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Luis Barbeito, investigador del Instituto Pasteur: “La principal revolución es el bienestar de los niños”

Luis Barbeito, investigador del Instituto Pasteur: “La principal revolución es el bienestar de los niños”
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En una época donde se paya tanto sobre las conductas humanas y sus causas, nos pareció importante hablar con alguien que sabe mucho de este tema. Nuestro entrevistado manifiesta, desde su conocimiento, optimismo para lograr una sociedad mejor si encaramos en serio la problemática infantil de nuestro país.

 

Por Rodolfo Ungerfeld y Alfredo García / Fotos: Rodrigo López

 

¿Cómo se vincula la neurociencia con el desarrollo infantil?

Siento cierto nivel de frustración porque no pude hacer investigación original sobre este tema. Fui médico por muchos años, y ahora soy un investigador que trabaja en neurociencia. Una de las posibles contribuciones sociales que puedo hacer, más allá de mi rol de docente e investigador es, de alguna manera, traducir lo que está pasando en el mundo en términos de evolución y conocimiento científico para poder entender la realidad social, particularmente en cuanto a la visión de que muchos de los problemas sociales que tenemos nosotros y muchísimos otros países en el mundo, incluyendo países ricos, son consecuencia de lo que ocurre en un momento particular de la vida en donde se construye el cerebro, y que tiene que ver con el período perinatal.

¿Se sabe poco de eso, está poco estudiado?

En el mundo es un área activa de trabajo, ya sea en modelos animales como en biología del desarrollo. En los últimos tiempos ha habido muchísima investigación sobre seres humanos. Hay institutos enteros en universidades sobre este tema. Por ejemplo, la Universidad de Harvard tiene un instituto que investiga sobre infancia y desarrollo, que apunta exactamente a comprender el impacto que tiene el neurodesarrollo sobre el niño y su vida futura, ya sea en términos de salud, de empatía y madurez social, de capacidad cognitiva y de desempeño socioeconómico. El ser humano claramente es un ser social, no somos autónomos, y esas capacidades sociales son fuertemente determinadas por cómo nuestra interacción con el medio construye el cerebro.

Hablás del tema perinatal: ¿estamos condicionados por lo que ocurre durante el embarazo?

Lo que hoy más o menos sabemos es que todos traemos al mundo una carga genética que determina muchas cosas de lo que somos y vamos a ser. Sin embargo, particularmente en el caso del cerebro la carga genética tiene un peso relativo. La estrategia que tiene el sistema nervioso para que el individuo se adapte mejor al medio es dejar todo lo que es la maduración de las conexiones cerebrales, -que básicamente son la esencia de lo que somos- fuertemente determinada por el medio ambiente, es decir, por las experiencias vividas, de tal manera que el sistema nervioso va eligiendo las mejores conexiones. Para los neurólogos el cerebro son decenas de miles de millones de neuronas conectadas de manera muy compleja, fuertemente determinada, pero muy compleja, muy sutil y muy plástica, es decir, que puede cambiar. La construcción del cerebro implica elegir las mejores neuronas y desechar aquellas que no sirven, algo que ocurre muy temprano en el desarrollo, y luego, con las neuronas que tenemos, elegir los conexionados más eficientes y que nos hacen más exitosos. Eso en buena medida está determinado por los genes que traemos al mundo, y en buena medida por las experiencias vividas. Las primeras experiencias ocurren durante el embarazo y la vida intrauterina. Son importantes y van modelando el cerebro. Cosas que le pasan a la mamá de alguna manera llegan al feto que se está desarrollando, y ya van dejando una marca epigenética, que va más allá de la codificación de los genes. Son marcas que quedan labradas en las células y que van condicionando lo que esas células van a ser en el futuro.

Lo que pasa ahí tiene consecuencia no solamente en el que nace, sino también en las generaciones posteriores.

Lo que pasa ahí puede tener un efecto transgeneracional, puede dejar una huella no solamente en el individuo que se está desarrollando sino también en la otra generación.

Cuando hablás de lo que vive la madre, ¿te referís a la alimentación?

Alimentación, condiciones de estrés, estrés extremo, un duelo, un accidente, una infección. Todo tipo de condicionantes, nutricionales, infecciosos, vivenciales, cambios en la respuesta hormonal e inmunitaria, la exposición a tóxicos, al plomo. Hay todo un ecosistema que influye. Obviamente que esto está todo muy resguardado. El ser humano es muy resiliente, y si bien ocurre una cantidad de cosas durante el embarazo, casi todos los niños salen bien. Si bien hay cierta fragilidad en el neurodesarrollo, y hay que tenerlo en cuenta, hay muchísimas formas de resiliencias para superar estos efectos. Pero cuando el individuo se va haciendo adulto todos esos efectos se van sumando -lo que ocurrió en el embarazo, en la primera infancia y después- y ahí se empiezan a hacer evidentes, manifestándose como defectos de la salud o de las capacidades. Eso es lo que la ciencia está demostrando hoy, que hay una cantidad de eventos en el neurodesarrollo que van dejando marcas que se ven a largo plazo, y algunas de ellas pueden pasar de una generación a otra. Después hay un período de quizás más vulnerabilidad que el embarazo, que es el periodo perinatal inmediato, donde el niño nace y empieza a interactuar con su mamá, en el momento mágico del binomio de la lactancia, un momento increíblemente importante en la vida del niño, no solamente para sobrevivir sino para ir armando una parte de su persona.

Entonces, ¿la lactancia no pesa solamente en lo alimenticio?

Si así fuera, sería fácil sustituirlo por leche sintética. Influye en componentes emocionales, también. Hay experimentos realizados en niños que tuvieron lactancia y otro que no, y las diferencias son grandes. Nuestro cerebro está hecho para continuar el cableado y la interconexión de regiones muy importantes durante la lactancia a través del contacto de piel y corporal, y de las miradas un poco después. Todo eso va reconfortando al niño y va creando las condiciones que llamamos óptimas para neurodesarrollo. Cuando un niño es descuidado y no es atendido por la mamá o tiene pocas horas de interacción con ella, esto deja secuelas que a veces pueden ser muy importantes. El neurodesarrollo puede retrasarse en niños descuidados. En este sentido, aunque está fuera de contexto, hago referencia a un estudio que se hizo acá en el Hospital Pereira Rossell por un equipo de neuropediatría liderado por el Dr.Gabriel González, de neonatología. En este trabajo se estudió un número importante de partos sucesivos ocurridos en el hospital, y se hizo un seguimiento a largo plazo para ver qué había pasado en el momento del embarazo y el período perinatal, haciendo énfasis en los efectos del alcohol y drogas como la cocaína y la marihuana. Ellos lo medían, y la madre lo reportaba, y midieron el efecto a largo plazo en el neurodesarrollo. Comprobaron que la principal causa de un defecto o retardo en el neurodesarrollo era la depresión materna.

¿La depresión posparto?

La madre podía ser tomadora de alcohol, fumadora o adicta a la marihuana o la cocaína, pero sin embargo eso no dejaba un gran impacto en el desarrollo. Por el contrario, el hecho de que la madre tuviera elementos de depresión o una depresión posparto, y que la madre tuviera poca motivación para interactuar con el hijo, o que se sintiera mal en esa interacción, sí dejaba secuelas importantes. Ese binomio madre e hijo en los primeros meses después del nacimiento es clave. Hay muchas cosas que no entendemos y que nos va a llevar años entender. Hay cantidad de sutilezas que van dejando su marca en el sistema nervioso, por la positiva y por la negativa. Por la positiva, cuando están, todo se arma bien. Por la negativa, cuando no están, y empiezan a aparecer circuitos negativos relacionados a los mecanismos de estrés y de sobrevivencia que el niño empieza a usar porque nota que su ambiente no es para el que venía programado. Ahí ocurren una serie de cambios neuronales que a su vez impactan en la formación del cerebro del niño, que se va a seguir formando bajo la consigna de que hay peligro, de que hay una amenaza, y eso lo marcan los neurotransmisores que comunican las neuronas entre sí, pero también una cantidad de hormonas relacionadas al estrés. Todo eso es lo que se llama el estrés tóxico perinatal. El camino del desarrollo es diferente al de otros niños donde el estrés es bajo o tolerado.

¿Cuáles son los factores de estrés perinatal más importantes?

El cuidado materno está en primer lugar. Después está el apoyo parental, apoyos sustitutivos parecidos al materno, que pueden ser el padre, una abuela o una tía, una figura importante que cumpla esa función. Luego está la alimentación, tener un buen peso al nacer, recibir los alimentos adecuados. Luego están las infecciones, sobre todo las virales, que dejan huellas en el cerebro, y los tóxicos, que son muy reconocidos en este punto. Luego está todo lo que es el contexto hogareño, la calidad del hogar, la violencia familiar, el maltrato, el bienestar socioeconómico. Hay estudios extraordinarios que demuestran que el estatus socioeconómico bajo y la pobreza de por sí mismos son un factor de estrés importante en los niños incluso cuando ni siquiera se dan cuenta que son pobres, pero el ecosistema de la pobreza es en sí mismo un factor de estrés, y esto se puede medir por las hormonas y por una cantidad de performances cognitivas que demuestran cómo funciona el sistema nervioso en los niños pequeños. La vinculación del estrés social y cómo las hormonas del estrés dejan sus huellas en el desarrollo son un factor de inequidad importante.

¿La culpa es de la familia?

Los responsables no solamente son las familias sino la sociedad, y cómo la sociedad se organiza. Un factor muy importante de inequidad es lo que ocurre en la primera infancia, el embarazo y los primeros dos o tres años de la vida, ya que son los momentos donde se forma el 90% del cerebro: desde el día de la concepción hasta el tercer año de vida. Ahí ya se jugó el partido, después viene el resto de la vida. Después están los genes, todo lo que es el cableado central, y arriba de esos cimientos formados en esos tres años se construye el resto, todo lo que son nuestros afectos más definitivos, nuestra forma de ser, nuestra capacidad de aprender y desempeñarnos, nuestra madurez social. Si en esos tres años la sociedad no asegura un correcto desarrollo, todo ese andamiaje, esos cimientos, quedan endebles. Y luego empiezan a aparecer cosas: el niño no aprende, tiene problemas de aprendizaje en la escuela, es hiperactivo, se pelea con los amigos, es violento y tiene conductas de riesgo, que llevan, por ejemplo, al embarazo adolescente. La adolescencia en estos casos es enormemente problemática, porque vienen con poca estructura, más allá de los problemas de cómo las propias hormonas sexuales impactan en el cerebro del adolescente, que lo dan vuelta, lo dinamitan y llevan a que el adolescente deba rearmar buena parte de su sistema nervioso adaptativo para romper con su familia y llevar una vida autónoma. Imagínense si ya tenemos una adversidad en la infancia y le sumamos todo eso. Después, más tarde en la vida, vienen los trastornos psiquiátricos. La adversidad en la infancia se asocia con una altísima probabilidad de desarrollar trastornos psiquiátricos, de tomar píldoras psiquiátricas y de contraer adicciones. El tabaquismo se asocia fuertemente con la adversidad en la infancia, y también otro tipo de adicciones. De acá en más, siguen las nuevas investigaciones, que están mostrando asociaciones con enfermedades cardiovasculares, con hipertensión arterial, con algunos tipos de cáncer, con trastornos inmunitarios, con lesiones permanentes en el cerebro.

¿Se investiga mucho sobre estos temas?

Hace poco se publicó un trabajo importante de una clínica de Estados Unidos que tenía una base de datos de resonancia magnética de pacientes: volvieron a esos pacientes y a los aparentemente sanos les aplicaron una escala de adversidad en su vida infantil. Actualmente se puede medir retrospectivamente la adversidad infantil, se puede preguntar si se nació en un hogar pobre, si la madre acompañó, si hubo algún enfermo mental en la familia, si el padre era alcohólico, si los padres se divorciaron o si se vivió en un hogar constituido o no. Hay un cuestionario que se puede hacer a cualquier persona y que mide las adversidades de la primera infancia. Ellos compararon las resonancias magnéticas de los que tenían mucha adversidad y de los que tenían poca, y vieron que los que habían tenido mayor adversidad tenían una cantidad de alteraciones, sobre todo en regiones de sustancia blanca del cerebro, en los lugares donde van las fibras de conexionado que comunican las diferentes regiones del cerebro. Los autores dijeron que no podían sacar muchas conclusiones, pero que lo que se veía estaba ahí: esas personas, consideradas sanas, tenían lesiones cerebrales. Hay mucha gente que va por la calle y es considerada sana pero cuando uno estudia en profundidad descubre una asociación entre lo que vivieron cuando eran chicos, quizás hace cuarenta años, y algunas pequeñas anormalidades que no llegan a constituir anormalidades de por sí, que son efectos sutiles pero que dejan cicatrices. Siempre hablamos de las cicatrices de guerra de los veteranos. El cerebro también va acumulando cicatrices de elementos traumáticos, y los que más pesan son los de la infancia, donde todo se va construyendo. Después uno va teniendo más resiliencia y va aprendiendo a escapar a las cosas, o las maneja de otra forma.

Esas cicatrices, más allá de que sean manifiestas ¿implican otros riesgos?

Uno va acumulando riesgos, y después empiezan a aparecer las consecuencias. Entre todas estas adversidades de los niños hay muchas que por más que la sociedad o un gobierno quiera, son difíciles de mejorar luego. Pero hay otras, como las nutricionales, que realmente pueden ser manejadas bastante bien, así como se maneja el sistema de vacunación para prevenir enfermedades. Lo mismo sucede con una buena vida nutricional, que puede evitar secuelas importantes. Creo que al comienzo del gobierno de Mujica en Uruguay teníamos tasas muy altas de anemia por falta de hierro en una etapa clave del desarrollo de los niños, entre los seis y dieciocho meses, donde los niños todavía no suelen comer carne. Esto es clave para que los pediatras lo reconozcan y traten, pero Uruguay llegó a tener un 33% de anemia infantil por falta de hierro. Por otro lado, se sabe que el cerebro no se puede construir bien si le falta hierro. Más allá de que un niño pueda tener un poquito de anemia, que ande cansado, que aprenda mal y que quede fatigado, lo que la investigación científica muestra es que cuando falta hierro ese cerebro tiene enormes dificultades para seguir desarrollándose. Queda estancado en el desarrollo. Y no es que se revierte cuando empieza a comer churrasco. El cerebro funciona con ventanas de oportunidad: hay ventanas donde se tiene que desarrollar tal conexionado, y una vez que se estableció, arriba se establece otro. Si un conexionado no se produce, todo el resto queda limitado. Se sabe que el hierro es fundamental para la sustancia blanca, y tiene un impacto fuerte en el neurodesarrollo. Hay estudios de campo muy importantes que muestran cómo los niños que tuvieron anemia de chiquitos tuvieron dificultades de desempeño ya de grandes, sobre todo en el desempeño cognitivo, en algunos tipos de memoria, de funciones ejecutivas que quedaron dañadas.

Para entender mejor esto, sería bueno explicar un poco más el desarrollo del cerebro en esa etapa.

El cerebro del ser humano es llamativo por el gran volumen que tiene su corteza cerebral, y almacena decenas de miles de neuronas interconectadas. Eso comienza con una proliferación de células muy grande que tiene lugar en la etapa uterina y luego en la extrauterina, desde muy temprano. Lo que importa es que aparezcan las neuronas y que se posicionen en el lugar adecuado a la función que van a cumplir. Las alteraciones que hay en ese período suelen manifestarse en enfermedades como el autismo, que implican alteraciones tempranas en el neurodesarrollo. Ahí también se imprimen algunas pautas de conexionado, y que le van a dar la propiedad al sistema nervioso de formase de una forma u otra, según las conexiones de las diferentes partes del cerebro entre sí. Después que las neuronas dejan de formarse, empieza el crecimiento de los cables de las neuronas que las conectan entre sí. Es lo que se llama el conexionado sináptico, que pasa por dos etapas: una en donde se seleccionan los conexionados que funcionan bien y que tienen un refuerzo, porque son buenos para el sistema, y otros que quedan sin usar y que normalmente desaparecen. Es muy importante que unos desaparezcan y se formen otros. No puede quedar todo súper conectado, porque no funciona. Y finalmente está la tercera etapa, caracterizada por la plasticidad neuronal.

¿Qué es?

Es decir, una vez ya conectadas, las neuronas van reforzando algunas conexiones y debilitando otras para ir generando lo que llamaría el aprendizaje, la adaptación al medio que nos rodea. Esa es una etapa posterior, que ocurre cuando el niño empieza a tener unos meses de vida extrauterina. Ahí es donde se ve el desarrollo, no en volumen sino en maduración, y empiezan los aprendizajes de la vida social y las praxis motoras y sensoriales, que se desarrollan ahí. Después viene el lenguaje y habilidades motrices más finas. Pero buena parte del neurodesarrollo se juega en eso que llamamos la plasticidad del sistema nervioso o neuronal, que es la capacidad de conectar y reconectar. Ocurre que en situaciones de adversidad se secretan algunas hormonas del estrés. Algunas se producen dentro del sistema nervioso, y otras en la glándula suprarrenal, como el cortisol, y esas hormonas impactan en esa plasticidad neuronal y tienden a reforzar algunos circuitos y a debilitar muchos otros. Es como que podan a las neuronas de sus cables. Cuando se estudió el cerebro de niños sometidos a maltrato, por ejemplo, mediante resonancia magnética, se vio que esos cerebros estaban totalmente atrofiados como si fueran el cerebro de una persona muy vieja, con demencia. Ese es el efecto nefasto y llevado al máximo de las hormonas del estrés. Un niño sometido a maltrato tiene muy altas las hormonas del estrés, que retraen el cerebro a un mínimo posible. Por suerte en muchos casos de la infancia se vio que esto es reversible. Lleva tiempo, pero se puede hacer. Ahí se explica el factor denominador común que es el estrés tóxico y cómo actúa en la capacidad de las neuronas de irse conectando, porque ese conexionado es el que subyace a cada aprendizaje que el niño hace, ya sea una conducta social, motora o de otro tipo. Está todo basado en conexiones que se hacen y se deshacen. Las hormonas del estrés dejan al niño con baja capacidad y con un cerebro que se desarrolla en un modo que yo llamo “sálvese quien pueda”, un modo de alerta, de sobrevivencia.

He visto imágenes de cerebros de niños cuyo tamaño y desarrollo dependía de las circunstancias.

Es exactamente eso. Puede ser por muchas causas. Cuando hablamos de las adversidades de la infancia, estamos hablando de eso. Cuando no hay un factor nutricional, tenemos el factor del estrés. La nutrición actúa en otro lado, en la capacidad de que el cerebro tenga todas las vitaminas, minerales, sustratos y oxígeno en la sangre a través de la hemoglobina.

Hablabas de que hasta los tres años se desarrolla el 90% del cerebro.

Después se va refinando, en todo lo que es conexionado fino, por la positiva o por la negativa. Hay que conectar algo y desconectar otras cosas. Si bien el número de neuronas es más o menos constante, va aumentando de volumen al aumentar el conexionado. Vamos acumulando conexionado y así el cerebro crece. Del mismo modo se achica cuando le metemos un factor de estrés, incluso en un adulto. Un adulto con depresión tiene el cerebro más chico que un adulto sin depresión. Creo también que el concepto de inequidad como resultado de alteraciones en el neurodesarrollo es un concepto importante que se puede manejar más o menos bien desde el punto de vista de la divulgación. El discurso es que mejorar las condiciones de la infancia es un arma muy potente para luchar contra la inequidad en las personas. Es asegurarnos de que cada niño tenga su sistema nervioso bien desarrollado, al igual que queremos que tenga el corazón o los pulmones bien desarrollados, porque con un cerebro solo no hacemos nada. Pero lo que nos define como especie es la complejidad de nuestro cerebro, y creo que hay que prestarle atención. En cuanto a la visión evolutiva, puede haber diferentes construcciones del cerebro, ya sea para un alerta total, en una época de miseria, y otro para una época de abundancia. Y esto se ve de vuelta en las conductas reproductivas; quizás sobrevivieron a la infancia, pero en la época reproductiva y maternal se empiezan a ver los defectos de los efectos tempranos. El comportamiento maternal se ve desde las ratas hasta el hombre, y ahí también hay consecuencias de lo que se vivió antes.

¿Hay conciencia de esta problemática en nuestro país?

Por suerte en Uruguay hubo todo un movimiento que empezó con “Canelones crece contigo”, que creo que fue un poco antes del 2010, donde se detectó eso. Este movimiento derivó en “Uruguay crece contigo”, con el apoyo de UNICEF y una importante sensibilidad del gobierno y del Parlamento para votar recursos. Uruguay ha reconocido ese factor de riesgo en particular. Estos programas atendían no solamente la anemia sino todo el contexto familiar, desde la educación, el apoyo y una cantidad de cosas. Creo que fue una de las grandes cosas que le pasó a Uruguay en los últimos diez o doce años, toda esta iniciativa que no debería detenerse, sino que, por el contrario, se debería profundizar. Creo que hoy hay una buena convicción a nivel de las autoridades, en el sistema médico, en los ginecólogos, que pueden hacer mucho, sobre todo los obstetras, porque hay ciertas formas de prevenir esa anemia y educar y aconsejar a la madre desde el embarazo y el nacimiento. La manipulación de la sangre del cordón umbilical es importante, que la retenga el niño y que no se vaya con la placenta, por ejemplo. Son formas de manejar el hierro. Luego está el pediatra, que tiene que ser obsesivo con el hierro, ya sea a través de una alimentación adecuada o a través de suplementos, que son muy baratos. Las mamás deben estar educadas, porque muchas veces a los niños no les gusta el suplemento de hierro, les saca el hambre, y las madres dejan de dárselo y lo cambian por pasta o puré. Se precisa una cultura general para por lo menos manejar la anemia por falta de hierro.

¿Qué otros temas hay que atender?

Luego tenemos todo el otro campo que tiene que ver con el ecosistema del desarrollo y construcción del cerebro, donde juega la situación de las mamás y las familias, de ayudas que pueda haber, de las licencias especiales que se dan a los padres. Sabemos bien que los países que han entendido esto a la perfección, como es el caso de Finlandia o los países escandinavos, dan largos períodos de licencia al padre o la madre, para que tengan uno o dos años para dedicarse a su hijo. Si pudiéramos asegurar que cada niño hasta los dos o tres años se desarrolle en las mejores condiciones, esa sería la mayor revolución que podíamos hacer en nuestro país. Por un lado, estaríamos mitigando y disminuyendo una cantidad de inequidades que tienen que ver con la capacidad de nuestro sistema nervioso, lo que no es poco, porque ahí residen todas las conductas del ser humano, desde las más altruistas hasta las más destructivas. Tiendo a pensar que a mejores condiciones vamos a obtener lo más altruista y desarrollado para la sociedad. Esa para mí es la principal revolución que se puede hacer. Lamentablemente en el Uruguay durante crisis del 2002 más del 50% de los niños nació bajo condiciones de pobreza. Fue ahí que empecé a estudiar este tema, cuando inmediatamente me di cuenta que, como sociedad, estábamos en una situación de riesgo. Eso que pasó ahí podía anticipar todo lo que estamos viviendo hoy en cuanto a la violencia. Fue hace diecinueve años, cuando el 50% de los niños nacían en condiciones muy difíciles, con madres adolescentes, en lugares de extrema pobreza, totalmente desamparados, con dificultad para acceder al servicio médico. Soy médico, y sé lo que era eso en ese momento. Hoy estamos cosechando lo que se sembró en ese momento. La visión de la sociedad hoy no es tan simple como alguna gente suele plantearla. Hay que mirar la película y no solo una fotografía.

¿Qué otros impactos negativos hay a nivel de la salud? Hablabas de enfermedades que se manifiestan mucho después pero se podrían prever…

Hablamos de las asociaciones de las adversidades en el desarrollo y el impacto que puede haber dos o tres décadas después, y las evidencias científicas que puede haber. En primer lugar, está lo que depende estrictamente del cerebro: mayor prevalencia de enfermedades vinculadas a la depresión, la ansiedad y otras enfermedades psiquiátricas como adicciones. Luego está la parte metabólica. Incluso hay asociaciones frente a la apetencia de nutrientes grasos y harinas por sobre la apetencia por otros nutrientes más balanceados. Luego tenemos la parte cardiovascular y de cáncer, y con eso cubrimos buena parte de los males de nuestra era. Está también todo lo que implica la estabilidad de las parejas, lo que se llama estrategia reproductiva.

¿Esto qué implica?

La adversidad en la infancia se asocia a una cantidad de alteraciones a veces funcionales y a veces más graves, más médicas, alteraciones que la sociedad moderna prefiere evitar. Suele haber embarazos más tempranos, adolescentes. De repente en la época de las cavernas el embarazo adolescente era bienvenido, porque para que la especie sobreviviera había que tener hijos lo antes posible. Hoy somos un poco más civilizados, y han cambiado nuestras pautas. Hoy por hoy dejamos que la mujer pueda ser un poco más madura para tomar sus mejores opciones reproductivas. Lo importante de todo esto es, quizás, el concepto de irreversibilidad y efecto transgeneracional. Irreversibilidad quiere decir que puede haber ciertos traumas o situaciones adversas de tal magnitud que dejen una secuela, por ejemplo que, aunque quiera, la persona no pueda acceder a una formación universitaria porque simplemente no tiene las capacidades de atención y memoria como para conceptualizar una ecuación matemática simple como otra persona de su edad. Eso es capacidad cognitiva. No tener las destrezas cognitivas como para hacer una carrera, no alcanzar un buen desempeño académico. La adversidad en la infancia afecta el desempeño académico, la capacidad de abstracción y aprendizaje, y deja liberadas otra serie de conductas normalmente menos altruistas hacia la sociedad, más violentas, más riesgosas. El cerebro humano no puede controlar al cerebro animal más instintivo que también tenemos dentro. Todo esto se aprende, son conductas aprendidas.

¿No se puede revertir?

Hay cosas que son irreversibles o que cuesta muchísimo trabajo a la sociedad revertir o rehabilitar. Ahí tenemos todo el tema de la rehabilitación en las cárceles, un enorme tema del que se ha debatido y donde la neurociencia tiene mucho que opinar.

¿Los efectos no son solamente por el condicionamiento social?

Está más vinculado a cómo se formaba el cerebro de ese niño, que iba a quedarse con una cantidad de inequidades, y que al momento de cumplir su rol de padre o madre iban a generar de vuelta esa impronta sobre el nuevo hijo, generando un ambiente mediado por el estrés tóxico. A esto está fuertemente vinculada la pobreza. Obviamente que siempre hay resilientes, por suerte. El ser humano es resiliente, y eso me gustaría remarcarlo. Esto también es muy importante. Debemos actuar todos juntos para salvar vidas, y eso implica dar el bienestar óptimo a todos los niños que hay en el mundo. Son cuarenta mil niños en Uruguay, es increíble que no podamos hacerlo. Hay una cantidad de niños que quedan sin el apoyo que les permita romper con ese traspaso generacional. Es una inversión única que habría que hacer, por un período de años importante, y cambiaría. Soy optimista con este trabajo que se ha hecho en cuanto a disminuir fuertemente la pobreza infantil. Estoy seguro que va a tener un impacto positivo en nuestra sociedad. Lo que pasa es que no se ve en un solo período de gobierno, hay que esperar veinte años.

Es una inversión social con repercusión incluso económica.

Un Premio Nobel de Economía que trajo UNICEF unos años atrás, James Heckman, demostró que por cada dólar invertido en la primera infancia la sociedad recuperaba 17 dólares, porque iba a prevenir una cantidad de cosas, como pacientes psiquiátricos o personas que no pueden levantarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, porque no pueden regular su conducta. Esto previene la violencia, los crímenes, y todas esas cosas que vemos y que como sociedad tenemos que ir reparando y sosteniendo. Esta persona fue el principal impulsor desde el sector económico de la noción de que hay que invertir socialmente en la primera infancia para tener ciudadanos plenamente desarrollados y equidad social, que es lo que en buena medida muchos buscamos. Cómo construir una sociedad mejor para los seres humanos y también para el planeta. Actualmente se tienen estadísticas de muchas cosas, y muchas se pueden concluir, mientras otras están todavía en el terreno de las hipótesis.

Con este tema te posicionaste y jugaste un rol importante en la campaña del “No a la baja”.

También. Me había olvidado.

¿Qué impactos tienen hoy las consecuencias de un montón de procesos?

La neurociencia estudia todo el neurodesarrollo, y esto termina después de los veinte años. Es increíble, porque en cualquier otra especie el neurodesarrollo es muy cortito. Veinte o veintitrés años, está en discusión. En los varones toma más tiempo que en las nenas. Es el órgano que nos define como especie, que es súper desarrollado, extremadamente complejo. Construir el cerebro lleva más de dos décadas, lo que es inédito en comparación con otros mamíferos, y al mismo tiempo lo expone a muchas vulnerabilidades. Hasta ahora nos hemos enfocado en la primera infancia, donde se conforma el 90% del cerebro. Después, en la adolescencia, hay un período donde el cerebro se recontra desarrolla y reconstruye. Llega un buen día donde aparecen las hormonas sexuales entre los catorce y veinte años hay un sistema nervioso más o menos ya desarrollado, en equilibrio, y lo dan vuelta. El cerebro explota en esa etapa, y se empiezan a remodelar las conexiones sinápticas entre las neuronas, algunas se rompen y otras se reconstruyen, otras aumentan o disminuyen su eficiencia. El resultado final es lo que vemos en un adolescente, con una ruptura de ese aprendizaje y equilibrio que había logrado antes. Hay cambios emocionales importantes. Yendo a la conclusión evolutiva, se trata de algo necesario para que los individuos puedan desprenderse de su clan familiar y reproducirse por cuenta propia. Esto tiene un alto costo, con una cantidad de enfermedades psiquiátricas asociadas a la adolescencia. No es gratuito. Pero claramente fue y es importante para el mantenimiento de la especie. Y los problemas que se generan no los vamos a revertir así nomás. Uno puede esperar que muchos adolescentes tengan conductas de riesgo y midan mal el efecto de sus actos, por más que parezcan grandes y desarrollados. En el interior de ellos y en su sistema nervioso son muy vulnerables. Ahí fue que demostramos que la neurociencia contradecía la idea de que estos niños o jóvenes fueran objeto de pena en un momento donde todo eso se estaba reconstruyendo, y que básicamente no podían ser considerados como adultos sino como personas en desarrollo, por más que su cuerpo físico pareciera el de un adulto. Obviamente que la solución que uno da es que hay que actuar mucho antes: más vale prevenir que curar. Si uno actúa desde la cuna, seguramente los infractores sean muchos menos. Esto exige una óptica y comprensión de la sociedad totalmente diferente, de cara al futuro. No creo que el miedo a las penas vaya a cambiar mucho la cantidad de delitos entre los menores, porque ni siquiera son conscientes de las penas o de lo que significan. La sociedad genera muchas soluciones fáciles sin tener real conocimiento de las causas y de lo que está pasando en ese momento en el individuo.

Mencionaste la resilencia, ¿podés explicarla?

Es muy importante. Por más que los estudios científicos muestren el impacto que tienen todos estos eventos negativos en el desarrollo, la violencia, la pobreza, la falta de alimento, los tóxicos y enfermedades recurrentes como la anemia, hay que tener presente que eso es para la masa de individuos, pero que hay una enorme capacidad de resiliencia que es propia del ser humano, que siempre encuentra caminos para sobrellevar estas cicatrices y salir adelante. Creo que es así. Muchísimas personas más allá de las adversidades han cortado con esa cadena intergeneracional. Sin embargo, cuando uno considera el conjunto de la población hay tendencias,se ven claramente las asociaciones.

Por eso, si mejoramos la condición de la infancia vamos a poder mejorar la condición del futuro. No puede ocurrir en nuestro país que haya niños que queden desatendidos o en condiciones fuertemente adversas, que no tengan comida, que la madre no los pueda cuidar o que no tengan una abuela que los cuide, o una casa mínimamente digna que no se llueva y donde no se mueran de frío en invierno. Eso no puede pasar. Esos niños tienen probabilidades de tener un cerebro en modo alerta cuando sean grandes, en modo sálvese quien pueda.

La inequidad hay que combatirla desde el vamos. Los cimientos frágiles no posibilitan construir.

No posibilitan el desarrollo pleno del individuo, un desarrollo con salud, con buena motivación, adaptado al ambiente y teniendo consideración por el prójimo. Debemos apostar a que la sociedad vaya hacia eso. Es una idea contraria a la idea de:“Yo me enriquezco y que se jodan los demás”, y a la explotación del otro. Tenemos que vivir en un mundo donde el ser humano y el ambiente sean cada vez mejores para que a cada uno le vaya mejor.

 

PERFIL

Nació en Montevideo, pero hizo la escuela y el liceo en Tarariras, en Colonia. Después vino a estudiar Medicina y se quedó en la capital. Es médico, pero nunca ejerció como tal, y se dedicó a la investigación. Trabajó en el Instituto Clemente Estable, en las Facultades de Ciencias y Medicina, y desde el año 2006 en el Instituto Pasteur. Fue director en dos períodos, desde 2010 a 2018, y ahora dirige un grupo de investigación que trabaja en enfermedades del envejecimiento cerebral.

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