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Las ilusiones perdidas

Las ilusiones perdidas
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“¡Están hechos el uno para el otro!”, exclamaron sus amistades cuando se anunció su matrimonio. Y, en esa época, al menos, era verdad. En los comienzos de su relación, conocieron ese bien tan esquivo llamado felicidad. Es cierto que eran muy jóvenes y les gustaba soñar en grande. De sus fantasías compartidas, quizá la más recurrente consistía en planear cada detalle de la mansión donde vivirían algún día. Entre otras muchas excentricidades, imaginaron sus perfiles esculpidos en la fachada, expuestos a la admiración del mundo entero.

Pasaron los años. Él dedicado en cuerpo y alma a los negocios, la política y el poder. Ella entregada a “las tareas del hogar”, al cuidado del marido y de los hijos.

Para cuando lograron cristalizar lo que otrora fuera su más preciado proyecto, tanto este como ellos se habían transformado en otra cosa. Por más que en las reuniones sociales en el amplio salón del palacete, a las que concurría la flor y nata de la ciudad, se mostraban como la pareja perfecta, algo había cambiado definitivamente.

Afuera, sobre el frontispicio, sus imágenes, aquellas que habían soñado como un pueril homenaje a sí mismos, quedaron para la posteridad como testimonio de lo que les aconteció. Juntos y separados, de espaldas el uno al otro, sin comunicación posible, cada cual encerrado en el círculo vicioso de su orgullosa soledad.

(Ubicación: 25 de Mayo 581)

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