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La vida breve, la mentira y el teatro

La vida breve, la mentira y el teatro
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Durante el mes de setiembre se desarrolló la IV Muestra iberoamericana de Teatro de Montevideo, muestra que reunió artistas de Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, España, México y Uruguay.

Lo más relevante de este minifestival, que se realiza cada dos años desde 2012, es la posibilidad de estar, regularmente, frente a producciones de las artes escénicas de otros países latinoamericanos, algo que no es frecuente en nuestra ciudad. En Montevideo pareciera que, salvando la producción bonaerense, el idioma más que acercar a otras tradiciones teatrales latinoamericanas nos separa. Tal es así que el que este año la Comedia Nacional estrenara una obra colombiana es una rareza. Canadienses y franceses, alemanes y austriacos, norteamericanos y británicos, rusos y ucranianos, todos llegan a Montevideo, incluso libaneses y rumanos que escriben en francés. Pero no llegan los costarricenses, guatemaltecos, ecuatorianos, hondureños, peruanos o cubanos. Algún chileno, algún venezolano, y menos frecuentemente algún colombiano o mexicano nos recuerda a los montevideanos que en otras partes de la América hispana también se hace teatro. Y el equipo de la Sala Verdi, como eje de esta muestra iberoamericana y de otros encuentros de este tipo, es el responsable de que ese otro teatro que habla nuestro mismo idioma o el portugués llegue a nuestros escenarios.

Como decíamos arriba esta muestra tiene su primera edición en el año 2012, en esa oportunidad pasaron por Sala Verdi y Museo del Carnaval grupos de Colombia, Argentina, México y por nuestro país se estrenó Marx in Soho (del norteamericano Howard Zinn) con la actuación de Cesar Troncoso y dirección de Juan Tocci. En 2014 la muestra creció, llegaron grupos de Argentina, Brasil, Chile y Perú, destacándose el espectáculo La maquina idiota de Ricardo Bartís en el Museo del Carnaval y el estreno de Ritter. Dene. Voss. (del austríaco Thomas Bernhard) por Uruguay, con dirección de Levón y actuaciones de Estela Medina, Gloria Demassi y Marcos Valls en el Teatro Victoria, que se agregó a las salas de la muestra. La tercera edición, en 2016, acercó espectáculos de República Dominicana y Argentina, sumando por primera vez a elencos del otro lado del Atlántico, en esa oportunidad fueron Titziana Teatro y Tanttaka Teatro de España y Cia do Chapitô de Portugal. Lo novedoso fue que uno de los espectáculos uruguayos fue de un autor chileno (Clase, de Guillermo Calderón, con dirección de Coco Rivero y actuaciones de Rogelio Gracia y Camila Vives). Lo otro novedoso fue que el festival cruzó el Miguelete y el Pantanoso para llegar al Centro Cultural Florencio Sánchez del Cerro, programando allí los espectáculos Villa Argüello de Argentina y Resistir de Uruguay.

La cuarta edición, realizada en setiembre pasado, volvió a mostrar una muestra en expansión. En primer lugar se expande por la ciudad, sumando al Centro Cultural Goes del barrio homónimo a las salas céntricas (El Galpón y Sala Verdi) y al Florencio Sánchez del Cerro. Se expande también al contar con producciones binacionales como Latencia, que transcurría a la vez en Montevideo y Río de Janeiro. Y con la llegada por primera vez de espectáculos de Costa Rica como Viaje a Xibalbá, basada en el Popol Vuh. Este año también llegaron tres espectáculos argentinos y uno de España, además de estrenos uruguayos y la vuelta de la compañía mexicana Lagartijas tiradas al sol, que ya había estado en nuestra ciudad pero en otro marco institucional. El balance nuevamente es muy positivo, permitiendo que el espectador montevideano se encuentre con formas de pensar y producir artes escénicas que deberían ser mucho más cercanas. Voces estuvo presente en cuatro de los espectáculos que integraron la muestra, dos de ellos ya fueron reseñados en estas páginas (Latencia en el Nº 621 y Nosotras en Brum en el Nº 622) y dejamos para esta nota final If. Festejan la mentira, de Gabriel Calderón, y Tijuana, de los mexicanos de Lagartijas tiradas al sol.

 

¿Y si…?

Juan María Brausen es el personaje clave de la novela La vida Breve de Juan Carlos Onetti. Y es clave por que es el protagonista, pero también porque es el creador, en un juego de ficciones que se abre cada vez más, de Santa María y de sus habitantes, Diaz Grey y Larsen entre ellos. Brausen también se convertirá él mismo en otra persona cuando empiece a actuar como Arce. Calderón en If. Festejan la mentira, hace que el pie desde el que la ficción se empiece a reproducir como en un juego de matrioshkas sea la Fundación Brausen, una Fundación que empezaba a operar en el espectador mucho antes de que llegara a la sala teatral, cuando veía la promoción de If en las redes sociales y notas de prensa (cabe recordar aquí que el Brausen de Onetti era justamente publicista).

If es una obra que como el título sugiere se plantea hipótesis verosímiles (¿Y si los militares ganaban el plebiscito del 80?) y las echa a andar para generar situaciones teatrales a veces desopilantes. Esas hipótesis atraviesan siempre una misma situación inicial, el velorio de un familiar al que las dificultades económicas no permiten enterrar. Un velorio, una familia, dificultades económicas: el grotesco rioplatense en potencia. Pero una particularidad fantástica de algunos personajes hace que esa misma situación atraviese las décadas, los universos posibles, y las estéticas teatrales para hacernos dudar de todas nuestras certezas ante la pregunta escénica, nunca discursiva, del título: ¿Y sí…?

El dispositivo, que evidentemente no conviene develar, le permite al equipo de creadores hacer múltiples reflexiones, plantear interrogantes, y jugar con las estéticas teatrales. Como Calderón nos había adelantado, no hay intento aquí de jugar a la verdad, más bien se apuesta a la convención teatral de lleno, pero una convención que vuelve las “peripecias” en hechos “verosímiles” para utilizar las categorías aristotélicas. Y el espectador acepta el código y juega, hasta que la pregunta desnuda aparece en el escenario y toda la reflexión escénica se vuelve evidente sin que se altere el impacto, como no se modificaba el encanto de la Santa María de Onetti cuando íbamos descubriendo su génesis totalmente ficcional.

Por momentos If nos hizo pensar en películas como Machete de Robert Rodríguez, por esa capacidad de nutrirse de las convenciones, incluso de las de la cultura popular, para crear una obra que remite a ellas de forma lúdica pero que no deja nunca de hacer preguntas a la realidad social en que está inserta. Por supuesto, la potencia de las actuaciones es un valor agregado en If, esperamos explayarnos más sobre ellas cuando el año que viene vuelvan a festejar la mentira en los escenarios montevideanos.

¿… yo fuera otro?

If, la obra de Gabriel Calderón que abrió la IV Muestra iberoamericana de Teatro de Montevideo plantea algunas hipótesis como disparador de hechos teatrales. Pero como el mismo autor nos decía, el teatro mismo es una hipótesis que debemos aceptar, un juego en el que el espectador asume que en el escenario hay alguien que dice que es quien no es. Tijuana, la obra de los mexicanos de Lagartijas tiradas al sol parte de un espectador que parece dudar de eso, que no acepta tan fácilmente las convenciones, y a partir de esa duda los creadores abren otro juego. Gabino Rodríguez, actor y director de Tijuana, se hace pasar por Santiago Ramírez, habitante de la ciudad fronteriza con los EE.UU. Allí se plantea vivir seis meses trabajando en una maquiladora que le paga el salario mínimo, un ingreso que apenas le alcanza para pagar la renta de una casa sin puertas, el transporte al trabajo y la comida. La proyección de algunos registros audiovisuales de esa experiencia, la reproducción de algunas situaciones en el escenario y la narración del marco conceptual de la propuesta que contiene preguntas como ¿Qué significa democracia en México a día de hoy para unos 50 millones de personas que viven con el salario mínimo?, todo eso se integra en la propuesta que lleva como título Tijuana. Y el espectador queda atrapado por la reflexión social, por la experiencia casi antropológica, pero también por el hecho teatral. Gabino Rodríguez hace lo que el Brausen de Onetti cuando se hace pasar por Arce y se convierte en otra persona para La Queca. Por supuesto que el actor no participa de ningún acto delictivo, pero se hace pasar por otra persona para tener material para generar un hecho artístico, y ahí el propio actor confiesa que le surge un dilema ético. Pero el espectador también queda habilitado a pensar ¿De verdad pasó eso? ¿Es cierto que el actor Gabino Rodríguez fue por seis meses el obrero Santiago Ramírez? ¿Y eso cambia algo?

En el programa de la obra se puede leer que la compañía “busca dotar de sentido, articular, dislocar y desentrañar lo que la práctica cotidiana fusiona y pasa por alto. No tiene nada que ver con el entretenimiento, es un espacio para pensar” Lo potente de la propuesta es que luego de todo el rodeo el espectador está ante los mismos problemas de siempre, debe aceptar un juego. Nuevamente el lugar del personaje está puesto en duda, pero ahora esa duda se multiplica, las preguntas no cesan, pero el interés por la propuesta aumenta.

En el marco de otra muestra que realiza la Sala Verdi hace dos años pudimos ver Está escrita en sus campos, de la misma compañía. En aquella oportunidad se entrevistaba a un joven dealer, y sobre ese documento se construía un relato sobre el negocio de la droga y el crimen en México, y como eso afecta a cientos de miles de mexicanos. El recurso es el mismo, se parte de la “realidad” y se genera un hecho escénico. Pero ¿Existía ese dealer? ¿O fue un artificio para atraer a un espectador que ya no cree en las ficciones? Si el dealer no es real o si no es verdad que Gabino Rodríguez se hizo pasar por Santiago Ramírez ¿Pierde vigor la reflexión que se generó? ¿El hecho teatral pierde fuerza?

Aquí no le vamos a dar respuesta a esas preguntas, pero la reflexión que nos dejó el actor mexicano no deja de ser estimulante. El recurso del documental para dar estatus de “verdad” a la reflexión teatral puede quedar minado si el mismo documental resulta ser puro teatro. Pero al final ¿eso importa?

La IV muestra Iberoamericana de Teatro de Montevideo se sigue expandiendo, y como cuando termina un mundial, ya estamos esperando la siguiente.

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.