Home Literatura “Los mejores libros de autoayuda son los clásicos”

“Los mejores libros de autoayuda son los clásicos”

“Los mejores libros de autoayuda son los clásicos”
0
0

Laura Martínez Coronel estuvo en la Feria del Libro de Paysandú. Presentó su libro Un bosque por dentro, que obtuvo primera mención en el III Concurso Internacional de Poesía Marosa di Giorgio, e impartió un taller sobre la vida ficcionada. Es columnista de Caras y Caretas y en 2016 fue invitada al 24° Festival de Poesía en Rosario, Argentina. (Entrevista de Margarita Heinzen. Publicado en www.granizo.uy)

Estuve en la presentación de tu libro y en el taller. Me interesó mucho tu aproximación a la literatura, en el sentido de darle voz a algunas cosas, de ser vehículo de otras voces. ¿Para quién escribís?

Cuando uno escribe, yo no creo eso de que uno escribe para sí mismo, yo no lo creo. Nunca lo creí. En realidad todo puente de comunicación requiere un emisor y una persona que reciba el mensaje. Vos existís como escritor o como periodista por la visión del otro. Es como los espejos, nosotros no miramos a los espejos, los espejos nos miran a nosotros. Hay hasta una ceremonia judía que cuando ellos están de duelo tapan los espejos. Tampoco creo en el otro escritor, en ese trabajo narcisista que cuando presenta un libro sea como un cumpleaños de 15, cosa que yo lo he visto. Para mis familiares y más allá de que sean mis familiares como que fuera una fiesta, que está muy bien porque a uno le gusta lo que hace. Sí, creo en el escritor que hace un trabajo más en la sociedad, que es una gran cadena llena de eslabones, pero cuando se caiga uno, va a caer la cadena entera. Y creo en el oficio del escritor. Tampoco es una cuestión tan librada al azar. Hay que tener tesón, constancia, hay que creer en lo que uno hace, ponerle mucha garra y tener mucho compromiso. Y cumplir con las tres premisas fundamentales del arte que son la ética, la estética y la reflexión. Si no se cumple con eso, no sé, puede ser que estemos haciendo versos, puede ser que estemos decorando algún lugar pero yo no lo puedo concebir así, mi visión es que también tiene que ser útil. Y de hecho he descubierto que es muy útil. Y lo de ser la voz de los otros, esa frase tan manida de que uno es la voz de todos, no como cliché pero sí somos la voz de los otros. La vocación de servicio es la que da sentido a tu vida ya sea en la docencia, en el periodismo, en la medicina, incluso el electricista que pone una lámpara en tu casa. Es servir, siempre es servir.

Vos decías que trabajabas con gente con problemas de salud mental y que los acercabas mediante la literatura. Contame un poco sobre eso.

Sí, ese trabajo yo no lo veo mucho en Uruguay, en Argentina sí, lo he visto. Literatura y psicoanálisis es un trabajo muy interesante. Martín Ascurra es una corriente. Él me ha escuchado mucho, sigue y me dijo que el trabajo que vos hacés es muy productivo. Personas que a veces no hablan. Yo trabajaba en un patronato, tengo un libro editado, con un prólogo de todo el trabajo que hice ese año. Yo pedí que me evaluaran. Y una sicóloga Grado 5 me dijo vos estás sobrecapacitada para el trabajo. Bueno, está muy bien pero quiero que me inspeccionen porque yo puedo estarle dando cualquier cosa a la gente y corren riesgos si yo les doy cualquier disparate. Y me dijeron que no estaban capacitados para evaluarme. Y eso me preocupó, porque uno quiere saber si lo que estás haciendo es serio, que el otro vea lo que uno está haciendo. Yo tengo un programa. Para mí los libros de autoayuda son los clásicos. Tengo un programa, con un cronograma que comprende: Saramago, Oliver Twist, Cervantes, Pessoa, dentro de la poesía, Antonin Artaud, Alejandra Pisarnik, Olga Orozco. Yo trabajo con un sistema con el que, misteriosamente, he descubierto que gente que me apretaba el brazo y salivaba de contínuo sobre mí, mientras yo pedía ayuda a una enfermera que no venía, a los tres meses me empezó a hablar. Así que es totalmente útil. El Frankestein de Mary Shelley, es otro ejemplo que trabajamos. Realmente ellos se ven identificados, ellos se dan cuenta de los que les pasó. A mí me enseñaron un poco a trabajar en eso. No vastamente, lo aprendí mucho más después. Me interesé sobre la corriente, luego tomé unos talleres, no digo clases porque eran semipresenciales, pero después me preparé para eso y vi los resultados, que son excepcionales. Me formé con gente que vive en Buenos aires, acá no encontré, puede haber, pero no encontré. Después nos reunimos con una psiquiatra, un psicólogo, una dramaturga, una profesora de filosofía y armamos un grupo y ahí empezamos a trabajar. Y de ahí empecé a trabajar de manera personalizada, hacer mi propio trabajo y las crónicas, que son todas apuestas de bueno, vamos a ver. Pero después te das cuenta que la respuesta de la gente es lo que te da la pauta de que tenés que seguir haciéndolo. Siempre. Cuando empecé a hacer crónica literaria, eso que yo hago de ficcionar la realidad, convertir noticias en historias, espero la respuesta de la gente.

Está bien, pero el respaldo de gente con trayectoria te asegura el espacio, al menos.

El primer respaldo de mi vida me lo dio el Bocha Benavídez, a los 19 años. Quizás no lo dimensioné en aquel momento. Fue cuando gané un concurso, en Melo. Me dio un papelito, escrito de puño y letra, que valía oro, en el que me recomendaba a muchas editoriales y yo lo tiré en el piso porque me dijeron que era muy joven, que era un disparate. Eso me dijeron en Melo. A veces pasa, que a las personas muy jóvenes, les dicen eso. Pero una tía mía, que es médico, lo planchó y lo tiene guardado. Después con el tiempo el mismo Washington Benavídez, fue jurado en el concurso de Marosa, ese que gané y donde él hizo una especie de trabajo sobre lo que yo había escrito. La vida es medio extraña, siempre tiene sus caminos. Tenés razón en lo que decís sobre la gente con trayectoria pero la respuesta de la gente puede ser mucho más importante, para uno. El consulado argentino me llamó para representar al Uruguay en Rosario, en 2016, y me dijo que tenía que abrir el evento, con uno que había traducido la Divina Comedia, a Pier Paolo Passolini, que era Premio Nacional de República Dominicana, que me había leído y que ya me ha hecho dos prólogos, también estaba Jorge Aulicino. A todos les pareció extraño que yo no ocupara los veinte minutos, porque yo leí cuatro poemas y me fui. A veces, a mí me molesta cuando hay moderadores que te leen un libro entro.

Dentro de este trabajo en pro de la salud mental, ¿qué lugar ocupa la poesía?

La poesía es fundamental. Se ha descubierto que a una persona enferma de Alzheimer, tú le lees    poesía y despierta centrales de la memoria. Yo me he pasado investigando eso. La gente te pide que le leas poesía. Llora, la gente llora. Cuento de ese hombre que lloraba y me pedía que le leyera Pessoa, y que le leyera más y más. No era una persona terriblemente culta ni mucho menos. Leer poesía es fundamental porque activa una serie de conexiones. Eso se está estudiando. Tu sabés que esa poesía que yo escribo que no es un verso para abajo, que no es convencional, que te obliga un poco a pensar trabaja mucho las imágenes. Vos sabés que en los autistas, y en los esquizofrénicos también y un poco en los Downs, las imágenes son más importantes que las palabras.  Yo creo que nosotros somos todos islas, tenemos algo de autistas, nos cuesta la comunicación. Cada vez más. Este mundo nos está condenando a esa incomunicación y con la poesía sacás esa parte, con las imágenes es más fácil, con las imágenes es más fácil traducir-te.  Como dice Fagner: traducir es el arte, traducirse es una cuestión de vida o muerte. Es una canción muy linda de Fagner. Bueno él la canta, la letra no es de él, es de un poeta brasilero que murió hace poco.  Ese es el lugar del arte, traducir-se.