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Lunes populares

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Durante las últimas vacaciones de julio, el hombre llevó a su hijo por primera vez al cine. Al llegar, vieron una nutrida fila constituida por muchas madres y abuelas, pocos padres y un montón de chiquilines. Justo antes de entrar a la sala en penumbras, casi todos compraban una cajita con pop y algún refresco. Ya dentro, la expectativa era general; se sentía en el aire que el público infantil estaba ansioso por ver el espectáculo. Por fin, al apagarse las luminarias y empezar la proyección, toda la atención quedó fija en la pantalla. Con los ojos ya acostumbrados a la poca luz del lugar, el padre, de vez en cuando, miraba de reojo a su pequeño. En los días previos le había explicado reiteradamente cómo eran las cosas en el cine, puesto que temía que el chico se asustara de la oscuridad o se aburriera a poco de comenzado el filme (en el ipad que les “expropió” a él y su esposa, el menor pasa de un dibujito animado a otro sin esperar casi nunca el final, y un largometraje podría resultarle contraproducente)… Sin embargo, ninguno de sus temores se confirmó, una hora y media después de haber traspasado la puerta, ambos salían muy contentos, comentando las alternativas de la película.

En los días siguientes, el niño traía a colación constantemente el tema de la historia filmada que había visto y, cada poco, preguntaba cuándo lo llevarían de nuevo al cine.

Mientras tanto, al hombre le pareció darse cuenta de algo: a pesar del paso de los años, la magia del cinematógrafo sigue ejerciendo su hechicero poder sobre los espectadores. Esta conclusión provenía de su propia experiencia, que, a su entender, no difería demasiado de la de su retoño.

Sus primeros recuerdos cinematográficos provenían de los inicios de los años setenta. Una tarde de domingo, Alicia, su vecina y madre del Gordo Retamosa, lo llevó a la matiné del cine Rex, de la capital del departamento de Soriano. Fue una experiencia iniciática en sentido literal. Desde aquel día en más, juntaba moneda sobre moneda para poder pagar el precio de la entrada, que si bien no era exorbitante, para sus modestas finanzas resultaba casi inalcanzable. Así, durante los años de la escuela, cada vez que podía, cumplía con el ritual de meterse en aquel templo del celuloide y se dejaba embelesar por las historias que transcurrían en la pantalla. No obstante, siempre se quedaba con hambre de ver más.

Al entrar al liceo, se enteró de que en el cine Mercedes existían los Lunes populares. Como su nombre explicitaba, estaban al alcance de todo el pueblo. Por un precio más que módico, desde las seis de la tarde y hasta las doce de la noche del primer día laborable de la semana, se exhibían cuatro películas. El detalle era que las mismas, en su totalidad, no eran de estreno, sino que, por el contrario, se trataba de filmes bastante pasados de moda. Pero a él esto no le importaba, por aquel tiempo prefería la cantidad a la calidad. Lo curioso, además, era que quien programaba cada función lo hacía con un criterio heteróclito: podía comenzar con una de Sandrini o Cantinflas, continuar con un dibujo animado y una de cow boys, para terminar –como de hecho le ocurrió una vez– con El silencio, de Bergman.

Un tema aparte lo constituía el público asistente. Por lo general concurrían familias enteras y, como pasaban luengas horas allí, y no tenían posibles para comprar golosinas de las que se vendían a la entrada, llevaban consigo las más variadas vituallas: pizza, refuerzos de pan con mortadela, galletas marinas y hasta alguna presa de puchero o asado.

Por otro lado, los asiduos habían visto muchas de las cintas que se proyectaban, puesto que era común que se repitiesen. De modo tal que, cuando esto sucedía, deambulaban por el interior de la sala o se reunían en grupitos a hablar o escuchar una radio portátil. Al hombre le tocó ser testigo de una escena surrealista. Era noche de partido. En medio de la oscuridad, desde una de las filas del fondo, surgió un grito:

–¡Pololo! ¿Cómo va Peñarol?

–¡Ganamos uno a cero, gol del Potrillo! –llegó la respuesta desde una butaca cercana a la pantalla.

*

Caminos recorridos. Sendas que se cruzan. Herencia cultural que se transmite de padres a hijos: el cine. Inagotable y mágico, hoy y siempre.

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