 de Agosto)

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