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Las relaciones consumistas: los otros “descartables”. Miguel Pastorino

Las relaciones consumistas: los otros “descartables”.    Miguel Pastorino
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Escribía Jean Paul Sartre en ¿Qué es la literatura? (1948) que “las palabras no son inocentes” y que lo que callamos es también una forma de hablar. Las palabras que elegimos y las que olvidamos revelan también nuestro modo de pensar y de ver el mundo. Muchos alegremente se entusiasman jugando con las palabras del ámbito comercial aplicándolas a las relaciones humanas y terminan por reducir los vínculos a meras transacciones comerciales. Un ejemplo de ello son expresiones como: “dejé a mi novia porque no me era productiva la relación” o “en la amistad hay que evaluar costos y beneficios”, etc. ¿Es así? ¿Una relación basada en el amor debe evaluarse por si es “productiva”?  Cuando se habla de las demás personas como si fueran cosas, “recursos humanos”, “capital humano”, “producto”, no se está haciendo otra cosa que transformar la concepción que tenemos de las personas y de su valor. Muchos ataques a la dignidad humana que nos escandalizan a diario se sostienen por una concepción de las personas que las ha reducido a objetos de uso y descarte. No son pocas las veces en que, por la fascinación con la lógica del mundo tecnoeconómico, se trasladan concepciones de vínculos que pueden ser válidas cuando se trata de objetos, pero que, trasladados hacia las personas, se vuelven nefastas y legitiman formas invisibles de abuso y explotación.

Es cada vez más frecuente percibir como los valores propios del mundo de la técnica y de la economía se han trasladado a otros ámbitos de la vida y de la cultura, o directamente los han colonizado.

El mundo de la “selfie”: la hipertrofia del yo.

 Cuando sin reparar críticamente en ello, nos acostumbramos a tratar a los demás como bienes de consumo, como cosas que pueden tomarse para sí o descartarse sin piedad, volvemos al otro un simple medio, un instrumento para alcanzar nuestros intereses, sin importar lo que sucede con él. Esta lógica pervierte las relaciones humanas desde su raíz y además se nos vuelve hacia nosotros, cuando los demás nos hacen lo mismo. Y así crece la desconfianza y la baja autoestima en ambientes donde el otro no vale por ser persona, sino por “lo que puede producir”, por su “utilidad”.  Cuando se piensa de esta manera, progresivamente las personas se encierran en sí mismas, defendiéndose de todo y de todos, repitiendo el círculo vicioso de “usar y tirar”.  El narcisismo postmoderno empuja a la autorreferencialidad, al mundo de la “selfie”, a la hipertrofia del yo, donde los demás son solo parte del decorado de un gran ego, sumamente frágil e incapaz de olvidarse de sí para mirar la necesidad del otro.                      Claramente no todo el mundo es así, pero es una pauta cultural que ha colonizado la vida de muchas personas hasta el punto de naturalizarse y verse como una forma más novedosa y “moderna” de pensar.

 

El miedo al conflicto.

El conflicto es parte de la vida y no existe vida auténticamente humana ni amor auténtico sin conflictos. Hace pocos días encontré algunos informes en la prensa sobre las “nuevas tendencias” en la vida de pareja, a propósito de personas que deciden “tener una relación” pero vivir separados, tener agendas distintas, viajes distintos, presupuestos independientes, y no tener ningún tipo de compromiso que “complique” a ninguna de las partes. La infidelidad ya no será un problema, porque la exclusividad sexual puede negociarse. Lo cierto es que lo que parece una aparente fórmula para la seguridad y la paz mental del individualismo, es lo contrario de cualquier forma de amor auténtico. Esas recetas parecen más bien fórmulas de narcisismo postmoderno para adolescentes crónicos que ante el mínimo conflicto dejan su trabajo, su pareja, o lo que sea. Se cree en un mundo ingenuo, de que a un click ya estoy fuera, como si se pudiera “bloquear” a los otros en la realidad.

La madurez humana depende en gran parte de la capacidad de salir del propio ego y de poder atravesar crisis y conflictos, aprendiendo de ellos y teniendo en cuenta siempre al otro. Ciertas pautas culturales solo fomentan la inmadurez crónica que busca legitimarse en que lo importante es “ser feliz”. Lo cierto es que las personas más felices son las que tienen un sentido por el cual vivir, que normalmente incluye a otras personas y una alta cuota de entrega personal. Pero la confusión de “felicidad” con bienestar y satisfacción inmediata es bastante engañosa y reductiva.

El amor no sirve para nada.

El amor no es útil. Si lo vuelvo útil ya no es amor. Porque cuando alguien dice “amar me hace bien”, ya se olvidó de la persona amada para evaluar los resultados positivos sobre sí mismo. Sin embargo, que algo no sea “útil”, no lo hace menos importante. Porque solo si amamos y somos amados podemos ser felices. El amor es lo más importante en la vida de las personas, pero no es algo que pueda valorarse por su utilidad.

El amor es un escándalo en un mundo dominado por la lógica de negocios, porque solo existe si es gratuito, si es a cambio de nada. Muchas personas se ven sorprendidas cuando alguien tiene un gesto gratuito con ellos, incluso sospechan que debe haber una intención oculta o un interés disimulado.

Incluso cuando hay una persona que realiza grandes obras de caridad o es un testimonio por su entrega generosa, se le busca por todas partes “su lado oculto”, para volver a convencernos de que tal vez el amor no exista en realidad. Este escepticismo ante la bondad humana lo vemos en muchos informes periodísticos, como una suerte de pesimismo antropológico que descree de todo acto gratuito.

Sin embargo el testimonio de actos de amor gratuito en la vida cotidiana es aplastante, aunque no tiene mucha publicidad. Suelen ser noticias las cosas que nos desagradan en las relaciones familiares o de pareja, pero no salen en los noticieros los millones de seres humanos que dan su vida cotidianamente por los que aman. Cuánto bien haríamos si diéramos a conocer las incontables historias de amor y fidelidad, de generosidad y compromiso, de tantos esposos y esposas, padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos y amigos que son héroes anónimos todos los días.

Una sutil pero gran diferencia.

Hay una gran diferencia entre amar a otra persona y amar lo que obtenemos de ella. No siempre somos conscientes de ello, porque es muy sutil y nos autoengañamos fácilmente. No es lo mismo buscar a alguien por sí mismo que buscarlo por la experiencia que obtengo de esa persona o por lo que recibo de ella.

¿Buscamos a la persona que amamos en lo que tiene de único? ¿O buscamos la experiencia de esa persona? ¿Buscamos a la persona que apreciamos o buscamos simplemente la presencia con la que disfrutamos? Una cosa es estar pendiente del bienestar de otra persona, y otra cosa tratar de huir de la soledad personal. Desde el momento en que nuestra atención se desliza de la otra persona, para centrarse en nuestra experiencia de ella.

Agustín de Hipona llamaba a esta experiencia amabam amare (amaba amar). Sólo en su conversión religiosa pudo ver la frivolidad de lo que él había llamado «amor». Buscar la experiencia por la experiencia es buscarse a sí mismo. Muchas relaciones humanas se rompen porque hemos olvidado que, en el amor, el otro es un fin en sí mismo y no un medio para satisfacer nuestro egoísmo.

La clave para construir relaciones auténticas, profundas y sólidas, está en amar en serio, en ver al otro en su ser único e irrepetible, en su dignidad y valor. Solo así es posible respetar al otro y no reducirlo a un simple objeto de consumo.

 

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