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La versión de Amodio por Hoenir Sarthou

La versión de Amodio por Hoenir Sarthou
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Hace pocos años, después de cuarenta de ausencia, Amodio Pérez aterrizó en el Uruguay y empezó a hablar. Fue entrevistado, dio conferencias de prensa, participó en polémicas. Después fue arrestado y enjuiciado por causas no bien explicadas. Finalmente su procesamiento fue revocado, pero debió pasar largo tiempo para que, recién este año, pudiera salir del país y volver a España.

Hace poco, un bar de Pocitos fue inspeccionado y sometido a repudio social por poner en la entrada un cartel que decía “Ni perros ni mexicanos”. Después se supo que había un malentendido. El cartel era una cita de una película de Tarantino y los dueños del bar nada tenían contra los mexicanos.

Antes, una revista destinada a quinceañeras fue objeto de censura por haber publicado un artículo sobre cómo les convenía actuar a las quinceañeras ante los celos de sus noviecitos. Un local de baile fue clausurado por incitar a sus clientes femeninas a asistir con shorts o con minifaldas. Y la autorización municipal de una “milonga” que funciona en la Plaza Fabini (o “del Entrevero”) fue suspendida porque el organizador se opuso a que dos mujeres bailaran juntas. El organizador estuvo a punto de ser sometido a una rehabilitación ideológica compulsiva en la Comisión de Género de la Intendencia de Montevideo.

Hace pocos días se planteó un fuerte debate sobre si las posturas que niegan o pretenden revisar al Holocausto judío deben poder expresarse públicamente.

Desde ayer, la escritora Mercedes Vigil  está sometida a fortísimos ataques virtuales por haber expresado su opinión –muy crítica- sobre las actitudes políticas del recién fallecido Daniel Viglietti.

Todo esto junto a los constantes linchamientos virtuales que se producen en las redes sociales por las más diversas causas, políticas, morales, artísticas, deportivas, personales.

¿Qué noción de “libertad de expresión” aplicamos los uruguayos en 2017?

Uno podría creer que, después de soportar once años de dictadura, la cuota de defensa de la libre expresión estaba cumplida para la gente de mi generación.

Pero, no. Resulta que no es así.

Tal como están las cosas, tengo que empezar por aclarar que, hasta el gobierno de Mujica, no me oponía a los tupamaros. Al punto que los voté en 2009. No soy mexicano ni odio a los mexicanos. No tengo nada que ver con ningún bar ni fui jamás al baile de los shorts y las minifaldas. Notoriamente no soy una quinceañera. Me gusta que dos mujeres o dos hombres bailen tango entre sí (de hecho, una de las personas a las que he visto bailar mejor la parte masculina del tango es una mujer). No soy nazi, ni, que yo sepa, judío, y nunca estudié el Holocausto judío como para tener algo novedoso que decir sobre él.  Por último, conozco poco a Mercedes Vigil, y en cambio era y soy admirador de Daniel Viglietti, al que le debo –como muchos uruguayos- algunas músicas y letras que llevo (llevamos) grabadas en el alma.

Es extraño tener que decir todas estas cosas para que quede claro que este artículo habla pura y exclusivamente sobre la libertad de expresión.

Aun así, es más que probable que en los comentarios de las redes virtuales se me catalogue (y los comentaristas se cataloguen entre sí) como “facho”, “bolche”, “reaccionario”, “progre”,  “machista”, “feminazi”, “homófobo”, “fraudeamplista”, “racista” o “discriminador”.

Lo que en el fondo quiero decir es sencillísimo: la más libre expresión de todas las opiniones y de todos los relatos (cuando no constituyan en sí mismos un delito) no es sólo un derecho de quien se expresa y de quien desea oírlo. Es una necesidad y una conveniencia casi absoluta de toda la sociedad.

Tomo uno de los ejemplos más polémicos: el caso Amodio.

Amodio vino y habló. Se le hicieron preguntas, se lo criticó. Cada uno sacó la conclusión que quiso. Claro, hasta que lo encarcelaron y hablar de él se volvió incómodo.

¿Cuál fue el resultado de que Amodio hablara? ¿Se minimizó en algo el horror de la tortura y de los crímenes cometidos por los militares? ¿Se limpió en algo su imagen como colaborador de los carceleros y traidor de sus compañeros de militancia?

No, en absoluto. Todos quedamos convencidos de que había colaborado y traicionado. Y todos quedamos aun más convencidos del horror que fue esa época, dentro y fuera de las cárceles y cuarteles.

El gran efecto de Amodio es que – involuntariamente- contribuyó a que podamos empezar a construir una historia más adulta de cosas que ocurrieron durante la dictadura.

La dictadura y las cárceles son temas que se intentó despachar siempre con relatos unívocos, el relato de hierro de los militares, el relato de niebla y silencio de los primeros gobiernos civiles, y el relato de mármol elaborado después por las organizaciones políticas de izquierda, para el que el mundo se dividía en feroces torturadores reaccionarios y heroicos presos revolucionarios, sin negociaciones, sin debilidades humanas, con apenas uno que otro traidor, uno tupamaro y al menos otro comunista, que congregaban en sí todas las culpas, las miserias y las vergüenzas.

El relato de Amodio, así como algunos elocuentes silencios y la furibunda intención de encarcelarlo, resquebrajaron un poco ese relato marmóreo y nos mostraron o nos confirmaron que la historia,  hecha por seres humanos, nunca es tan nítida ni tan lineal como lo quieren los relatos interesados.

Falta mucho por saber. Falta gran parte de la historia que esconden todavía los militares y hechos que cada tanto salen a luz comprometiendo a figuras insospechadas de todo el espectro político.

Lo que pasó con Amodio es aplicable a otros temas sobre los que hoy nos negamos a discutir.

Los verdugos, las víctimas y los traidores no están siempre prolijamente alineados a uno y otro lado de la raya. Y los insultos y las versiones heroicas y marmóreas no pueden impedir, a la larga, que la verdad salga a luz. Miren los casos de Armenia, de España, de Brasil, donde antiguos hechos y antiguas falsedades son investigados y lentamente desmontados.

Hay algo preocupante. Además de la proliferación de áreas temáticas declaradas “tabú”, de las que no se puede hablar sin ser atacado y condenado, existe una creciente presión para que la transgresión, el ingreso “incorrecto” en esos territorios vedados, sea penalizado.

Increíblemente, en la sociedad uruguaya, empieza a haber miedo de hablar de algunos temas. Un difuso sentido común de que “mejor no hablar de ciertas cosas”.

Lector: si vas a hacer un comentario a la versión virtual de este artículo, o de cualquier otro, pensá en qué vas a decir y en cómo lo vas a decir. No por mí. Sino porque “como juzgues, serás juzgado”. En otras palabras: con lo que digas y cómo lo digas, estarás delimitando también el espacio de tu propia libertad.