Home Reflexion Semanal ¿Libertad de expresión total e irrestricta?

¿Libertad de expresión total e irrestricta?

¿Libertad de expresión total e irrestricta?
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Tenemos una sociedad democrática que en los estudios internacionales aparece muy bien posicionada por el respeto imperante a nivel político y de los medios de comunicación. Uruguay aparenta ser el paraíso de la libertad si uno se guía por esa mirada superficial y si no toma en cuenta a las redes sociales. ¿Tienen posibilidad real de expresarse todas las posturas políticas e ideológicas? ¿Existen temas tabúes que no se pueden mencionar? ¿Hay un condicionamiento a expresarse por temor a los escraches mediáticos? ¿Hay lugar en nuestra prensa para el pensamiento crítico o se privilegia el discurso dominante? ¿Es correcto censurar algunas corrientes de pensamiento? ¿Se combaten las ideologías autoritarias evitando que se expresen? ¿Cómo se fortalece mejor una democracia?


Lo políticamente correcto: un virus que daña la libertad por Renato Opertti

Uruguay es un país de espíritus libres, así como de extendidas y disfrutables libertades que son celosamente anidadas en el imaginario de sociedad que compartimos. El tiempo, con sus tropezones, sinsabores y lecciones aprendidas, nos ha permitido superar falsas oposiciones entre libertades “formales” y “sustantivas”, así como de dejar de adjetivar la democracia por ser pretendidamente “proletaria” o “burguesa”. Aunque minoritariamente, a veces esas oposiciones renacen peligrosamente cuando a nivel regional se pretende justificar violaciones a la libertad bajo el pretexto de procesos históricos de “liberación” en la ruta a lo que se dice denominar socialismo.

Más allá de estos signos de alerta, nuestra principal dificultad para profundizar en el uso y goce de la libertad radica en que el pensamiento y el accionar de lo políticamente correcto nos impide ser genuinamente libres.  Veamos cinco de sus implicancias.

En primer lugar, lo políticamente correcto se expresa, entre otras cosas, en la cultura y en el lenguaje, en la educación, en la política, en la sociedad civil, en la academia, en el deporte y en nuestra cotidianeidad. No es un fenómeno aislado sino se ha ido consolidando como un modus vivendi y operandi de posicionarse en la sociedad y de sentirse cobijado por lo predominante. Ser obedientes y funcionales con los poderes parecería ser que paga con creces en diversos rubros de actividades.

En segundo lugar, lo políticamente correcto se acomoda muy bien a los peligros que para la democracia significa la era de la post-verdad donde se distorsionan los hechos y se deja de lado la evidencia para imponerse y construir hegemonía. Cuando la mentira se usa sistemáticamente para santificar cosas contrapuestas a la realidad y dureza de los datos, estamos en problema como sociedad. Simplemente recordemos como la post-verdad se erigió en un elemento decisivo de la campaña electoral norteamericana del 2016 para legitimar relatos fantasiosos y oscurantistas. Hoy la humanidad paga sus consecuencias.

En tercer lugar, lo políticamente correcto ayuda a la consolidación de elites que a escalas diversas de la sociedad priorizan más su reproducción y su permanencia que el militar por ideas y por sus convicciones. El aburguesamiento de una sociedad, que otrora se sindicaba como una crítica a la sociedad capitalista, se entiende hoy como complacencia con el status quo con independencia del posicionamiento ideológico. El poder aburguesa no importa el signo.

En cuarto lugar, lo políticamente correcto nos está robando la posibilidad de repensar e idear nuestro porvenir como un país sostenible a la luz del contraste y la convergencia de ideas de los más variados pelos. Una sociedad sin ateneos, sin espíritus libertarios y sin gente que incomode cae en la inercia, en la desidia, en el conformismo y en hacer la plancha. Es una forma de rifar el porvenir.

En quinto lugar, lo políticamente correcto es una manera ingeniosa y exitosa del tutelaje generacional que padece el Uruguay. Basta ver las maneras que se expresa y se rinde pleitesía a nuestros adultos mayores que paradojalmente es una forma de despilfarrar su sabiduría y experticia para revisar y recrear ideas y enfoques. El país necesita que los jóvenes hagan rienda suelta a un espíritu rebelde y transformacional que incomode al status quo, que no dé por dado por el mundo adulto el abanico de opciones de “todo lo que se puede hacer” y que lidere los cambios.

Somos una sociedad autocomplaciente por Oscar Sarlo

Para un intercambio de ideas constructivo, convendría distinguir los problemas entre la cuestión de la libertad de expresión, acceso amplio de todas las posturas político-ideológicas, existencia de tabúes, temor, promoción de la crítica, etc. que son todas cuestiones diferenciables.

Uruguay es, sin duda, una sociedad democrática, porque cree que el poder radica en la voluntad y opinión de la gente: no cree en autoridades sobrehumanas, ni en predestinados, ni en personalidades mesiánicas, aunque en algún período no muy lejano aparecieron ciertas tentaciones… El aparato institucional tiende a responder a dicho sentimiento nacional, aunque, a mi juicio, presenta muchas debilidades.

Las posibilidades “reales” de que todas las opiniones se expresen depende de condicionamientos materiales y culturales. Obviamente no hemos resuelto plenamente el acceso igualitario de todas las posturas a los grandes medios de comunicación, pero ello no está a priori vetado, y siempre existen medios alternativos que lo permiten.

Otro tema es si la cultura nacional (creencias, valores, actitudes) favorecen la expresión de posturas minoritarias, rupturistas, alternativas, críticas. Por cierto no: somos una sociedad bastante autocomplaciente, que ha naturalizado un conjunto de ideas muy confortables que no nos gusta ver cuestionar. Esto nos lleva a reaccionar irracionalmente frente a esas manifestaciones: en lugar de estar dispuestos a intercambiar razones estamos predispuestos a movilizar pasiones contra quienes rompen el confort: el espíritu futbolero ha colonizado casi todo nuestro espacio cultural. Esto genera temor, reserva, pusilanimidad, demagogia.

No creo que censurar (prohibición legal) el pensamiento sea correcto; lo único que fortalece una sociedad democrática es una formación para la autoestima, igualitaria, y que confíe en el valor del discurso. Todo lo que favorezca la frustración, naturalice las desigualdades o la impunidad, y denigre el valor de las palabras y las formas, nos aleja de las condiciones de una sociedad democrática.


Menos miedo por Alejandro Sciarra

Están, y siempre estarán, los fieles al pensamiento único. Los eternos dueños del “callate”, del “no te metas”, del “no sabés nada”. Los que creen que el cambio de opinión (ajeno, obvio) es inadmisible. Los que si no la pierden la empatan. Y los peores: los que condenan la opinión contraria, los que buscan “el escrache”, quemar en la plaza al que opina diferente, al que arriesga, al que cree que tiene el tupé de manifestarse contrario a la corrección política, a la corriente de pensamiento que al momento es la más aceptada (entre los que se animan a manifestarse, claro).

“Pensá lo que quieras”, “creé lo que quieras”, te dicen, como si ellos mismos te estuviesen concediendo el derecho al libre pensamiento. Como si ellos mismos se creyeran que te creen libre de pensar como quieras. Ahora bien, que no se te ocurra manifestar ese pensamiento, esa creencia. Vale más creer en lo que todos creen hoy y ahora. Pensar como todos piensan hoy y ahora. Y si no pensas igual, callate. No seas atrevido. No cuestiones.

Están, y siempre estarán. Habitualmente al margen, aprovechando mal su tiempo, día y noche enfrascados en la búsqueda permanente del disenso en las redes sociales, como si en verdad creyesen poder convertir almas a través de los 140 caracteres del Twitter.

Circunstancialmente los encontramos en lugares de cierto poder e influencia, en direcciones gubernamentales, en cargos legislativos o municipales. Y a veces en los más altos cargos ejecutivos de gobierno. Todos ellos buscan sin más, imponer al resto su relato en una manifestación unilateral (suele llamársele “hemipléjica”) con el más profundo temor de que una manifestación bilateral amenace y hasta socave sus conquistas que son nada más que “victorias para el pueblo”.

Y en definitiva, de eso se trata: del temor.

i, en Uruguay los tenemos. Los tenemos sobre todo en ciertos lugares de poder aldeano. Tan aldeano que donde podrían pasar inadvertidos se convierten en agentes movilizadores. Cabilderos de causas propias que transformarán en políticas de Estado. Y en gran parte, los culpables son los que se quedan en silencio, los omisos. Los que se dejan convencer sin demasiado análisis. Los que pudiendo tener voz, temen el “escrache”. Es miedo. De un lado y del otro. Miedo defensivo de quien está en el poder. Miedo paralizante de quien se siente una voz en el desierto.

No se trata de la prensa (no estaría yo escribiendo en VOCES). Espacios hay. No se trata de falta de libertades. No necesitamos más. Sin perjuicio, estemos atentos. Los alienados que vandalizaron el recordatorio al holocausto judío, necesitan un ajuste de clavijas. Tampoco podemos tenerle miedo a éstos.


Las cosas por su nombre por Veronica Amorelli

Desde la conformación misma de nuestra nación la libertad de expresión es considerada un baluarte. El propio José Gervasio Artigas estimuló la conformación del Periódico Oriental exhortando al ejercicio del periodismo con libertad pero también con responsabilidad.

En consonancia con nuestra conciencia democrática cualquier intento de limitar ese derecho es visto como peligroso. La judicialización de la libertad de expresión, bajo el amparo de las calumnias e injurias,  ensayada por algunos jerarcas de gobierno o árbitros de fútbol parece no encontrar eco a nivel mayoritario.

Para preservar ese baluarte es responsabilidad de las empresas de comunicación no sacrificar criterios tan fundamentales como la veracidad en pos de sus intereses comerciales. También es tarea de los periodistas no perder de vista que el periodismo, tal como sentenciaba Tomas Eloy Martínez, no es un circo.

Si se mira hacia la región es indignante repasar la diversidad de  relatos que medios de comunicación como Clarín, en Argentina, construyeron sobre la desaparición del joven Santiago Maldonado. Lo hacían con vida y fuera de fronteras, hoy se sabe que siempre estuvo muerto y en el Río Chubut.

En Uruguay sorprende como un hombre, procesado por homicidio muy especialmente agravado, se fugó en medio de un operativo que  implicó armas de guerra,  lideró una banda que cometió al menos siete asaltos y no mató a  nadie de casualidad era referenciado familiarmente por los cronistas policiales como el “Pato Feo” o hasta el “Patito” como si se tratara de un afable personaje de historieta.

Hacer un uso responsable de la libertad de expresión también implica llamar a las cosas por su nombre. Un joven ausente durante 78 días es un desaparecido hasta que se demuestre lo contrario y un recluso fugado con delirios de mediático no es otra cosa que un delincuente.


Entre la libertad de expresión y la imbecilidad colectiva por Federico Charlo

Tras el último congreso del PIT-CNT, el secretariado quedó conformado exclusivamente por hombres.

Entre el aluvión de críticas (que oscilaban entre el desprecio a Joselo López, electo vicepresidente, y la falta de participación de mujeres en el secretariado) me llamó la atención la de un comunista (me refiero a un afiliado al Partido Comunista de Uruguay), que no se quedó en esa, y propuso en Facebook que el PCU y el PIT-CNT, se proclamasen feministas. Inmediatamente otro retrucó que para nada estaba de acuerdo en que organizaciones que bregan (o, aclaró, debieran hacerlo) por la clase obrera, se abstrayeran de la lucha de clases, y entre una serie de argumentos muy bien fundados, advirtió que agendas como las que impulsan el feminismo, la diversidad sexual, o en general las minorías, al margen de la justicia o vigencia que en efecto pudieran tener sus reivindicaciones; en sus esferas discursivas terminan por sí mismas siendo reduccionistas; y que por la peculiaridad y la forma en la que se introducen (y jerarquizan) sus planteos, queda relegada la cuestión de clase frente a las demandas particulares de estos colectivos.

Pero el intercambio terminó ahí: el estado original fue eliminado, e inmediatamente, en la cuenta del mismo militante, otro fue publicado. Esta vez, se trataba de un rezongo a quien había escrito la primera réplica. En él, el militante explicaba que en su muro no había lugar para el machismo, y que pese a los arcaicos de siempre, Uruguay seguiría avanzando, como ya lo hizo con el aborto y el matrimonio igualitario, entre una serie de conquistas progresistas que ya no logro recordar, amén de una sociedad más igualitaria.

A este último, como era de esperarse, respondieron muchos de sus contactos felicitándolo por su sensibilidad al tiempo que despotricaron contra el energúmeno que se oponía al progreso, a la igualdad, y a la verdad indiscutida de sus derechos…

No me hace falta aclarar que el tipo en realidad no es machista. Esta vez no voy a bailar al ritmo que me propone la sensibilidad progresista: no voy a explicar lo que es una falacia, y ni siquiera voy a tratar de buscar coincidencias o intersecciones entre la lucha de clases y la lucha de las minorías oprimidas (en general me es menester hacerlo antes de emitir una opinión que me pueda exponer al oprobio).

Con el ejemplo que mencioné (uno de las tantos que vienen a mi memoria) me propongo tal vez advertir la nocividad de ese modelo de pensamiento hegemónico, que reivindicando el valor y la vigencia de las categorías sistémicas (me refiero las formas en la que las minorías se enuncian, se agencian, y se reivindican) niega el diálogo, y niega a la otredad.

Y en esta coyuntura no estoy interesado en trazar matices ideológicos entre quizá progresistas o “radicales”. Tampoco pretendo analizar sus agendas o praxis políticas, porque de plano rechazo esa idea privatizadora del discurso que lleva a que para hablar de las minorías, o se pertenece o se está de acuerdo con las agendas de estas.

La libertad de expresión, se encuentra supeditada a niveles de victimismo que jerarquizan o den relevancia a la opinión. Y así por tanto, en esta maraña de imbecilidad colectiva donde se escracha, se insulta y se violenta a quien opina distinto (me temo que no porque piensa distinto, sino que por lo antedicho, también porque es distinto), la libertad de expresión se reduce a la estéril concordancia.


Fake news (noticias mentirosas) por David Rabinovich

En tanto la circulación de la información, con análisis y opiniones, adquiere un alcance masivo y una velocidad de vértigo, hubo que inventar un nombre -Fake news – para designar esa perversa moda de mentir con desparpajo, ignorar sin sentir culpa, disimular la mala intención y echar a rodar cualquier tontería sin fundamentos. Las informaciones falsas, los análisis deshonestos, las opiniones mercenarias, se codean sin pudores con los más serios intentos de informar, analizar y opinar con fundamento, honestidad y desprendimiento personal. No es lo mismo hacer periodismo desde las convicciones que desde las conveniencias. Hoy todos podemos ser consumidores y productores de noticias, pero es muy diferente la capacidad de cada uno de darle difusión a lo que piensa.

¿Qué podía hacer mi amigo Julio María Sanguinetti frente al poder de los canales privados de televisión? se preguntaba el Dr. Carlos Maggi luego de renunciar a su proyecto de hacer de Canal 5 un medio excelente y competitivo. Efectivamente, Sanguinetti era sólo el presidente.

Preguntarse si “tienen posibilidad real de expresarse todas las posturas políticas e ideológicas”, resulta un desafío. No sería lo mismo si la pregunta fuera ¿Tienen posibilidad real y similares oportunidades de expresarse todas las posturas políticas e ideológicas? Es evidente que la propiedad de los medios masivos de comunicación está muy concentrada, en armonía con la propiedad toda y el consecuente poder real.

¿Cómo se fortalece mejor una democracia? Democratizando las comunicaciones. Acción muy difícil porque enfrenta los intereses más poderosos en el seno de las sociedades capitalistas. Las leyes “de medios”, aprobadas tanto en Argentina como Uruguay, resultaron de muy dificultosa instrumentación, aunque éste sería tema para otras reflexiones.

¿Libertad de expresión total e irrestricta? Si por ello se entiende admitir una suerte de vale todo, a la luz del desarrollo de las fake news y el papel que juegan en el envilecimiento de las sociedades contemporáneas, tengo grandes dudas. Si nos referimos al derecho de expresarnos con libertad y responsabilidad, eso es otra cosa. Además la otra cara de la moneda es el derecho a ser escuchados. ¿De qué sirve la libertad de pararnos sobre un cajón y decir las más interesantes e importantes cosas, si sólo llegamos a tres o cuatro que se detienen, por curiosidad, a escucharnos? Cabe advertir que pararse en el cajón implica cierto grado de valentía que contrasta con el uso irresponsable, indecente mal intencionado y dañino, que se hace de la impunidad y el anonimato en las redes sociales.

Si no hay evidencia de que la noticia es verdadera, ¿debería ser publicada?

Ejemplo de noticia falsa fue la información que suministró Estados Unidos y avalaron varios países europeos para justificar la invasión de Irak. ¿Recuerdan las famosas armas de destrucción masiva que no existían?

Las noticias falsas son un arma formidable en manos de las agencias de inteligencia. Para cuántos medios del `ecosistema´ de las comunicaciones, la única verdadera noticia es la que ellos mismos fabrican; todo lo demás sería falso.

En el mundo medios de comunicación, propiedad corporativa, son socios de los gobiernos y trabajan full time para difundir noticias falsas, casi siempre presentadas entre ingredientes legítimos del menú informativo. El propósito de limitar y si es posible destruir medios de comunicación independientes y alternativos es una constante exitosa. Funciona a pleno la censura de puntos de vista antiestablishment y mucho mejor cuando se abren pequeños resquicios, válvulas de escape para la excesiva presión que pueda ejercer la realidad. Las noticias falsas ¿son las nuevas armas de destrucción masiva?

El poder dominante no necesita controlar por la fuerza si puede hacerlo con lo que se piensa. Una de las formas es crear la ilusión de que hay un debate real, pero asegurar que se mantiene dentro de márgenes muy estrechos. Lo que parece ser cierto es falso. Caso interesante es la práctica, de moda en estas latitudes, de descalificar hasta por sospechas y/o acusaciones infundadas, la reputación moral de líderes –sociales o políticos- molestos/as.

Para instalar estas fake news es necesario la convergencia de sectores del poder judicial con los medios de comunicación hegemónicos. Tema para una próxima convocatoria de Voces.


El vale todo en las redes  por Rafael Porzecanski

Las redes sociales se han transformado en espacios fundamentales de construcción y discusión ciudadana. En teoría, se trata de un sana y potente vía para ejercer la libertad de expresión, atributo clave de una sociedad democrática. En la práctica, estas mismas plazas públicas son también espacios de proliferación de abiertas expresiones del más variado odio. Racismo, misoginia, homofobia, antisemitismo y viscerales agresiones políticas y deportivas se dan cita en las redes uruguayas cotidianamente. El ciberespacio es además un sitio de tribunales populares dedicados a linchamientos y difamaciones, muchas veces sin evidencia sólida alguna en contra de los acusados. Basta recordar a aquel muchacho que publicó en su cuenta de Facebook que tenía unos pocos miles de pesos (fruto de su legítimo trabajo) y luego fuera escrachado tras ser confundido con un rapiñero que se había apropiado de una cantidad similar de dinero.

La pregunta que se nos plantea, en tanto simultáneos defensores de la libertad de expresión y de una sociedad basada en el respeto y la tolerancia es cuál de estos dos valores sagrados privilegiar en este contexto. ¿Debemos dar rienda suelta a los agresores verbales y apostar a que nuestros foros se autorregulen a modo de libre mercado de las opiniones? ¿O deben por el contrario establecerse métodos de moderación a fin de encauzar las discusiones hacia contenidos civilizados, trasladando a su vez las agresiones más graves a la justicia penal? La respuesta no es sencilla.

Es obvio, por un lado, que no podemos comenzar a judicializar todas las expresiones de agresividad virtual por un tema de eficacia, viabilidad y compatibilidad con los principios democráticos. A juzgar por nuestro volumen de odio en el ciberespacio, los juzgados y cárceles se desbordarían rápidamente si se interpretara estrictamente el artículo 149 de nuestro Código Penal que establece: “El que públicamente o mediante cualquier medio apto para su difusión pública incitare al odio, al desprecio, o a cualquier forma de violencia moral o física contra una o más personas en razón del color de su piel, su raza, religión, origen nacional o étnico, orientación sexual o identidad sexual, será castigado con tres a dieciocho meses de prisión.” Por otro lado, dejar como hoy día que el odio prolifere alegremente en las redes, amplifica y agrava enfrentamientos entre colectivos sociales y genera dolorosas heridas en las personas afectadas.

Pensando en un nuevo equilibrio, quizá sea tiempo de apuntar lo máximo posible al terreno de lo social, enviando desde diversos ámbitos señales firmes para que los principales espacios virtuales de interacción ciudadana no operen como vertederos del peor estiércol retórico.

Recientemente, en el clásico de basquetbol entre Aguada y Goes, un puñado de hinchas misioneros llevó una bandera que rezaba “-2”, en alusión y burla a dos jóvenes aguateros asesinados algunos años atrás. La terna arbitral, enterada de la bandera, se negó a reanudar el encuentro hasta tanto la misma no les fuese entregada. Los dirigentes de Goes localizaron la bandera, la entregaron a los jueces y el partido prosiguió. La brillante medida de la terna fue consecuente con un ambiente deportivo que viene realizando apuestas inequívocas hacia la formación de espectadores respetuosos, en lugar de amparar energúmenos e imbéciles. Los jueces, en pocas palabras, enviaron un contundente mensaje: al concurrir a un espectáculo público la libertad de expresión debería terminar cuando empieza la apología de la violencia.

Con este ejemplo en mano, regreso al ciberespacio para formular algunas preguntas, pensando especialmente en sitios de interacción masiva y fuerte impacto público como los portales de noticias y sus secciones de comentarios. ¿No será hora de tomar medidas y establecer algunas reglas mínimas de convivencia virtual ciudadana? ¿No será hora de incentivar el fin del anonimato y hacer a las personas responsables por sus dichos? ¿No será hora de instalar la figura de moderadores que alienten a discutir excluyendo la agresión personal manifiesta y las más viscerales expresiones de odio colectivo? Al respecto, los diferentes espacios para comentarios de En Perspectiva, donde trabajo como columnista, operan con enorme amplitud pero tienen sus límites. Esa política de inclusividad respetuosa a mi gusto ha dado excelentes resultados pues no ha afectado la difusión de una enorme diversidad de posturas, propias del variado perfil de oyentes del programa.

La clave pasa por asumir que, bajo los parámetros actuales, el costo para quienes desde las sombras arrojan sus dardos de odio es nulo mientras a la inversa los agredidos pagan el precio completo del pastel podrido que deben tragar. Suena razonable reformular este desequilibrio, quitar incentivos al odio gratuito y proteger mejor a los agredidos.

Lo diré sin ambigüedades: abrazo filosóficamente la libertad de expresión e intento ser consecuente en los hechos. En mi muro de Facebook, que utilizo como un foro ciudadano de discusión y reflexión, es extremadamente raro que bloquee personas y mensajes (y créanme que se debaten temas de altísima sensibilidad sociopolítica). Al mismo tiempo, estoy cada vez más convencido que la combinación del vale todo y el anonimato en el ciberespacio es un venenoso gusano en la manzana de la libertad.


La tecnología y los costos, las dos amenazas a la libertad de expresión por Ernesto Kreimerman

Desde el retorno a la democracia, nuestro país ha disfrutado de una amplia libertad de información y de opinión. Cuando se enfrentaron intentos de censura o de alguna forma de restricción, la indignación de los profesionales de la información, del sistema político, de la sociedad toda, las garantías legales e institucionales han traccionado en favor del más amplio ejercicio de estas libertades.

Sin embargo, amplia independencia para el ejercicio de la libertad de informar y de expresión no significa que ésta esté exenta de situaciones enojosas, de tensiones, incluso hasta de recriminaciones. Pero la función del periodista es informar, de exponer a conocimiento de la sociedad aquellos hechos o situaciones que no se conocen y cuya divulgación hace a la calidad institucional de la democracia. Es, la del periodismo, una labor molesta e imprescindible.

Asumiendo estas situaciones como propias del ejercicio de la libertad de información y de opinión, las amenazas a la libertad de información y de expresión son otras, del mismo tipo que en otras partes del mundo. Los maravillosos avances de la tecnología han transformado las preferencias de los ciudadanos y nuevas e inimaginables prestaciones se han ido incorporando, dejando obsoletos y en desuso modelos que parecían sólidos. Cambios que incorporan con naturalidad las nuevas generaciones, pero también las no tan jóvenes. Esto de leer el diario o una película desde el teléfono celular era impensable hasta hace unos pocos años.

El debate no se reduce a los planteos que se hacían una década atrás acerca de si la disyuntiva del futuro era “papel o digital”. El cambio es radicalmente más profundo. No se trata simplemente de un cambio de soporte, de mudar de plataforma, sino de un cambio del modelo de negocios, de soporte y de logística, del proceso de producción de la información, de la gestión y de la protección de los derechos del valor agregado de la noticia producida para una publicación multiplataforma. Estos asuntos mayores y otro tan grave como esos: la acelerada concentración y su consecuencia inmediata, la “versión única”.

Los costos de la libertad

Todo lo resumido en el párrafo anterior refiere a cuestiones de fondo. Pero que todas ellas se traducen en incrementos de costos y de posibilidades para un quiebre del modelo de negocios que tiene cuestionada su matriz de ingresos, la publicidad y el pago por contenidos/servicios.

Internet creció “diciéndole” a sus usuarios “este es un mundo donde todo es gratis”. Eran los tiempos de la internet adolescente, donde los desarrollos tecnológicos todavía no habían madurado como para ofrecer productos online ni existían medios de cobro confiables. Pero esto fue quedando atrás, y los productos comenzaron a aparecer y los sistemas de cobro confiables vía internet también. La adolescencia quedó atrás, y hace un tiempo que es imprescindible hacer sustentable cada proyecto.

También, y hay que decirlo, a todo nivel se hizo viral el recurso del “copy & paste” y el uso de productos informativos desarrollados por quienes invertían en sus contenidos se veía burlado y multiplicado impunemente sin poder cobrar absolutamente nada. Florecieron páginas web que reproducían textualmente contenidos que robaban a sus autores sin por ello pagar nada, a costo cero. Pasado el efecto depredador, ya nadie recuerda esos sitios. Pero con dolor los recuerdan quienes se fundieron, y quedaron en el camino.

Los diarios y revistas impresos dan batalla al tiempo que hacen sus experiencias en internet, apelando a plataformas con muy diferentes prestaciones y restricciones. Pero hasta ahora, 2017, la industria de la información no ha encontrado una experiencia que proyecte un modelo de negocios que dé sustentabilidad al sector. Se ha ganado experiencia de todos los intentos fallidos, pero aún nada concluyente. Hay algunas experiencias de canales de pago por internet, como por ejemplo, la Sexta de España, que por 4 euros por mes puedes ver toda la programación, y vale bien la pena.

La industria del entretenimiento sí ha encontrado por la vía de la concentración un camino: nuevas tecnologías permiten un delivery de sus productos. Experiencias como la de Netflix y la de la NBA pueden marcar un camino. Pero es una apuesta concentradora, de tendencia monopólica y que requiere de un nivel de inversión y tecnología impresionante.

En Uruguay

La tecnología de punta no sólo es un costo de acceso al negocio muy gravoso, sino que presupone cambios conceptuales para la lógica del negocio, para el “delivery” del producto, para la matriz de ingresos del emprendimiento.

La industria de la información, de los diarios, de las revistas, de las radios y la televisión requieren de un cambio radical de sus procesos de producción noticiosa. Seguir pensando en un único canal de distribución no es viable a la luz de los costos del proceso de elaboración del producto. Tomados de a uno, y a la luz de la experiencia, nadie sobrevivirá. Por ello, un mismo contenido deberá expresarse en todas las plataformas (papel, internet y aire) de modo de rentabilizar y dar sustentabilidad al modelo de desarrollo de la nueva industria de la información.

Comprender que el insumo noticioso inicial, al que el periodista como artesano transformará en un contenido, deberá presentarse a un mismo lector en texto web, papel, audio e imagen, para que el lector acceda a él por la vía que mejor le plazca o las que las circunstancias se lo determinen.

Si los generadores de contenidos informativos, ya sea noticias, entrevistas, debates, tertulias, etc., no logran satisfacer una ecuación empresarial básica, no habrá prensa independiente. Y ello es particularmente preocupante en una sociedad que ya ha visto desaparecer a decenas de medios de comunicación y convive con otros que son apenas de subsistencias. Las inversiones de emprendimientos periodísticos de estas dimensiones son muy significativas y la escala país no. La adaptación a los nuevos escenarios no es ni será sencilla, y de no mediar una política pública consensuada de fomento de la libertad de prensa, de expresión del pensamiento, todo se verá reducido a voluntarismos, empresas pobres y periodistas con salarios nada atractivos o simple amateurismo. La calidad de las libertades democráticas está severamente cuestionada. El fracaso de la licitación para la televisión digital abierta (TDT) es un llamado de atención en este sentido.

La edición del producto en un sistema multiplataforma es no sólo una cuestión de adaptación a los “tiempos que corren”, sino una necesidad de sobrevivencia para un proyecto periodístico profesional. Los tiempos exigen, de manera radical, nuevas formas de gestionar las empresas periodísticas, tanto el producto como su logística, lo que es lo mismo que decir, nuevas formas de trabajo, de métodos, de procesos para el desarrollo de contenidos que alimentarán diversas plataformas. El periodismo/periodista tiene hoy mismo todos esos desafíos para poder seguir haciendo su contribución a la democracia.

Desafíos que son oportunidades, pero antes que eso, son amenazas. La información, es decir, el producto noticioso/informativo y la columna de opinión, es cara. Y la independencia es más cara aún.


El mayor bien  por Celina McCall

Estudié periodismo y empecé a ejercerlo en Río de Janeiro, en plena dictadura militar.  Aquellos eran tiempos de contención.  Si uno se atenía al qué, quién, cuándo, cómo y por qué, no tenía mayores problemas.  Todos hacíamos  malabarismos para enviar mensajes subliminales en medio de noticias banales y parte de la diversión era encontrarlos.  Lo que no era divertido era ver entrar a los censores a la redacción.  Como no hay mal que por bien no venga, todo eso terminó siendo una lección de vida.

La primera enseñanza fue que la libertad es el mayor bien que poseemos.  Nada como no tenerla como para darle su justo valor.  Por eso, hay que preservarla y defenderla siempre.  En todo sentido. La segunda fue que existen maneras de decirle idiota a alguien sin ofenderlo y hasta sin que se dé cuenta.  Casi siempre el abuso coarta a la libertad.  Moderarse no es autocensurarse, sino ser inteligente.  La tercera es que no hay que tener  miedo a exponerse.   Los hechos son generalmente incontrastables, aunque se quiera tergiversarlos.  Hay gente que se rehúsa a verlos.  Aunque le exploten en la cara.   Es mentira que existan dos bibliotecas. Eso es lo que te quieren hacer creer.

Lo que sí tratan de imponer es el pensamiento único.  Te creen incapaz de tener ideas propias.  El problema es que para tener argumentos contra eso hay que hacer un ejercicio a diario: escuchar diferentes campanas.   Y después tratar de ponerse en los zapatos del otro para sacar conclusiones.  Creo que el mayor problema del mundo actual es esa falta de empatía.

Internet hoy te da opciones de todo tipo.  Mostrar diferentes formas de pensar es lo que hace VOCES todas las semanas y desde aquí mi reconocimiento a ese pluralismo imprescindible.   Se puede y se debe conversar desde puntos de vista distintos. Es la esencia de la democracia.

En Uruguay ayudan las tertulias.  Cuatro caballeros o damas de distintos colores políticos que se sientan a debatir sobre temas actuales y hasta construyen lazos de amistad a pesar de las diferencias ideológicas insalvables.  En ese sentido, es de lamentar que en Uruguay no haya debates, ni durante las campañas electorales, ni en el Parlamento (los hay pero son cada vez más pobres).   No debatir es una forma de esconder la verdad.

Las redes sociales han cambiado bastante la dinámica de la información y, para algunos, no ha sido fácil adaptarse a los nuevos tiempos.    Hay cada vez más temor al escrache mediático.  Lo políticamente correcto ha tenido un lobby casi inhumano, y ha marcado la agenda global.  Se cede al chantaje, que es básicamente lo que es.  El miedo paraliza. Será irónico si la mayor revolución de la historia – la digital –  que ha llegado para igualar y acercar a la población mundial de manera impensada, dándoles a todos las mismas oportunidades, acabe siendo el catafalco de la libertad de expresión.  Cuidemos ese tesoro, usándolo bien.  Parece que volvieron los tiempos de contención, y eso no es sano.


¿Decir o no decir? por Leo Pintos

Pensar y expresarse, dos capacidades humanas que nos definen como especie y que han sido fuente permanente de conflicto a lo largo de la historia. Decir lo que se piensa o pensar lo que se dice se convirtió en el dilema comunicacional de nuestro tiempo. Para algunos, es una pena que la gente utilice la libertad de expresión para decir lo que quiere. Para otros, la libertad de expresión termina donde lo dicho comienza a molestarle. El discurso políticamente correcto se convierte así en el gran hermano de la comunicación del que es difícil escapar. Es la última técnica de control que surgió a partir del auge de las redes sociales y que de inmediato contaminó las demás formas de comunicación tradicionales. Pero (siempre hay un pero) ha surgido una patota que vino a enfrentar este discurso dominante, son los que se definen como políticamente incorrectos, pero que no son otra cosa que conservadores camuflados en un aparente espíritu rebelde y que no hacen más que añorar viejos tiempos más felices. Por ende, y aunque suene raro, posicionarse como políticamente incorrecto es hoy lo políticamente correcto.

Es casi imposible mantenerse en silencio. No importa las consecuencias, hay que decir algo. Se pierden las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo conveniente y lo inconveniente. A nuestras palabras ya no se las lleva el viento, en forma de ceros y unos conforman ese gran archivo que es internet y que nos exponen a la contradicción, eso que nos vuelve tan vulnerables. Y si difícil es que un político resista un archivo, más difícil es que lo resista una organización política. Es así que no se puede menos que sentir vergüenza ajena al ver a parte de la izquierda uruguaya simpatizar con regímenes cuya base ideológica es la burda propaganda, la censura y el ataque sistemático a quienes piensan distinto y que nada tiene que ver con la libertad de expresión que ha sido irrestricta en los 12 años que lleva en el gobierno de nuestro país. De la misma manera tenemos que contener la carcajada al ver a la derecha defender postulados de libertad de expresión, cuando durante sus gobiernos las llamadas a los medios de comunicación para presionar eran corrientes. Vaya el recuerdo para Jorge Wilson Arellano y el cálido saludo a Sara Méndez, víctimas de estas prácticas.

Ahora bien, llegados hasta aquí cabe preguntarse: ¿todas las opiniones son respetables? ¿Todas las opiniones tienen el mismo valor? El valor de una opinión se sustenta en el conocimiento de quien la emite sobre el tema en cuestión, por la importancia que tiene el emisor para quien la recibe o el grado de coincidencia que la misma tenga con la nuestra? ¿Como ciudadano y como padre debo respetar la opinión de la máxima autoridad de la iglesia sobre educación sexual y planificación familiar? ¿Como célibe consagrado a una divinidad qué respaldo técnico tiene la opinión de un sacerdote?

En mayor o menor medida todos quienes participamos de espacios de debate y opinión mostramos un bajo umbral de tolerancia a la crítica disidente y nos parapetamos en nuestra trinchera, a la espera de que el otro diga una barrabasada que justifique la nuestra. Por lo pronto, para dar una opinión bien fundamentada sobre cualquier tema al menos se debería tener autoridad moral, conocimientos específicos, experiencia, o en última instancia una cuenta en alguna red social.


Así no es fácil por Mónica Bottero

La libertad de expresión no es, por cierto, patrimonio exclusivo de los periodistas, sino un arma fundamental de todos los ciudadanos para ejercer la democracia.
Sin embargo, para los periodistas es nuestra principal herramienta de trabajo y, por tanto, de ella depende buena parte de nuestra sobre vivencia alimenticia y totalmente nuestra sobrevivencia profesional. Por eso, y atendiendo a que esta convocatoria de Voces llegó en la semana en que celebramos el Día del periodista, a nosotros me referiré.
Sí, en Uruguay gozamos de una libertad de expresión total e irrestricta que, más allá de las presiones y tensiones naturales y hasta deseables en procura de la defensa de intereses de unos y otros, nos pone en el mejor de los marcos posibles en cualquier perspectiva comparada incluso con Noruega o Dinamarca, con los que hoy se lleva tanto comparar cualquier estado de situación nacional, aunque en esto los británicos no hay quien los alcance.
Sí, en Uruguay gozamos de una libertad de expresión total e irrestricta, pero los periodistas estamos lidiando con una fuerte amenaza a la libertad para ejercer nuestro trabajo que es el miedo, y en unos niveles que no recuerdo desde que comencé a trabajar profesionalmente, a finales de la dictadura, por 1983: es el miedo a perder el trabajo y a que más allá de ese puesto no exista ni vaya a haber demasiadas posibilidades de continuidad laboral, al menos de la manera como la hemos conocido hasta ahora, o hasta hace unos años, según el medio en que trabajemos. No tiene que ver, como parece de perogrullada, con el avance de las redes sociales como fuente de información en tanto posibilidad de expresión de todos, del primero al último ciudadano. No, tiene que ver con quiénes son hoy los propietarios de los medios de comunicación. No se trata en este caso de una objeción de clase (toda alusión a la doctrina del señor Marx referida a los medios de producción es mera coincidencia, aunque se pueda admitir en algún aspecto) sino de conocimiento del ramo, pongámosle así.
Acá y en todo el mundo hubo siempre familias o grupos de familias fundadoras, continuadoras e innovadoras de medios de comunicación, tanto escritos como no, muchas de las cuales amasaron con la variable legitimidad de cualquier empresa que hace negocios con un determinado gobierno, (y más o menos, según el caso, independencia), sus propias fortunas y, sobre todo (clave para la continuidad de sus empresas de comunicación) con capacidad para entender los tiempos y las necesidades y gustos del público. Sin esto último, olvidate de todo lo anterior. Como ejemplo, vayamos al idealismo hollywoodense: The Washington Post, con la sra. Graham que nació respirando tinta pero aun así tuvo a su lado a Benjamin Bradlee dirigiéndole el diario (parece que el tristemente célebre luego Warren Buffett fue su consejero financiero, pero por suerte a nadie se le ocurrió nunca pedirle opinión sobre un titular; sobre lo demás, parece que sí, y el diario se tuvo que vender al dueño de Amazon, el Sr. Bezos), pero podríamos poner un ejemplo por país y serían similares.
Lo que quiero decir es que, más allá de tener la propiedad o el beneficio de la concesión de un medio electrónico, se trata de hacer un buen negocio, como cualquier otro. La cuestión, en el caso de este negocio, es apostar a los cerebros de los buenos profesionales, y no a creer que solo importa el dos más dos igual cuatro: hay ejemplos muy sobrados de que eso es pan para hoy y hambre para mañana. No importa que tengas la mejor impresora, los tremendos Community managers, la última computadora que te lleva al baño y le da de comer a los nenes si no hay nadie que te piense una estrategia para reconvertirte con los nuevos medios tecnológicos hoy elegidos por la gente, sí, pero sobre todo con los temas, las ideas y el lenguaje de los contenidos, que te hará seguir sano en el negocio, también, muy también.
La información y los contenidos de los medios masivos son demasiado importantes y demasiado valiosos como para que su gestión empresarial se considere únicamente con la ecuación de una empresa que comercializa una mercancía cualquiera. Nadie se imagina la ecuación de una clínica radiológica que haga cerrar sus números cambiando al médico que informa lo que indican las imágenes por el sobrino del dueño (no médico ni técnico radiólogo sino contador o con un MBA), porque cobra tres veces menos y así te cierran los números). Está muy bien que el contador se te ocupe de los números y hasta haga bajar a tierra a los poetas, pero nadie se imagina la dirección de un colegio sin un maestro o profesional de la educación, ni la dirección de un hospital sin un médico. Claro que los hay sin esa formación específica, y buenos, pero es gente que aprendió, que hizo su experiencia, y sobre todo, que ha tenido la humildad de ponerse a aprender y a entender cómo se gestiona y qué secretos hacen funcionar un buen negocio que implique comunicación masiva.
Mientras, hoy se ve cómo un montón de colegas viven caminando por encima de las minas (los que cubren las áreas políticas, menos, y quizás por eso el sindicato les ha prestado mucho menos atención) temiendo pisar los callos de los gerentes comerciales que se dejan presionar por algunos avisadores o agencias de medios, o que son más realistas que el rey (y se desviven por tenerlo contento), y deben cubrir con miedo hoy ya no una reunión de generales sino la venta de una empresa o el evento social de inauguración de un nuevo modelo de auto. Incluso vemos tristemente asustados a colegas con cargos de responsabilidad teniendo que sopesar entre jugarse para poder procesar con seriedad unos documentos que pueden llevar a la renuncia a un alto cargo del gobierno, o bien retrasar la entrega en hora de unas páginas que el contador de turno le reclama para cumplir con el objetivo de entregar en hora a la imprenta, con la amenaza implícita de una reprimenda en tiempos de recortes de personal.
Así no es fácil.
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¿Cómo dijo? Por Gerardo Tagliaferro

Como el espacio es breve, me propongo reflexionar sobre el tan resbaloso asunto de los límites de la libertad de expresión, y circunscribir el ámbito al periodismo. Es decir, a la libertad de prensa. Lo voy a hacer desde adentro, pero contra la corriente. Y para ello voy a apelar al informe “Periodismo y Libertad de Expresión en Uruguay. 3er Informe de Monitoreo de Amenazas” elaborado por CAINFO y publicado el 3 de mayo de 2017 (http://www.cainfo.org.uy/wp-content/uploads/2017/05/INFORME-MONITOREO-FINAL.pdf).

El documento constata 23 casos de “amenazas a la libertad de expresión vinculadas al ejercicio periodístico” entre abril de 2016 y marzo de 2017, y los clasifica en tres categorías según su “nivel de gravedad”: alto, medio y leve. De nivel “alto”, solo considera un hecho: el atentado a balazos que sufrió la periodista de Caras y Caretas, Isabel Prieto, en febrero de este año. Inobjetable.

El lío se plantea con los casos de gravedad nivel “medio”. Ahí encontramos, por ejemplo, la agresión y amenaza de muerte proferida “por una persona” a un fotógrafo en Paysandú o la amenaza a través de Facebook de una empresaria de Maldonado a una periodista. Ambas conductas son ilegítimas, censurables y, quizás, pasibles de sanción. Pregunto: ¿qué puede hacer una persona que se siente ofendida, menoscabada, injuriada por un periodista? (Puede pasar ¿no? ¿O los periodistas nunca derrapamos?) Supongo que la respuesta será: puede recurrir a la justicia.

El problema viene entonces, porque dentro de las amenazas a la libertad de expresión, también con nivel de gravedad “medio”, el informe incluye una categoría que es “Hostigamiento a través de la justicia”. Otra vez pregunto: ¿Hostigamiento a través de la justicia? ¿La justicia hostiga? La descripción de esta “amenaza” es: “Intimidación a través de demandas ante el Poder Judicial o la Policía que pongan en riesgo la libertad o persigan el desprestigio personal o profesional”. El informe se hace eco, creo, de algo que flota en el “ambiente” de los comunicadores: ante un conflicto entre los periodistas y los sujetos de la información se presume la inocencia de los primeros, lo cual está bien, pero también la culpabilidad de los segundos, lo cual está mal.

Uno de los casos que se presenta como “hostigamiento a través de la justicia” es el de un periodista de Carmelo que fue citado a declarar por una demanda por difamación e injurias entablada por un funcionario público. “El funcionario se sintió agraviado por las críticas que el periodista realizó en su medio y en su perfil de Facebook”. Y si se sintió agraviado ¿qué otra cosa tenía para hacer que recurrir a la justicia? ¿No tiene derecho el presunto agraviado a defenderse? ¿Por qué sentirnos, los periodistas, “hostigados” si alguien hace uso de un derecho tan constitucional y legal como la libertad de expresión?

Después habrá que ver el fallo de la justicia, sus fundamentos y sus consecuencias, pero decir que por recurrir a ella hay un “hostigamiento” a un periodista o, peor aún, a la libertad de expresión, me parece un exceso. Una cosa es defender la libertad y la tarea periodística y otra cerrar filas en cualquier circunstancia y ponerse espalda con espalda, como si fuera una pelea de boliche.

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