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La violencia que no cesa por Nelson Di Maggio

La violencia que no cesa por Nelson Di Maggio
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Soterrada, invisible, difícil de identificar muchas veces, la violencia —social o individual, pública o doméstica— está aferrada al ser humano como restos presumibles del primitivo cerebro reptiliano. La violencia está en nosotros (Deliverance, 1972, de John Boorman), acertado título en español para un filme que no alude al tema, aunque parece adecuarse a la realidad actual. Las artes visuales contemporáneas no incursionan en los gritantes problemas de hoy, divulgados por los medios y aceptados por el público en la ensañada repetición, como una condición más de la existencia.

Günther Uecker es una de las grandes personalidades artísticas alemanas que tiene sobradas motivaciones para irrumpir con fuerza arrolladora en problemas urticantes del mundo actual. Este artículo de 1996 forma parte del ya anunciado libro a publicar referido a la recopilación de artículos sobre arte internacional de quien escribe. La situación de encierro obliga a comparecer a la memoria, una rendija de libertad interior.

Violencia y compasión

El hombre vulnerado es el título de las catorce instalaciones que se pueden ver en el Museo Nacional de Artes Visuales. Constituye uno de los hechos plásticos más intensos de los últimos años.

Su autor, Günther Uecker, pasó de su originaria República Democrática Alemana a la parte occidental y dejó atrás la estética del realismo socialista. En Düsseldorf y Berlín entró en contacto con Ives Klein y otros artistas de vanguardia (él mismo se considera un discípulo de Malévich) y pasó a utilizar los clavos y el blanco como color único para crear superficies (en sillas, mesas, pianos) a menudo circulares, animadas de movimientos rotativos que recuerdan a campos de energía electromagnética. Adherido al budismo zen, encontró en el silencio y en las relaciones nuevas entre el hombre y la naturaleza (a la manera de John Cage y otros) una forma de entender la existencia.

Sin embargo, Uecker no se quedó allí. Al apartarse del Grupo Zero en 1966, su activismo en las barricadas callejeras de los agitados meses de la insurgencia estudiantil de 1968 lo condujo por otros senderos menos formalistas. Sus intervenciones de carácter social no se detuvieron.

Durante una temporada de estudios en Estados Unidos, Uecker se enteró de que Black Mesa, la montaña sagrada de los indios en South Dakota, iba a ser explotada por los hallazgos de uranio. Entonces pergeñó un armazón de vigas de pino asentados sobre machetes cuyos extremos afilados estaban clavados en la tierra con piedras colgadas de cuerdas. Este monumento quedó instalado en la parte trasera de la montaña. Esta obra, ejecutada en 1984, sería la secuencia de otras como Chichicastenango (1980), escultura con un bote sobre los indígenas de Guatemala; La amenaza del hombre por el hombre (1983), continuada en Cuadros de ceniza, sobre la catástrofe de Chernóbil; El bosque de clavos y Caso sinagoga, en recuerdo del medio siglo de la Noche de los Cristales protagonizada por los nazis y ¿Quién tira la primera piedra?, sobre las manifestaciones de Leipzig. Esta toma de posición frente a acontecimientos de notoriedad en el campo político y ecológico hizo de Uecker un artista comprometido con la realidad inmediata; pone al servicio de la denuncia todo un arsenal plástico tan elemental como eficaz. Coincidiendo con el arte povera extrajo de los clavos, la madera, las telas crudas, el engrudo y las piedras los elementos plásticos de una contundencia expresiva formidable. Ya en esas obras había puesto de manifiesto, con esa invasión de clavos en los objetos de la vida diaria, la expulsión del hombre de su hábitat cotidiano, transformando la función inicial en la antípoda de sí misma. El hombre vulnerado (tiene cierta relación con las instalaciones de Águeda Dicancro, a quien conoció y se entusiasmó) es un impacto, por la despojada concepción de cada una de sus catorce instalaciones que perfora la sensibilidad del receptor sin recurrir a efectos estetizantes. Aquí Uecker propone varias transgresiones. Primero, la de los géneros tradicionales, haciendo añicos los lenguajes pictóricos y escultóricos que todavía siguen siendo el sine qua non de las escuelas de bellas artes retrógradas y anquilosadas. Con Uecker la noción de belleza adquiere otra dimensión, al expulsar la idea kantiana del sacrosanto universo de la creación para imponer la idea de Marcel Duchamp de la obra desprovista de toda cualidad estética que tanto cuesta admitir hoy, una lección del maestro francés retomada brillantemente por el filósofo Arthur Danto. No debe ser mera coincidencia que actualmente circule por varios países una exposición sobre Los instrumentos de tortura y la pena capital, desde la Edad Media a la época industrial, una de las más golpeantes exposiciones que se pueden ver. Parece haber sido la inspiración de Uecker para sus obras recientes y en especial El hombre vulnerado. Por otro lado, Uecker transgrede el uso de los materiales —los más elementales y accesibles— hasta situarlos en una categoría de intensidad dramática casi insostenible. Porque esa implacable fuerza explosiva está envuelta en la compasión y la comprensión de la violencia ajena.

En un mundo pautado por la intolerancia de lo que nos es radicalmente diferente (el sexo, el color de la piel, la cultura o el pensamiento), la obra de Uecker es un alerta de una deslumbrante imaginación, que resume varios paradigmas culturales (africanos, asiáticos, americanos) con impactante economía de medios utilizados. Curiosamente, el montaje, en el que intervino directamente Uecker y en especial la iluminación, demasiado uniforme, le quitan parte de la eficacia operativa a la obra. Así como las palabras agresivas extraídas del Antiguo Testamento que, en vez de tener la escritura en forma de lágrimas del alemán, están concebidas en forma regular y candorosa. Muy alejado, por cierto, de la idea inicial. Pero es una objeción menor en una obra mayor.

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