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Levrero es un personaje de Levrero

Levrero es un personaje de Levrero
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La travesía involuntaria sitúa a su protagonista, El hombre, en el living de su casa. Un sillón, una mesa en el centro, y un marco compuesto por centenares de libros algo vetustos que se acomodan sobre estanterías que no dejan ver las paredes ocupan el espacio. Sentado en el sillón veremos a El hombre, que aparece ocupado en pensar en una novela que no logra terminar de escribir, entre otras cosas, por el inquietante anuncio de una muerte que ocurrirá pronto. También recibiremos, en el transcurso del espectáculo, referencias sobre el momento exacto en que los hechos transcurren, finales del mes de agosto del 2004.

El puzzle perfecto que constituye La travesía involuntaria parece no poder tener una mejor pieza de inicio. Como se sabe, el escritor Mario Levrero (fallecido en 30 de agosto de 2004), pasó gran parte de sus últimos días esquivando terminar de escribir La novela luminosa, novela que empezara a escribir veinte años antes de su muerte. Para culminarla solicitó una beca, pero cuando la obtiene se dedica a registrar un “diario” de la no escritura, diario que finalmente será el prólogo de más de cuatrocientas páginas del libro póstumo en que aparecerá el proyecto inconcluso.

El grupo de creadores del espectáculo teatral coloca a Levrero en ese contexto, y con una lógica totalmente  levreriana harán que el autor se sumerja en el universo de sus personajes, recorriendo sus historias. Y esto no es un capricho sino que calza perfectamente con las ideas estéticas del autor de  la serie de novelas reunidas bajo el título Trilogía involuntaria. En entrevista con Pablo Rocca, Levrero afirmaba en 1992: “La crítica literaria parece dar por sentadas muchas cosas, entre ellas la existencia de un mundo exterior objetivo, y a partir de allí señala límites precisos a la realidad y al realismo, da por sentado que el mundo interior es irreal o fantástico, y trata de rotularlo todo de acuerdo con esos puntos de partida arbitrarios y pretenciosos”. Al contrario que la “crítica literaria”, lo que hacen los creadores en La travesía involuntaria es proponer una continuidad absolutamente orgánica entre la estética más “realista”, que es la del escritor en su contexto cotidiano, y la “fantástica”, en la que El hombre interactúa directamente con sus creaciones.

Pero más allá de la coherencia estética, llama la atención la capacidad de que el recorrido que hace el escritor por su propio mundo literario se traduzca en una historia con una lógica que mantenga al público expectante. Las piezas que se suman parecen ser las exactas, el escritor no puede terminar su novela porque lo angustia el mencionado anuncio de una muerte, es ese el momento en que uno de sus personajes más extravagantes, el detective Nick Carter, entra en acción.  Resulta maravilloso ver al universo del particular detective y su séquito intentando resolver el caso que angustia a su creador, pero más aún verlo interactuando con otros personajes de ese cosmos. Otra escena de la obra es extraída de El lugar, novela que junto a La ciudad conforma el díptico más kafkiano del trabajo de Levrero. En esa escena justamente hay una muerte que parecería liquidar el caso, pero Nick Carter rechaza esa idea y continúa investigando. Se suman también un grupo de criaturas extraídas de Caza de conejos, criaturas que por momentos aportan el tono más “sobrenatural” del espectáculo, remitiéndonos en algunos pasajes al conejo gigante que predecía el fin del mundo en el filme Donnie Darko.

El tránsito natural entre la estética más realista y la más fantástica permitieron que la integración de coreografías y canciones se introdujeran sin que la lógica global del espectáculo se resintiera. Más bien al contrario, los diversos recursos estéticos siempre aparecieron funcionales a contar esta historia en que Levrero convive con sus personajes en un contexto en que el humor aparece constantemente. El diseño de luces, que pareció oscilar entre pasajes con un tono brumoso-onírico y otros más siniestros, siempre en pareja con el diseño sonoro, también recortó el espacio como para subrayar los momentos más introspectivos del protagonista. En la escenografía parece tener un lugar clave la mesa que ocupa el centro, ya que desde allí emergen criaturas diversas cual si fuera un portal entre dos universos.

La travesía involuntaria es un gran comienzo para este colectivo de artistas que pertenece -y egresa con este trabajo- a la generación 2016 de la escuela de formación en Artes Escénicas de El Galpón. Cuando las inscripciones aún estaban abiertas nos decía Pablo Pippolo, integrante de El Galpón: “Esperemos que vengan con todas sus ganas de hacer teatro y de aprender, y nosotros estamos también con muchas ganas de aprender de ellos (…) Tenemos pensado que la escuela no solo tenga una formación actoral, sino también que se le enseñe al estudiante todo lo referente a como es trabajar en una institución independiente (…) queremos que salgan de allí no solo buenos actores, sino también hombres y mujeres de teatro independiente en el sentido más amplio”.

Por varias razones parece que la formación dio resultados óptimos en este caso. Por el resultado del trabajo en sí, por el hecho de que los creadores no solo actuaron sino que se hicieron cargo de todos los aspectos del trabajo (dramaturgia, dirección, diseño, producción, etcétera), y también porque resulta realmente difícil destacar a alguno de los integrantes del equipo. Si alguna actuación parece particularmente efectiva, tiene que ver con la lógica de un espectáculo en que la mirada del director nunca perdió de vista el resultado global, en que el trabajo musical tiene orgánicamente que ver con la narración que se propone y no aparece como un mero efectismo, y en que la dramaturgia parece surgir de un gran trabajo de investigación en que aspectos de la vida de Levrero se funden con su propia obra en una continuidad que parece ir en sintonía con las ideas estéticas del escritor. Este fin de semana se anuncian las últimas funciones de La travesía involuntaria, no se la pierdan.

La travesía involuntaria. Dramaturgia: Marcos Acuña. Dirección: Vladimir Bondiuk. Elenco: Marcos Acuña, Lucil Cáceres, Rodrigo Tomé, Camila Cayota, Soledad Lacassy y Clara Méndez.

Funciones: sábados 20:30, domingos 19:00. Sala Atahualpa del teatro El Galpón.

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.