Home Opinión A luta continúa por Luis Nieto
0

A luta continúa por Luis Nieto

A luta continúa por Luis Nieto
0
0

El mensaje que Mujica envía a su amigo Lula, a raíz de ser procesado por el juez Sergio Moro, es revelador: “La pelea continúa, a pesar de los jueces y la prensa”.

Como una reacción emocional ante el amigo procesado vaya y pase, pero las palabras de Mujica tomaron estado público, el propio MPP las divulgó en su cuenta de Twitter, y entonces ya no es de esas cosas que se dicen entre amigos, cuando el alma se desnuda, para confesar la poca convicción en el Estado de Derecho y el funcionamiento de las instituciones de una república. “Las clases sociales existen y las dominadoras no soportan que los sometidos les disputen el poder,” dice el expresidente Mujica, apelando a su firme convicción en que la lucha de clases está presente en todos los actos de la vida, y, por lo tanto, existe una legalidad paralela que permite romper las reglas del juego justificando casi cualquier acto civil que se proponga subvertir la “legalidad burguesa”. Lula, por su parte, declara: “Mientras los jueces y fiscales no prueben nada contra mí, voy a recorrer este país para que ustedes me juzguen (por sus adherentes), es el pueblo que debe juzgarme”, afirma Lula.

Los dos expresidentes estuvieron al frente de sus respectivos países, fueron votados por amplias mayorías y juraron aplicar la Constitución. Los dos fueron figuras estelares para la opinión pública internacional, una visibilidad política indudable, que se correspondía con la que se pudiera tener de ellos por parte de la ciudadanía. En la lógica que dibuja Mujica, “las clases sociales dominadoras” no le complicaron tanto la vida como sus propios compañeros partidarios. “Me dejaron solo”, se lamentó Mujica como explicación a su incumplimiento electoral: Educación, educación y más educación”

En el caso de Lula, gobernó Brasil durante dos períodos, impulsando políticas sociales de gran impacto, sacando a 30 millones de brasileños de la pobreza. Éxito innegable que no parecía fuese a tener el desenlace que tuvo. Tanto el mensalao como, más tarde, el descubrimiento de una vasta red de corrupción en la principal empresa del Estado brasilero socavaron su prestigio y el de su partido político, con muchos de sus dirigentes presos. Había llegado al poder por la vía que la Constitución brasilera garantiza a los partidos políticos. Pudo haber gobernado con el apoyo popular que tenía. Pero como no le era suficiente tuvo que hacer alianzas, porque así funciona la democracia liberal cuando los votos propios no alcanzan. Con plata de Petrobrás fue consiguiendo votos aquí y allá, hasta que el volumen de la compra de votos fue tan grande que se filtró a la justicia y a la opinión pública bautizó esa maniobra fraudulenta con el nombre de “mensalao”, mensualidad.

Una tercera oleada de corrupción llegó de la mano de la principal empresa constructora de Brasil, con operaciones en prácticamente todos los continentes, siempre aceitando los negocios con generosidad, porque las ganancias de la obra pública contratada podían absorber cualquier exceso. Nada más que en Argentina, entre 2007 y 2014, el rubro coimas a funcionarios gubernamentales llegó a los 35 millones de dólares. En una de esas conversaciones entre amigos, Lula le confesó a Mujica que en Brasil no hay otra forma de gobernar que aceptando las reglas del juego, y el uruguayo, en su incontinencia verbal, confesó esta charla privada en una entrevista. Lula estaba en el tapete, gente de su entorno estaba siendo investigada, viejos militantes, fundadores del Partido de los Trabajadores empezaban a desfilar con rumbo a los sitios de detención, y el amigo Mujica, seguramente que queriendo ayudarlo con el argumento de que para gobernar hay que estar dispuesto a todo, por poco no provocó que lo procesaran, porque las palabras de Mujica no tenían doble sentido

Ese “a pesar de los jueces y la prensa”, dichos por un hombre de semejante peso político resulta una definición muy clara de cuestiones elementales en las democracias liberales, que se han tenido que hacer cargo de los desastres sociales y económicos que dejaron las dictaduras. También la prensa y la justicia salieron debilitadas de esos veinte años infames, de persecuciones, mordazas y penurias económicas.

“La pelea continúa, a pesar de los jueces y la prensa”, en boca de Lula, que aceptó un cargo de Jefe de Gabinete de su amiga Dilma para evadir la justicia es muestra, por lo menos, de tener cola de paja y poca convicción en que pudiese demostrar su inocencia. Si no lo hace, es lógico que la opinión pública piense que también tuvo que ver con las coimas. Un líder también tiene que comprender la fragilidad de determinados momentos para su liderazgo. Su fortaleza estuvo en haber propuesto para Brasil un programa de justicia social y mejoras concretas para los más favorecidos, esa fue su pelea, la pelea estelar de un obrero del sector metalúrgico que alcanzó la presidencia de un gran país. La ciudadanía sintió orgullo, esos ciudadanos que pertenecían a las clases más sometidas, al decir de Mujica, arrastraron a buena parte de la clase media, esa fue la fuerza de Lula. Si hoy la mantiene es porque, prácticamente, no hay candidatos disponibles, sobre los que no caiga alguna acusación.

Al mismo tiempo, el Brasil que tan describió a su amigo Mujica, daba cartas marcadas, pagaba bien por conseguir contratos de obra pública. La principal industria petrolera, una de las grandes del mundo, tenía todo tipo de negocios, y frente a cada uno de esos negocios Lula tuvo que poner a un compañero del partido, o a algún otro de un partido aliado. Así funcionaban las cosas. Cambiarlas era cambiar las reglas de ese juego maldito, y el partido de Lula no supo hacerlo. Lo que Lula no entendió fue que tarde o temprano acabaría dentro del juego, por mucho o por poco, pero no tenía cómo ganar una partida contra jugadores profesionales a menos que estuviese dispuesto a mover su enorme fuerza electoral en un movimiento dispuesto a remover las lacras incrustadas en todas las instituciones del Estado.

Si la acusación del juez Moro está basada únicamente en la confesión de testigos que cambiaron su declaración por aliviar su pena, será únicamente una parte de la acusación. No se puede armar una acusación consistente con la confesión de un arrepentido, que es de lo que se está hablando. La figura del arrepentido puede ayudar a resolver determinados casos, pero sólo puede funcionar si toda la investigación resulta coherente. Las acusaciones contra la justicia y la prensa son el latiguillo de los gobiernos populistas que partiendo de un origen marxista han visto la permeabilidad de la democracia liberal como una oportunidad. Pero la democracia liberal ha tenido una dificultad inesperada: la separación de poderes y la vigilancia de una prensa que no actúa con una sola voz, a las órdenes de un poder único.

No hemos leído una solo página de las miles que contienen el expediente de Lula y ya creemos saber que es inocente frente a las acusaciones de Moro. También sabemos que el juez Sergio Moro se va a presentar como candidato a la presidencia de Brasil. De éste, los uruguayos ya creemos saber que es el juez de la derecha, pero es el Poder Judicial de Brasil que está llevando la iniciativa contra la corrupción. Y la derecha nunca ha tenido peores momentos que los actuales para hacer negocios.