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Las dulzuras del dedazo

Las dulzuras del dedazo
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Desde siempre, al hombre le ha llamado la atención el uso que el habla popular hace de ciertos vocablos. Ahora que ha vivido lo suficiente como para acumular una extensa colección de ejemplos al respecto, de vez en vez, disfruta pensando en alguno de ellos.

En los años dorados de su lejana infancia, allá en el barrio El Ombú de Mercedes, en los alrededores de su casa abrían sus puertas varios almacenes: el de Rodríguez, el de Rostán y el de Centurión, entre otros. Por aquel entonces, era común que infinidad de mercancías que en la actualidad se expenden ya envasadas de fábrica se vendieran sueltas en casi todos los comercios. Más allá de que esta práctica pervive hasta nuestros días, antes tenía empero ciertas diferencias. La mayor, quizá, reside en que antaño, para adquirir determinados productos, el cliente tenía que llevar su propio recipiente.

 

Así las cosas, a fin de comprar dulces y mermeladas, la mamá del hombre tenía dispuesto un vaso de plástico amarillo, al que se le daba ese uso exclusivo. Y algunas tardes afortunadas, a la hora del té, ella le encargaba: “Andá a lo de Centurión y traé cuarto kilo de dulce de leche”. Hacer aquel mandado lo llenaba de felicidad. Porque le causaba una agradable excitación ver cómo el almacenero, primero, pesaba el vaso que él había llevado sobre una balanza de dos brazos; luego, ponía la pequeña pesita con que lo había hecho del lado del recipiente y, por fin, con una cuchara de madera, extraía de un gran tarro de plástico el dulce que iba poniendo dentro  del utensilio amarillo hasta que el brazo de su lado se equilibraba con el de enfrente, sobre el que descansaban tres objetos de bronce que, cual si de esculturas en miniatura se tratase, lo cautivaban con su estética: dos pesas de cien gramos y una, más chiquita, de cincuenta.

Su segundo motivo de regocijo provenía de que, en no pocas ocasiones, a la vuelta del almacén, solía encontrarse con Raúl, un muchachón bastante atorrante a quien él admiraba por sus dotes para jugar al fútbol en el campito, y a la bolita en las veredas de tierra de la calle Oribe, donde hacía gala de su puntería seca. El adolescente sin oficio ni beneficio lo esperaba y, con un fingido aire de ignorancia, le preguntaba: “¿Qué llevás ahí?”. “Dulce de leche”, contestaba el niño, que ya sabía por dónde venía la cosa. “¿Me das un dedazo?”, interrogaba retóricamente Raúl, mientras, con los ojos brillándole de codicia, asomaba su nariz aguileña al interior del vaso amarillo. Él, entonces, se lo ofrecía. El otro extendía su índice no demasiado pulcro, lo hundía en el manjar para, acto seguido, levantar una parva, llevársela a la boca desdentada y engullirla en un santiamén. Como sabía que lo que había hecho no era del todo correcto, antes de devolverle el envase, le daba unos golpecitos con la palma de la mano en los costados, hasta que el surco que había dejado el paso de su dedo en la superficie del dulce se borrara. Pese a que el menor era consciente de que aquello no estaba del todo bien (y, retrospectivamente, transformado en hombre, comprende que tenía una importante cuota de abuso), jamás se lo contó a su madre, porque le tenía cariño a su vecino y se sentía bien permitiéndole darse aquel placer (tal vez uno de los pocos a los que podía acceder, constata también desde el presente).

Muchísimo tiempo después conocería otra acepción del término que usaba Raúl para su pillería. Así lo define la Real Academia Española: “dedazo: designación de un candidato a un puesto público, de parte del poder ejecutivo, sin las formalidades de rigor”.

Al hombre le parece hallar cierta analogía entre aquel dedazo de Raúl y los dedazos de los políticos de hoy en día. La misma tiene su origen en que, en ambos casos, la acción  no del todo limpia (por motivos éticos o sanitarios, o por ambos a la vez) permitía –y aún permite– el acceso a ciertas dulzuras para tener derecho a las cuales no se ha hecho mérito, y luego se pretende ocultar el desaguisado mediante tramposas palmaditas.