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López Obrador, Arrasó por Ruben Montedónico

López Obrador, Arrasó por Ruben Montedónico
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In memorian: Ricardo “Chuiquito” Mass; comunista, revolucionario, que no lo vio pero sabía que ganaría Andrés Manuel.

“¡Arrasó!”, titular de un diario, expresa lo que ocurrió en México el domingo pasado: la alianza que tejió Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para la victoria presidencial de su tercera postulación al cargo no dejó espacios para el eventual fraude electoral al que anuló para el Ejecutivo y el Legislativo, donde el conjunto será mayoría.

Tras señalar incidentes en algunos estados, en particular Puebla y Veracruz, hay que decir que este domingo otro perdidoso fue la autoridad organizadora de los comicios -el Instituto Nacional Electoral (INE)- que si bien logró que enviaran sus votos unos 99 mil mexicanos residentes en el exterior, confeccionó la lista nominal de votantes con 87 millones 840 mil inscritos, concurrió a las urnas el 63%, porcentaje menor al de 2012: correspondían a su autoridad las acciones que redujeran el abstencionismo y abatir el costo del voto, en teoría calculado cada uno en el equivalente a 16 dólares y que terminó en unos 25.

Pero el triunfo tiene más consecuencias y sabores que el comicial: se da en un período oscuro de la historia contemporánea de este país donde con la irrupción de la variante neoliberal del capitalismo -a partir del gobierno del priísta Miguel de la Madrid- se incorporó un estilo que fue profundizando males precedentes, extendiéndolos y ampliando las diferencias de clase. Un insignificante puñado de empresarios -aliados con las autoridades de turno -del PRI o del supuesto opositor de derecha Acción Nacional (PAN)- acumularon estratosféricas ganancias; redujeron a una mínima expresión el salario mínimo y, en general, los ingresos del pueblo; incrementaron los índices de pobreza (ver Cepal sobre cumplimiento de los países de las Metas del Milenio) y robustecieron los niveles de corrupción que daban cobijo, protección, más beneficios, mejores dividendos, mayores productos y abundante lucro a sus cuentas. Junto con los apetitos de este grupo nimbado que sostuvo a las autoridades sexenales -estatales y federales-, a sus comparsas de conductores sociales de organizaciones y que unificó lo que el candidato triunfante el domingo llamó “la mafia del poder”, auspiciaron el incremento y extensión de la corrupción a niveles casi inimaginables, el advenimiento descontrolado de las desigualdades, la inseguridad y su “inevitable socio”, la impunidad criminal.

Como ha pasado a través de la historia de las últimas décadas -quizá sea más preciso decir por más de algún siglo-, aquellos grupos a los que preocupan las pizarras de las grandes bolsas y el curso del TLCAN (NAFTA) que tantos beneficios les trajo (aunque menos que al empresariado estadunidense), consideró a los integrantes del pueblo en que nacieron como una horda inculta a la que someter, oprimir y exprimir para obtener plusvalía hasta de su postrer hálito. Este conjunto dominante y voraz radicaba en su subconsciente autoritario -dirían los psicoanalistas- confianza en que su pueblo temía a la libertad, con la certidumbre de que si los gobiernos creían ser inteligentes no contaban con otra oportunidad que ponerse de su lado, del de los amos del capital, y volverse cortesanos de sus normas económicas y su cesarismo. Y el domingo, ese pueblo que había dado muestras más que suficientes de que se le había agotado la paciencia, de que no aguantaba ya guerras inútiles contra lo que se denominó oficialmente “crimen organizado” -que en general la gente entiende como unidad del mundo delictivo con la autoridad que le brinda impunidad-, que sobrepasó las 24 mil muertes en 2017; no desea otros 43 desaparecidos de una normal rural ni que se considere a los adolescentes como delincuentes y, sin que se le ofrezcan posibilidades de un futuro decoroso, los apodan ninis (sin estudio ni trabajo) o que un gobernador estatal del PRI haga que se les dé a niños con cáncer inyecciones de agua destilada. La gente del pueblo no aguantó nada de esto y con la conducción de un hombre terco, picapedrero que recorrió uno por uno -más de una vez- en estos años cada municipio (2.466 y 16 ex alcaldías de la capital), arrasó el 1º. de julio con lo que quedaba de la decadencia de los partidos tradicionales, arremetió y venció a los fraudes -que antes habían privado de triunfos a Cuauthémoc Cárdenas y al propio López Obrador- ganó el Poder Ejecutivo y ambas ramas del Congreso.

El valor de AMLO, desahuciado de la política tras cada postergación, fue -es cierto- el artífice de lo ocurrido, el que con su tenacidad se impuso a cuanta adversidad le interpusieron, basándose en la denuncia de lo que el mundo veía y se quería esconder -de buena o mala manera, apoyando las acciones, comprando opiniones o conculcándolas-; y ofreció un futuro de honestidad, de examen pulcro y detallado del Estado y de quienes lo representan o tienen autoridad. Es en quien se finca la esperanza de la gente en un cambio que le devuelva dignidades a las personas, enriquezca y haga valer la justicia, elimine la impunidad, reduzca la violencia y combata la corrupción. De AMLO no se espera menos, aunque no se trate de un hombre revolucionario, de izquierda, anticapitalista; se anhela -sin embargo- la posibilidad de un principio en una nación que no sólo aspira a ganar en soberanía e independencia, que se robustezca el Estado y se ahuyente de toda práctica pública al neoliberalismo imperante los pasados 30 años y que en ese racimo de cosas lo mantengan en el camino de un cambio en la gestión de gobierno, en su dirección, arriba.

La vocinglería popular, esa a la que en el fondo siempre le temió la denominada “mafia del poder”, despertó y pateó el viejo tablero político donde se “arreglaban” las cosas. Parece hasta ridículo que su primera reacción -la más intempestiva- salga del Consejo Coordinador Empresarial (la noche en que sus propios candidatos fueron derrotados) al exigirle al futuro presidente “respetar la libertad de expresión”, las reformas estructurales del gobierno actual -que con su fracaso fueron parte del descalabro electoral que tuvieron, que realizaron cambios en petróleos, ley laboral y cuestiones educativas-, al tiempo de indicarle (en la práctica, mandatarle) cómo debe comportarse con Washington. En compañía de algunos jilguerillos amaestrados de los medios -esos que sólo tuvieron palabras de aliento para los que hundían a las mayorías- se permitieron escribirle una agenda de deberes al electo, produciendo un espectáculo ridículo en el que el principal argumento era mantener la actual línea que llevó a sus creadores y ejecutores a ser expulsados, como una excrecencia, de la vida pública por lo menos el siguiente sexenio: “esos comunicadores” recitaron el dictado que nunca les habían autorizado antes.

Ya debiéramos acostumbrarnos a que con cada cambio de importancia reaparezcan personas valiosas al tiempo que servidores de lo vencido pretendan sobrevivir. En los discursos tras el triunfo, AMLO recuerda que su gobierno se ceñirá a pensar siempre en “Primero los pobres”, lo que da un signo de aliento acerca de lo que vendrá.

Por otra parte, es bueno detenerse en este momento en que el cambio presidencial será el 1º. de diciembre y que los siguientes cinco meses gobernarán los derrotados. Un antiguo gobernador priísta, el general (r.) Jorge Carrillo Olea comentaba hace unos días acerca de “Los cinco meses de interregno, cuya transitabilidad es responsabilidad de EPN (actual presidente Enrique Peña Nieto)” y que su “(…) ego tan mal herido hacen imposible pensar en cualquier acto o dicho de honesta confesión”. El comentario no viene mal y coincidimos que es en vano esperar de él una “honesta confesión”, pero lleva a que reflexionemos acerca de qué cosas pueden hacer otros, no sólo en economía sino también en política.

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