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Lustrosa historia sin vuelo ni ideas novedosas

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La cordillera, Argentina/Francia/España 2017. Dirección: Santiago Mitre. Libreto: el mismo y Mariano Llinás. Fotografía: Javier Julia. Música: Alberto Iglesias. Con: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Érica Rivas, Christian Slater, Elena Anaya, Paulina García, Daniel Giménez Cacho, Gerardo Romano, Alfredo Castro. Estreno 31.08.2017. Calificación: Regular.

 

Se dice que La cordillera podría tomarse como secuela o derivado de El estudiante, ópera prima de Santiago Mitre, y eso es cierto si vinculamos ambos films mediante sus protagonistas: aquel joven militante que ante la corrupción generalizada terminaba aferrado a sus ideales, y este novel presidente que parece recorrer un camino similar aunque a la inversa. La cordillera narra varios días decisivos en la vida y la carrera política del primer mandatario argentino Hernán Blanco (Ricardo Darín), que asiste a una Cumbre de presidentes latinoamericanos en la cordillera andina, del lado chileno. En dicha ocasión se definirán una serie de estrategias y alianzas geopolíticas de vital importancia para la región, y aunque Blanco cuenta con la invaluable ayuda de dos fieles e inteligentísimos colaboradores (Érica Rivas, Gerardo Romano), deberá tomar dos decisiones de difícil solución: una política, que definirá no sólo su carrera futura sino también los destinos de su nación; y otra en el ámbito privado, que tiene que ver con una hija bastante problemática (Dolores Fonzi) y su ex yerno, quien amenaza con revelar públicamente chanchullos y corrupciones varias de Blanco y sus colaboradores.

Como puede verse, la mesa estaba servida y el menú era suculento. Sin embargo, en ningún momento queda claro hacia dónde quieren apuntar Santiago Mitre y su guionista Mariano Llinás. Hay elementos que insinúan un cierto aire de thriller político vinculado a lo que en los años 70 hacían Costa Gavras o los cineastas liberales estadounidenses. Pero a pesar de la inquietante banda sonora de Alberto Iglesias, la película no genera suspenso ni provoca sobresaltos. Por otro lado, La cordillera podría remitirnos a la novela Todo Modo de Leonardo Sciascia, llevada al cine por Elio Petri también en los años 70 ya que Mitre y Llinás arman una historia en la que, al igual que allá, una docena de hombres deciden los destinos de naciones enteras reunidos en un sitio aislado del mundo y del pueblo, es decir, sus votantes. Sin embargo, Sciascia y Petri apelaban al grotesco, mientras que Mitre y Llinás deambulan del anecdotario realista a parrafadas discursivas tan pretenciosas como inconducentes… cuando no ridículas.

Es que por detrás de su envase pulido y cuidadoso, La cordillera no ofrece otra cosa que una vacía identidad. Eso sucede por culpa de un libreto impostado, discursivo, artificial y oportunista como pocos, y a las pruebas me remito:

1) La importancia de la Cumbre para el futuro de la región es una excusa para dotar de ambiciones políticas al asunto, ya que la película revela varios tejes y manejes entre mandatarios, pero nunca analiza a fondo el debate en que éstos se ven envueltos.

2) Darín nunca termina siendo estudiado como presidente, lo cual es grave en un libreto y un film que pretende cuestionar a la clase política.

3) El conflicto familiar que aporta Dolores Fonzi comienza bien, pero rápidamente oscila de lo banal a lo obvio, para terminar cayendo –mediante una ridícula escena de sesión hipnótica- en el más completo desvarío.

4) La intención de Mitre (según sus declaraciones a diversos medios de prensa) era la de “cuestionar explícitamente a la metáfora como herramienta discursiva, y a los propios discursos como método para evadir el análisis de unas realidades sociales y políticas complejas”. Sin embargo el libreto explica sus conflictos permanentemente mediante figuras metafóricas y siempre apoyado en eso tan anti cinematográfico que es la palabra, que sólo los genios de la pantalla han sabido utilizar como corresponde. Mitre y Llinás naufragan en largas parrafadas que impiden a La cordillera obtener el más mínimo dinamismo, lo cual una vez más revela que pueden tenerse muy buenos conocimientos técnicos, y no por ello ser un buen narrador.

5) Las fallas del libreto se detectan también en aquello que falta y en todo lo que sobra. Es llamativo que en una historia donde se supone que se debate el porvenir de naciones enteras, Mitre y Llinás ignoren olímpicamente al ciudadano de a pie, al pueblo. Un colega observaba con mucho tino que hasta cuando le leen los diarios al presidente, sus colaboradores sólo le dan importancia a la opinión de los periodistas y los políticos de otros países, pero nunca mencionan a los sindicatos, las organizaciones sociales y los opositores. Defensores del film podrán argumentar que ésa es una opción del artista, y que como tal hay que respetarla. Por ese lado vamos entonces a lo que sobra: si a Mitre y Llinás no les interesaba el llano social, ¿para qué arman entonces un plano-secuencia inicial con unos anónimos empleados y agentes policiales de la Casa Rosada, que no van a tener ninguna participación ni relieve posterior en la historia? Parece que sólo lo hicieran para lucir su innegable pericia técnica en el armado del plano-secuencia, podría tener derecho a pensar el mal intencionado cronista de Voces…

6) También sobra oportunismo, conseguido mediante la reunión de un elenco que a los citados Darín, Fonzi, Rivas y Romano (argentinos) suma a la española Elena Anaya, los chilenos Alfredo Castro y Paulina García, el mexicano Daniel Giménez Cacho e incluso el estadounidense Christian Slater, tan deportivo y juvenil como hace 20 años. Es cierto que ese combo da solvencia dramática a personajes que en muchos casos no la tienen, pero en realidad lo que verdaderamente consigue es colocar la película en todo el mercado hispano parlante, y quizás también en Estados Unidos. Eso es marketing puro, y nada tiene que ver con calidad artística, eso que en cambio caracterizó a El estudiante y la estupenda y revulsiva La patota, sin estreno montevideano pero editada en DVD.

7) Ese espíritu marketinero conduce al libreto más de una vez por los caminos de la obviedad. Sacar de la galera una escena de sexo subidito “para vender mejor” es la más visible, aunque la más vergonzosa sea la de inventar un personaje entero (la periodista que compone Elena Anaya) sólo para que España pudiera entrar en la coproducción. La pobre Elena sólo sirve aquí para lanzar preguntas serviciales y conseguir respuestas ídem. De paso, provoca la peor secuencia de todo el film, cuando tontamente indaga sobre si existe el Mal (así, con mayúsculas). Entonces Darín recita un macabro cuentito infantil con moraleja incluida, para terminar diciendo con gesto adusto y voz profunda que “el Diablo existe y no hay presidente que no lo haya visto alguna vez cara a cara”. Cuando de ese plano se pasa casi de inmediato a la aparición del enviado de la Casa Blanca, Mitre y Llinás casi están insultando la inteligencia de cualquier espectador que tenga más de dos neuronas. Y eso es imperdonable entre gente inteligente.

En esa acumulación de errores, discursos y ambiciones comerciales, La cordillera (que tenía muchas cosas para decir) termina por no tener casi nada para contarnos sobre la política ni los vínculos familiares ni las ambiciones desmedidas ni el poder corruptor del Poder. Quizás sin quererlo Mitre y Llinás terminan eludiendo la responsabilidad con este film, debido al distanciamiento dramático e ideológico con que observan personajes y acontecimientos. Esa vía pudo servir para desplegar un análisis desapasionado sobre la realidad latinoamericana actual, y en cambio termina reafirmando los prejuicios más obvios que hoy aquejan a las ciudadanías sobre sus clases políticas.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".