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Las guerras de Trump por Ruben Montedonico

Las guerras de Trump por Ruben Montedonico
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Donald Trump intenta –y a veces logra- trastocar prácticas sobre las que se asienta este momento del capitalismo, al favorecer acciones e incentivos de inversión a empresas estadunidenses, fijar medidas fiscales (más impuestos) a las importaciones y aconsejar desregulaciones a países periféricos, concitando optimismo en sectores del corporativismo de su país. No se trata sólo de proteccionismo y de que está rodeado de súper ricos, sino que acomoda una forma -primaria- de capitalismo que merma sistemáticamente instituciones y formas aceptadas de democracia al juntar un régimen autoritario y plutocrático -que desconoce o avasalla la justicia- con el aislacionismo, cuyo primer sacrificado es el capital financiero.

Su ejercicio choca con el nuestro por opuesto al derecho latino, romano-napoleónico, de cuño republicano, liberal democrático, enraizado en la filosofía kantiana -que recreaban Aníbal Barbagelata y Alberto Ramón Real en la Facultad de Derecho de la Universidad uruguaya -que derivó para algunos en el habermanismo y los condujo a la Teoría Crítica de la segunda Escuela de Frankfurt.

Entre las instituciones del capitalismo se visualiza que “el enfoque actual en las tensiones comerciales amenaza con oscurecer los ‘grandes beneficios posibles’ de una mayor reforma comercial. (…) Una mayor apertura promovería la competencia, incrementaría la productividad y subiría los estándares de vida”, según dicen. Las burocracias del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) señalaron en la reunión de Buenos Aires (2018) -precedida por los primeros ataques fiscales de Estados Unidos contra China- su preocupación por las diferencias y tensiones generadas desde Washington con su política crecientemente proteccionista y demandaron un enfoque “más flexible” del comercio internacional.

Estas invocaciones cayeron en saco roto y se abrió una etapa inicial de guerra arancelario-comercial, con retaliaciones de Pekín y Washington, de las que viviremos sus consecuencias macroeconómicas más destacadas y ásperas. La guerra comercial contra China es la que genera sobresaltos a estudiosos y al mundo en general dado que se estima que puede tener efectos negativos sobre más del diez por ciento de la población mundial, pudiéndose predecir su agravamiento sin que se avizore un final. Estados Unidos, que dirige las cadenas informativas mundiales, acusa a China de haberse retractado de ofertas de arreglo iniciales por lo que castiga elevando impuestos a sus importaciones, que pasaron de 10% a 25%.

Los reclamos de algunas empresas estadunidenses recaen sobre la Casa Blanca porque de la geografía asiática sancionada provienen el grueso de sus ganancias, mientras los importadores ven encarecerse las mercancías y alejarse los consumidores. China se favorece del intercambio al obtener tecnología avanzada de microprocesadores y software. Las “fijaciones” de Trump contra Pekín llegaron al extremo de inducir a que se librara orden de arresto y extradición contra Wanzhou Meng, vicepresidenta del complejo tecnológico Huawei, la mayor empresa china (188 mil empleados en la central y presencia en 170 países).

Trump -que define como principal la imposición fiscal a los chinos- no se detiene en sus afanes recaudatorios y la emprende contra otros. A Japón le lanza un ultimátum en el que manifiesta su intención de que los automóviles de ese país sean ensamblados por trabajadores estadunidenses: si esto no ocurre le impondrá sanciones fiscales. Con la Unión Europea (UE), de apercibimientos discursivos pasó a los hechos (aranceles al aluminio y al acero) y afirma que las importaciones de autopartes y vehículos atentan contra la seguridad nacional (Trump dixit). Declaró el presidente: “Yo diría que la UE nos trata peor que China. Solo que son más pequeños. Envían autos Mercedes-Benz aquí como si se tratara de galletas”. De su lado, la UE prohibió la entrada de productos agrícolas estadunidenses si se obtienen mediante procesos modificados genéticamente y, por ejemplo, a los fumigados con cloro para esterilizar pollos. Asimismo, Francia y Bélgica declinan todo diálogo ante el retiro estadunidense de la Conferencia de París (COP 21) sobre cambio climático.

Pero Trump, asimismo, conmina a socios comerciales fronterizos: México y Canadá. De igual manera las objeciones en filas propias se extienden ante los desatinos e intimidaciones de la administración en año electoral y, aunque con moderación, el senador republicano Mitch McConnell dice que “al final, nadie gana una guerra comercial”. Menos genuflexos son los votantes republicanos del pasado, sembradores de soya y maíz, productores de cerezas y arándanos, criadores de puercos y reses: se les dificulta más colocar sus productos en el extranjero por los conflictos de Trump.

Al presidente no parece satisfacerle únicamente la guerra comercial -que en ciertos casos se conceptúa como guerra fría– e intimida con sus fuerzas armadas. Ignorantes o insatisfechos de sus últimas incursiones y fracasos, el mandatario lanza diatribas contra el chiísmo y descarga bravuconadas protectoras de sauditas y sionistas.

“Olvida” que hace 31 años -que se cumplirán el 3 de julio- un misil del crucero USS Vincennes -surto en aguas iraníes- ultimó a 290 personas a bordo del vuelo civil 655 de Iran Air (declaran que lo confundieron con un F-14), y hostiliza a Teherán responsabilizándolo por los ataques a tanqueros habidos en el estrecho de Ormuz, lo que tiene tufo a espionaje y simulación. Son del tipo de pretextos como el vuelo de espionaje de la CIA con el U2 derribado por la URSS (1960); el incidente del golfo de Tonkín (Vietnam, 1964); las invasiones de Haití (1965) y Granada (1983); el pasaje de los SR-71 sobre Nicaragua en los 80 o las “armas de destrucción masiva” en Irak (2003).

Por Ormuz transita 40% del crudo mundial: es un estrecho de 300 km de ancho, poca profundidad y un solo canal de circulación, taponable 15 días con tres buque-tanques hundidos.

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