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La veteranía ya no innova

La veteranía ya no innova
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Mal que les pese a aquellos que piensan que Uruguay tiene otro destino, por ejemplo, los que sueñan con hacer de este país la Meca del Software, o el país de la alta gama turística, éste seguirá siendo un país agropecuario, tecnificado, claro que sí; con mucho mejor confort para quienes creen que allí hay una oportunidad, pero va a seguir produciendo comida para el mundo.

Uruguay exporta el 95% del millón 350 mil toneladas del arroz que produce. En carne bovina, los uruguayos siendo casi los campeones del mundo en consumo, todavía producen más. Aproximadamente se exporta el 90% de la carne bovina que consume. Sin ninguna duda es un país agroexportador, y está preparado para mantenerse entre los mejores productores de comida de todo el mundo.

Claro que también las necesidades de los consumidores aumentan. Uruguay hizo bien en prepararse para seguir estando a la vanguardia en producir carne de calidad. El consumidor quiere saber que hay dentro de la bolsa cerrada al vacío que ve en la vitrina del supermercado. Nuestro país tiene todo el ganado, no sólo el que se destina a la exportación, trazado y vacunado. En la etiqueta que acompaña al corte que el cliente va a comprar figura la procedencia y los datos más relevantes. Esto lo han hecho técnicos uruguayos, y los productores, que se adaptaron inmediatamente a mantener el ganado en óptimas condiciones. No siempre el productor gana, es una lucha desigual contra la naturaleza, pero el cambio que Uruguay ha dado en el agro es, en buena parte, porque a todo el Uruguay llega la energía eléctrica, el wifi, los veterinarios, agrónomos, servicios agropecuarios en todos los sectores de la producción.

¿Acompaña el uruguayo promedio esta nueva realidad? Sigue siendo un país macrocefálico. Todo lo que se considera moderno está en Montevideo, actitud que acompañan las capitales departamentales, y hasta los pequeños pueblos. Todos quieren ser Montevideo.

Está bien, Montevideo supo ser una ciudad hermosa, ya no lo es. Hay algo que la afea, y no es sólo un tema de presupuesto. Vive desconectada del resto del país. Se ha vuelto una ciudad complicada, agresiva. Esa diferencia entre campo y ciudad ocultan un drama histórico, que no se lo plantea el campo sino los prejuicios de los habitantes de San Felipe y Santiago. De esos prejuicios manan buena parte de las ideas, que se repiten como muletillas: “ese canario está lleno de plata, tiene una estancia como de cuatrocientas hectáreas”. La inmensa mayoría de los montevideanos desconocen hasta lo que abarca una hectárea. Después está el otro argumento para descartar la vida en el campo: “Qué querés, llega la tardecita y no puedo soportar el campo, me entra una angustia en esa soledad.

Si Uruguay se propone cambiar su destino económico no tendrá más remedio que pensar en vivir de otra manera. Ya lo están haciendo, por voluntad propia, muchos profesionales a los que no les parece mal que sus hijos crezcan en el campo con el confort de cualquier ciudad. Contaba un amigo recién llegado de Nueva Zelanda que en el pueblo más cercano al establecimiento donde fue a ver ovinos, las artesanías giraban casi todas en figuras de ovejas, almanaques, juguetes. Esos pueblos viven de lo que se produce allí, están consustanciados con el tipo de producción regional. No se concibe una ciudad pequeña o grande en el mundo desarrollado que no valore la producción regional.

Estamos en una crisis que no se explica porque pasa en todos los continentes. No es tan así. Hay países que tienen una muy baja tasa de homicidios, y no flotan en la riqueza. El Estado es parte de esta crisis. Da la sensación que la única meta es mantenerse a flote, ir tirando.

Hay una parte importante de la juventud que se quiere abrir paso, que está dispuesta a dar batalla. De ellos será dentro de poco el Uruguay que intenta alejarse de la historia más triste y abyecta que nos toco vivir.  Mantienen algo de esperanza, algo de esa uruguayés  que ha hecho de este país un pequeño gran país.

Pero la parte del vaso que está vacía también vive y lucha para ser los campeones de la plancha: el funcionario desganado, que acaba siendo desganado y mala leche.

Veamos lo que pasó en Veterinaria, hace muy pocas semanas. Al parecer, a alguien le llamó la atención que algunos estudiantes salvaran las pruebas sin dificultad. Tiraron de la piola y dieron con una profesora particular que preparaba alumnos para los distintos exámenes y parciales. ¿Por qué les llamó la atención? Estas son algunas pistas para entender la Universidad de la República, la que parece gratuita.

Fisiología: Entre los años 2016 y 2017, y en un total de 533 estudiantes examinados, aprobaron  116 y reprobaron 423. Sólo el 22 % de los alumnos aprobaron. Hay nombres, demasiados, que desaprueban una y otra vez. En 7 parciales analizados, el que tuvo la mayor proporción de aprobados fue el de febrero de este año, con un 33% de aprobados. De esto no son culpables los estudiantes. Con un 22% de aprobación promedio, ¿a nadie en la Facultad se le encendió la luz de alarma? Este es el fracaso del mito de la Universidad gratuita. No es para nada gratuita, y si no que lo digan las familias de pocos recursos cómo hace para que sus hijos tengan una oportunidad en la línea de largada. Una carrera pensada para hacerla en 5 años termina siendo de 8 o más años, en caso que pueda estar 3 o más años dedicado sólo a estudiar. ¿Qué tiene que pasar para que alguien haga algo distinto, que rompa el molde y presente soluciones para que los muchachos puedan tener una educación terciaria accesible, y donde los profesores comprendan que su función es ayudar a sacar  de cada estudiante lo mejor de sí. Además, es un mandato de la ciudadanía, no un privilegio para aplicar la ley del gallinero.

Es posible sacar a este país de la modorra, ya salió después de largos períodos de luchas fratricidas, pero no así. La Universidad de la República tiene que oír el runrún de críticas, y por más que se defienda echándole la culpa al resto del mundo, tendrá que repensarse para que el país aproveche las nuevas generaciones de técnicos, en las distintas disciplinas. La Universidad es, naturalmente, el motor intelectual del país. La misión de sus autoridades no puede ser la de un padre distraído, sino las de promover la esperanza.

El Estado, nosotros, el hombre que ha perdido su trabajo es quien paga los salarios y pone los recursos para que la Universidad pública funcione, y a ellos a quienes hay que transmitirles para dónde va la Universidad. Esto que pasa en Veterinaria, con la tradicional estrategia de eliminar alumnos en segundo y cuarto, no es ético. El país necesita a esa juventud para que se animen a proponerle cosas sensatas, aunque arriesgadas. Los gerontes ya no producen nada nuevo. Es hora de activar el recambio, y la Universidad debería estar dentro de la locomotora en lugar de rascarse la cabeza porque no entiende lo que está pasando.

No podemos basar la estrategia, como país, en seguir atrayendo inversiones  extranjeras, porque así como vienen se van, y si no miren lo que empieza a suceder: Weyerhaeurser vende su empresa y sus tierras en Uruguay. Los argentinos se llevaron la soja de vuelta a Entre Rios, un tractor, que sólo sirve para trabajar, paga en gasoil lo mismo que un coche de alta gama.

Hoy en día, la renovación es más importante que mantener la experiencia al timón.