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La pasión del mal

La pasión del mal
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El personaje eje de Las putas de Buchenwald, la última obra de Sebastián Barrios, fue un personaje histórico que pone a prueba la tesis de Hanna Arendt sobre la banalidad del mal. Cuando Arendt, en 1961, cubre el juicio que el estado de Israel hace al criminal nazi Adolf Eichmann se encuentra con un burócrata del genocidio, con alguien que ordenaba asesinar seres humanos como un trámite administrativo más, alguien que afirmaba que el problema no era matar, sino qué hacer con los cuerpos, alguien que hacía el mal “sin pasión”, al decir de José Pablo Feinmann. Pero si cabe a Eichmann, jefe del campo de concentración de Auschwitz, ese hacer el mal sin pasión, no parece que pueda decirse lo mismo del comandante del campo de concentración de Buchenwald, Karl Otto Koch, ni de su mujer, Ilse Koch.

Si bien Karl Koch estuvo al mando de Buchenwald hasta 1941, siendo investigado y luego fusilado por los propios nazis a raíz de sus actos de corrupción, Sebastián Barrios ubica su obra a fines de la segunda guerra mundial, apenas antes de que el campo sea liberado por el ejército de los EE.UU. Y el personaje que le interesa es Ilse, la sádica esposa del Comandante nazi, que adquirió comportamientos patológicos. Se dice que organizaba orgías sexuales, que, obsesionada con su piel, bañaba su cuerpo con vino de Madeira, o que torturaba personalmente a muchos prisioneros. Si bien nunca se le pudo probar esa acusación, también se la acusó de seleccionar prisioneros por sus tatuajes para desollarlos y construir lámparas con esa piel tatuada.

Sobre ese personaje de carnadura histórica Barrios construye su obra, que se estructura en las vísperas de una noche de 1945, cuando cinco mujeres de oficiales nazis son invitadas por Ilse Koch a participar de una orgía organizada por su marido junto a prisioneros polacos. La obra transcurre mientras las mujeres esperan que lleguen los organizadores de la orgía, y aquí es donde Barrios abandona “la” Historia y pasa a desarrollar “su” historia, verosímil, pero que ahonda en los secretos de las perversiones de protagonistas secundarios del genocidio nazi.

Más allá del morbo y de lo sádico, pareciera que a Barrios le interesa indagar sobre los excesos a que conduce el poder absoluto, pero también sobre el encandilamiento que genera. Las mujeres de la obra, mientras esperan, juegan una a una a ser Ilse Koch, a ser esa señora absolutista, megalómana, que hace el mal con una pasión excesiva. Y aquí hay un gran hallazgo de Barrios, porque una criatura como Ilse Koch, por más real que haya sido, es tan inverosímil que “representarla” hubiera sido un riesgo que teatralmente poco aportaría. Pero al decidir mostrarnos a su personaje a partir de cómo un grupo de mujeres que se van emborrachando la “imitan” logra sumergirnos en un hecho teatral poderoso.

Al no poder (o no querer) representar a “la perra de Buchenwald” Sebastián Barrios crea personajes que la caricaturizan, que juegan a ser ella, y que en el fondo desean “ser” ella. Uno veía la obra y por momentos no podía dejar de pensar en Las sirvientas de Genet, por esa relación ambigua, entre amor y odio, con que esas mujeres “subordinadas” jugaban a ser la “superior”. Pero además de posibilitar acercarse a los excesos del personaje histórico de forma más verosímil, ese juego de representaciones que se da en Las putas de Buchenwald brinda posibilidades teatrales que Barrios aprovechó al máximo. En definitiva estamos ante cinco mujeres que se emborrachan, que hablan de sus maridos, de orgías, de infidelidades, que se abrazan, que rozan las situaciones lésbicas, que se pelean y se gritan. Una fiesta protagonizadas por mujeres “amigas”, que nos acerca el telón de fondo de las atrocidades nazis desde un ángulo mucho menos obvio del habitual.

Pero si sorprende esa capacidad de Barrios de no ir a la obvio, de acercarse a “la pasión del mal” a partir de un juego de representaciones alternadas sin pretender “mostrarla”, lo más sorprendente del espectáculo es su vitalidad. Las putas de Buchenwald exige mucho físicamente al elenco, y las cinco actrices logran que la ebriedad excesiva de sus personajes, ebriedad que tiene que ver con la borrachera de la noche pero también con la del régimen, se derrame por el escenario. Hay un gran trabajo de dirección que logra un ritmo que sorprende, en particular pensado en algunas actrices que acostumbramos ver actuar de forma mucho menos vertiginosa. El trabajo de dirección de Barrios, por supuesto apoyado en un elenco que se luce como tal, sin destaques individuales, complementa su investigación y su dramaturgia para traducir a la materialidad de la actuación en el escenario una reflexión sobre el poder absoluto que se sale del trillo más frecuente.

 

Las putas de Buchenwald. Texto y dirección: Sebastián Barrios. Elenco: Sara Bessio, Carolina Eizmendi, Ileana López, Virginia Méndez y Pelusa Vidal.

 Funciones: Sábados 21:00, domingos 19:00. Teatro Victoria.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.