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Mario Riorda, politólogo argentino: La democratización digital es un mito

Mario Riorda, politólogo argentino:  La democratización digital es un mito
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Es uno de los “popes” de la comunicación política en América Latina y años atrás tuve el privilegio de ser su alumno, pero no tuve la visión de entrevistarlo en aquel entonces. No hay juego sin revancha y aprovechando su breve estadía en Montevideo esta vez no dejamos pasar la oportunidad. En estos tiempos electorales la charla con Mario nos rompió varios mitos sobre la comunicación, los medios y las redes sociales.

 

Por Alfredo García / Fotos: Rodrigo López

 

¿De dónde sale la vocación por la comunicación?

No sé de dónde sale, ni idea.Creo que fue la cuestión estudiantil, básicamente.

El ámbito influyó y en Argentina viviste procesos complicados.

América Latina te hace vivir muy intensamente. (Risas). Incluyendo procesos políticos complicados, crisis recurrentes.

¿Es una constante en América Latina? Todo el tiempo un proceso de crisis tras crisis.

Cuando uno estudia la región, ve que gran parte de los países salen de las crisis más traumáticas que tienen que ver con la salida de la dictadura, desde el 78 en adelante, cuando los países del Cono Sur empiezan con la última ola democrática, en la que por suerte estamos, más allá de ciertos casos como el de Venezuela o realidades complejas en algún otro país. Creo que América Latina, literalmente, fue una fábrica de crisis. En distintos sentidos. A veces económicos, otras institucionales. Hay países como Perú que no lograron jamás estabilizar un sistema de partidos y por lo tanto la dinámica del cambio es producto de la ausencia de instituciones. Hay países como Ecuador que tienen una tradición que, salvo el ciclo de Correa, que es el único que hay que dejar afuera, a lo largo de más de cien años tuvo un presidente cada un año y tres meses. Esto creo que es característico de la región. Hay muchísima cantidad no solo de presidentes sino de gobernadores presos. O presidentes que cuando no están presos están asilados afuera, con pedido de captura en sus países. El caso de Centroamérica es un ejemplo. Las crisis, de alguna manera, forman parte de la rutina característica de la región.

¿Cuánto incide la comunicación política actualmente en los procesos electorales?

Hay dos modos de responder esto. El primero tiene que ver con definir la comunicación política, que no es ni más ni menos que la política expresada en su rostro público. En el modo en que la percibimos y palpamos. Por lo tanto, diría que hablar de la comunicación es hablar de la propia política. Sin embargo, habría que intentar responder cuánto incide la estrategia que incluye a la comunicación política, y que es en sí misma una estrategia política. La verdad es que pareciera ser menos de lo que uno cree. No porque no sea importante, y mantener un statu quo no deja de ser una estrategia y un logro. Hay una tesis americana, que más bien está pensada para sistemas de partidos con cierta estabilidad pero que no es infrecuente verla aplicada en América Latina en sus resultados: el 90% de las elecciones confirman la tendencia que existía antes de que la propia campaña electoral se inicie. Esto significa que en general el peso estratégico es más bien discreto. Más bien se reproduce una tendencia previa, y la campaña mueve mucho menos de lo que la consultoría y el periodismo creen que mueve.

Hay un 10% que muchas veces es definitorio.

Claro, totalmente. Pero en nueve de cada diez cosas el ego de los periodistas y consultores sobra.

O sea que se gasta mucha plata al santo botón.

Por supuesto. Bueno, esto es todo un dilema. Me tocó estudiar el clientelismo en Argentina y la realidad es que la gente aceptaba el acto clientelar pero no se sentía condicionada por él. La pregunta, entonces, es para qué se gasta. Por inercia. Siempre digo: anímense a no hacer una campaña electoral. Es bastante impensable. ¿La pregunta es si se gasta de más? Seguramente sí. ¿Se gasta mal? seguramente sí. ¿Se gasta ilegal? Ni lo dudes. El proceso electoral cuesta. La democracia cuesta.

Dijiste alguna vez que las campañas electorales están muertas. Fue una frase muy provocadora.

Sí. Lo sostengo en el sentido de una concepción clásica, casi diría idílica del modelo de campaña electoral. En algún libro anterior, particularmente en uno llamado Manual de comunicación política y estratégica de campaña, yo mismo, junto con otros colegas, había definido las campañas electorales como un debate temprano de las futuras políticas por venir. Esta concepción que de alguna manera implica cierto orden cívico en torno al debate, gente interesada en buscar información para votar, campañas centradas en un eje programático propositivo, y la realidad es que hoy las campañas electorales no son eso. Me animaría a decir, incluso, que son totalmente lo contrario. Son debates altamente ideologizados que apuntan a mantener un votante desinformado, con estímulos más bien de tipo emotivo antes que propositivo. Aproximadamente el 80% del contenido que se ofrece discursivamente en una campaña electoral está mucho más centrado en las capacidades de las candidaturas, que de alguna manera representan el proceso de hiperpersonalización, antes que en el debate de las propuestas, que en promedio no supera el 20% del total ofrecido. Esto significa que hay una asimetría mucho más hacia debatir “quién me gusta” que “qué me gusta o qué necesito en términos de políticas públicas”. Sumado esto, además, a un hecho que de alguna manera se está reproduciendo a una escala peligrosa desde el punto de vista del eco de lo digital, que es una concepción muy tribal de la comunicación. En la sociología y la ciencia política el tribalismo es definido como núcleos de intereses que tiene normas de consenso interno que superan a las normas de consenso democrático general. Es como que un grupo se siente muy cómodo internamente frente a normas y prácticas, independientemente de lo bien que caigan, o incluso de lo legal o legítimo que puedan ser con respecto al contexto donde funciona ese grupo, por más disruptivo que sea. Eso significa que las campañas son peleas entre tribus y la negatividad es dominante. Aproximadamente entre el 80 y el 90% de la discursividad en una campaña es de tipo negativo, lo que significa una adversariedad constante frente al otro. Y las campañas electorales que uno imaginaba no tienen nada que ver con esta definición.

La otredad pasó a ser el enemigo.

En la filosofía, y sobre todo en la psicología, se define la otredad como una interacción relativamente virtuosa que afecta mi punto de vista. La otredad representa un debate con vos, pero que de alguna manera me impacta y modifica mi punto de vista previo, para un lado u otro. En cambio, en las campañas electorales, la otredad es restringida y está asociada a la negación y humillación del otro más que a la modificación de mi punto de vista previo. Una serie de estudios internacionales que han salido estos días, quizás de los más grandes del mundo que se han realizado vía inteligencia artificial, muestran la evolución de los discursos políticos a lo largo del tiempo. Y es muy interesante porque lo que evidencian es que el discurso se ha simplificado, y tiene que ver con dejar de lado argumentos e ideas y con potenciar hechos y personas, en donde prima más lo que no soy antes que lo que soy, donde mi identidad no es tan clara como mi contraidentidad. Sé perfectamente que no soy vos, aunque no me quede claro qué soy yo. Es evidente que no existe esta idea del debate y el intercambio, que pudiera enriquecer un debate electoral, porque básicamente el intento es denigrar al adversario. Lo que produce es ausencia de posturas centristas y son evidentes las apariciones de mojones radicalizados de un lado y del otro. Esto es una novedad. Quizás antes también haya existido, solo que ahora tienen un activismo inusitado producto de lo digital. A lo mejor son pocos, pero de golpe tenés veinte o treinta mil personas que tienen posiciones absolutamente extremas y son minorías muy ruidosas en la red, con alta capacidad de visibilidad, y por lo tanto esos niveles de radicalidad con alta visibilidad generan, casi siempre, posturas recurrentes que son noticia y tendencia en redes constantemente, y que incluso ayudan a ordenar el arco ideológico donde se ubica uno u otro.

Esa polarización le quita contenido al debate de ideas. ¿No atenta contra el proceso democrático, en definitiva? Son como cuadros de fútbol.

Son hinchadas. No excluye ideas, porque la ideología puede ser permeable o impermeable, pero es un conjunto de ideas, y es un sistema de creencias, más bien dogmáticas, pero las representa. Creo que alienta el fenómeno de la tribalización radicalizada. Es un fenómeno absolutamente antidemocrático, porque es la priorización del interés de grupo por sobre el interés general, o por sobre las normas del consenso general.

Evidentemente, esa técnica funciona. Lo de Trump, por ejemplo. O los vuelcos en Brasil, que pasa de Lula y Dilma a Bolsonaro. ¿Qué está pasando ahí? ¿Cuánto pesa el tema de la comunicación en todo eso?

Creo que hay una serie de fenómenos muy interesantes, en donde América Latina tiene un caldo de cultivo muy preocupante. Pero excede la región y lo estamos viendo en Europa, en Norteamérica y a nivel internacional. Por un lado, es el rompimiento de los sistemas de partidos. ¿Qué permitían los partidos? Estabilidad de la representación. Aun perdiendo, contenían un núcleo de personas en función de ideas. Al romperse los sistemas de partidos, se genera una especie de sándwich democrático, por un lado, con una oferta hiperpersonalista, con personas que son capaces de armar una institucionalidad acorde a su punto de vista. Gran parte de lo que se llama democracias iliberales son personalismos que pujan contra una institucionalidad existente, incluso muchas veces al límite del autoritarismo, por ejemplo, si es que no están adentro de un sistema autoritario, independientemente de su condición democrática de origen. Por otro lado, son las ofertas movimentistas.

¿Qué es el movimentismo?

Es una articulación de intereses, casi siempre frente a un líder, y también, frente a un fracaso anterior, y con demandas insatisfechas, lo que implica que esta composición amorfa, tiene un proceso muy rápido de armado, de agregación en torno a demandas concretas y guiadas por un líder donde, si ese líder fracasa o las demandas no son contempladas, los movimientos no logran la estabilidad que antes aportaban los partidos políticos. Surge de un rápido y enorme crecimiento, y de un rápido proceso de combustión, que se apaga rápido. ¿Y qué genera? Frustraciones aceleradas y muy visibles. Esto explica los cambios. Creo que el caso de Brasil es el más contundente, con un Lula, que iba a ganar la elección, impedido legalmente de competir, y en donde gana no ya su opuesto centrista sino su opuesto extremo. Fijate qué interesante: veníamos de un ciclo bastante consolidado, al que se le llamó “el tsunami de las izquierdas”, más allá de Colombia y México, pero la región llevaba una tendencia hacia la izquierda y la centroizquierda. Tras el fracaso de gran parte de estos modelos de gobierno viene un contraciclo que vamos a llamar conservador, y que duró prácticamente nada y se derrumbó en cuestión de un año en muchos países, con un récord de caída en los niveles de aprobación en países como Brasil, Colombia, Perú, Ecuador e incluso en Chile con Piñera, y ni hablar con Macri, que demoró un poco más pero quizás fue la caída más abrupta de todo el sistema democrático regional en su oferta por derecha. Gran parte de esta oferta política fue básicamente contraidentitaria: no era muy explícito lo que querían, pero sí estaba claro que no querían populismo ni izquierdas chavistas. Fue muy alto el nivel de expectativa y también fue muy rápido el nivel de caída. Es interesante que hoy en el promedio de la región los presidentes están prácticamente cerca de cuarenta puntos por debajo del nivel promedio de evaluación que tenían en el año 2007. Estas ofertas contraidentitarias tuvieron un desplome muy potente, lo cual no significa que luego de una tendencia fallida se vuelve a la tendencia anterior. Creo que no. Probablemente no tenga una tendencia definida. Me da la sensación de que gran parte de los líderes que van a entrar en este momento pueden tener posturas más pragmáticas. Quizás estoy imaginando lo que pueda pasar en Argentina, si es que Alberto Fernández se confirma como presidente, lo que sería lo más lógico que suceda. Existe un aprendizaje pragmático que podría definirse como intentos de conciliación corridos más hacia el centro.

¿Cuánto hay de manejo de la opinión pública? Estoy pensando en el rol de las redes sociales.

Creo que muy poco. Generalmente, en términos de redes sociales, incluso con niveles de inserción industrial que motiven el pensamiento hacia un lado y otro, los contenidos no desbordan más allá del núcleo de afinidad previa. Se estima que el desborde por cualquier acción digital no supera más del 10%. Sí, esto puede llegar a torcer un resultado electoral, pero es difícil que a la sociedad se la lleve de las narices solamente porque entramos a los grupos de WhatsApp o porque tenemos algoritmos. Generalmente hay una confirmación de la tendencia previa. En la década del 40 del siglo pasado había toda una discusión cuando en las universidades anglosajonas se generan los estudios sobre propaganda —en ese momento no se hablaba de comunicación política— y los efectos ilimitados de la persuasión, particularmente en las primeras experiencias de los gobiernos totalitarios europeos. Y apareció la “ley de las mínimas consecuencias”, que básicamente decía que no es tan sencillo que venga un gobierno y que con una propaganda ilimitada cambie nuestro punto de vista, porque básicamente hay predisposición y selectividad para consumir los mensajes. Es muy curioso que ochenta años después, hoy estemos en lo mismo, en una creencia que pareciera ser que todo lo que venga de lo digital nos agarra desprevenidos y puede hacernos ir para un lado y para el otro, cuando la realidad es que no. Me parece que las redes son parte de entender que hoy la comunicación política se juega convergentemente, sobre todo en la relación del mundo offline, el convencional, y el mundo online, el digital. Sin embargo, este juego convergente no tapa realidades, no minimiza ni niega contextos. Son parte de un juego donde el cóctel es más complejo. La idea de que la persuasión ilimitada amando las formas es una ficción.

Hay toda una teoría de las conspiraciones y temor de que nos van a lavar el cerebro.

Termina confirmando los puntos de vista previos. Esto se puede graficar en una serie de estudios, particularmente el Pew Research Center en Norteamérica —y tuve la oportunidad de hacerlo también en Argentina— que estimó que aproximadamente el 72% de los norteamericanos manifestaron haber recibido información digital que creían que podía ser falsa durante el último proceso electoral. En Argentina ese número fue de 73%. Sin embargo, lo curioso es que, si esa información potencialmente confirma el punto de vista previo, igual lo comparto. Aunque sepa o crea que es falso.

¿Qué nos está diciendo esto?

Que no nos agarra desprevenidos sino con postura previa. Y bienvenido sea todo lo que me sirva para justificar mi creencia, sea veraz o no. Voy a poner un ejemplo que tiene que ver con Argentina. Junto con la organización de chequeo chequeado.com, hicimos un análisis de mil ciento diecisiete discursos políticos de todos los partidos, excluyendo lo electoral, a lo largo de siete años. Incluyó el último gobierno de Cristina y prácticamente la totalidad del gobierno de Macri. De noticias políticas que se convertían en titulares de periódicos. Mil ciento diecisiete, es un buen número. ¿Qué nos dio? 50% de las noticias esgrimidas por los políticos argentinos de todos los signos eran absolutamente falsas. El 25% son “verdaderos, pero”, por ejemplo: “Aumentó el dinero en educación”, sí es real, pero bajó si le restás la inflación. Es decir, una verdad a medias. Y solamente el 25%, una de cada cuatro afirmaciones, era verdaderas. La pregunta es si hay mentes podridas democráticamente que son capaces de incorporar todo el día mentiras en las redes. No, simplemente hay mentes políticas que son capaces de afirmar lo que acabo de decir: el 75% de las afirmaciones no existen, son presunciones. No es un fenómeno que solamente vivimos en Argentina, es internacional. Este estudio que estoy contando se hizo en las universidades de Princeton y Texas, con más de dos millones doscientos mil discursos analizados por inteligencia artificial a lo largo de décadas. Hay una tendencia internacional que, vuelvo a insistir, hace de la política algo mucho más sencillo y, en términos discursivos, algo más violento e intenso, una vidriera donde el punto de vista ideológico está siempre presente aun para quien niega la ideología. De hecho, la propia negación de la ideología, como dice Istvan Mészáros, es en sí misma una postura ideológica. Generalmente en nuestra región quien niega la ideología forma parte de un pensamiento conservador, de derecha, más bien culposo. Perú es muy interesante: en la última campaña electoral la gente intentó ubicar a los candidatos y, del uno al diez, en un mojón de nueve candidatos los ubicó del cuatro al seis a todos. Estaban todos peleándose por el centro.

En definitiva, el temor y la paranoia con las redes sociales es producto de políticos y periodistas.

Siempre hay intentos de manipulación, en cualquier medio. Recordarás los primeros estudios de los efectos del cine. Los Estados financiaban y prohibían películas, y se hablaba de la capacidad manipuladora y propagandística del cine. No te digo ya los efectos de la televisión. Cada aparición de un nuevo sistema de medios genera una percepción por un lado democratizante, horizontal, y al cabo del tiempo exactamente inversa, vertical. También pasa en las redes. Hay dos fenómenos muy característicos que empiezan a descubrirse y que se dan en las redes sociales. Uno es el fenómeno de jerarquización, y el otro es el de concentración. Son pocos actores los que jerarquizan y dan un encuadre particular a los temas. Son pocos actores los que concentran gran parte de los nodos en torno a los cuales se debate. Estoy hablando de proporciones menores al 5%, el resto son grandes espectadores. Es lo que pasa frente a la televisión. Esto explica que la ilusión democratizante no existe en términos digitales. Uno siente algo así como una percepción de eficacia, de que “puedo hablarle al presidente”, aunque el presidente no te está escuchando a vos, sino que escucha de forma anónima, igual que se escucha una encuesta, igual que un voto. Sin embargo, no es distinto a lo que hizo la televisión durante décadas, y que sigue haciendo; o a lo que hicieron durante décadas los medios gráficos, y que también siguen haciendo, es decir, tener líneas editoriales —yo le sacaría la palabra “editoriales” y las llamaría líneas ideológicas— muy explícitas, unas veces por convicción y otras simplemente por interés. Lo mismo pasa en las redes con mayor dispersión y desorganización, con multiplicidad de actores, que se aglutinan en torno a polos, que forman parte de tribus. Cuando uno ve las representaciones visuales de los estudios digitales nunca ve actores aislados y dispersos sino nubes. Es el mismo posicionamiento que se da frente a los medios tradicionales.

La democratización digital es un mito, entonces.

Totalmente. Es una creencia que está más cerca de la percepción que de la realidad. O por lo menos hasta que pudieron empezar a verse estudios que confirmasen esto. Inicialmente creo que existió esa ilusión democratizante.

La gente siente que puede participar.

Desde todo punto de vista. Pero la política en ese sentido es, si no sorda para oír, como mínimo incapaz para responder. Tuve la oportunidad de realizar el estudio Gobernauta para el BID, el estudio más grande que se ha hecho a nivel internacional en la relación ciudadano-gobierno, donde se estudiaron sesenta y un distritos de más de un millón de habitantes en toda América Latina, con más de un millón doscientas mil interacciones capturadas, y de cada una de las interacciones que el ciudadano tiene con los gobiernos en América Latina —sobre todo con los locales, que son los que debieran dar respuesta— solamente se responde el 10% de las interacciones. Es decir, nueve de cada diez interacciones no son respondidas. Esto genera un nivel de insatisfacción fenomenal. ¿Por qué pasa esto? Porque se usan las redes sociales básicamente del mismo modo en que se usaba la televisión, como propagación publicitaria. También unos dicen que hay mucha interacción insultante. Bueno, nos tomamos el trabajo de analizar las características de la interacción, y el 65% eran consultas.

O sea que tampoco.

Tampoco. También juega a favor de los gobiernos que muchas veces no hay capacidad. Los gobiernos fueron diseñados hace cuarenta años, y se mantienen con la misma esencia. Gran parte de la ampliación de los gobiernos a nivel mundial se da básicamente en las áreas de comunicación. Mientras más digital se vuelve un gobierno, más gente necesita. Necesita reconversión. ¿Está hoy todo el empleado público en capacidad de reconvertirse? No. El empleado público sigue trabajando con la dinámica de ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, pero de golpe las redes sociales funcionan veinticuatro horas, funcionan los feriados y los fines de semana, entonces este Estado no llega. No da respuestas en términos comunicacionales ni en términos de políticas públicas. El Latinobarómetro planteaba hace veinte años problemas como pobreza, corrupción y desempleo y, cuando uno mide, los problemas son esos mismos más inseguridad. Es decir, el Estado ya no puede responder, y también esa es gran parte de la insatisfacción de la democracia. Yo le llamo democracia estresada. El estrés tiene múltiples modos. Que el Estado no responda, que los partidos no representen, que un gobierno termine mucho peor de lo que entró es parte de un estrés democrático. Esta sensación de insatisfacción, que es un fenómeno latinoamericano muy potente, también afuera existe, en lo que se llama “euroescepticismo” en Europa, que tiene cosas tan brutales como que el 55% de los europeos cree que sus hijos van a vivir peor de lo que ellos viven. Una generación donde es probable que los hijos van a ganar menos que los padres. Hay un problema, y el estrés de la democracia tiene múltiples modos de ser entendido.

Este estrés democrático es el que produce el desengaño de los partidos e impulsa movimientos como por ejemplo el feminismo.

Así es. El movimentismo no tiene una identidad estable, para eso estaban los partidos políticos. El movimentismo emerge frente a demandas concretas, algunas veces de características político-electorales y otras veces no. Creo que el feminismo de “Ni una menos”, es un movimentismo ascendente, muy transversal. Ahora bien, para que ese movimiento se transforme en electoral necesita liderazgos, y estos liderazgos son hiperpersonalistas. Vuelvo a insistir: la constitución de una demanda concreta, de alguna manera representa que hay alguien que no está cumpliendo su deber. Imaginemos que pudiera ser el Estado. El feminismo es “el Estado no me protege, nos autoconvocamos”. El movimentismo puede tener expresiones como, por ejemplo, veinte vecinos de una cuadra protestan por algo en particular. El movimiento tiene que ver muchas veces con la tarea social que se realiza porque el Estado no llega, son articulaciones frente a carencias. No tiene forma ni escala. Hay movimientos muy chiquitos que se sostienen a lo largo de un tiempo en un barrio, y hay otros gigantes que transversalizan todo, como el de las mujeres, evidentemente. Hoy hay movimientos que tienen que ver por un lado con la radicalización total, como los contrarios a la ideología de género. A mi entender, es muy peligroso por su nivel de dogmatismo, pero no deja de ser un ejemplo de esta naturaleza.

Son como bengalas: suben, explotan y desaparecen. Salvo que se institucionalicen. En el movimiento estudiantil chileno hubo liderazgos que se institucionalizaron.

De alguna manera la institucionalización de ese movimiento tuvo que ver con la participación activa electoral de parte de esos líderes. Dos son diputados, otro es intendente de Valparaíso. Pero de alguna manera perdió la lógica de movimentismo, y no tuvo liderazgo único. Algunas demandas —no todas— llegaron a buen puerto con todo un debate en la reforma de la ley de educación. De alguna manera es un ejemplo híbrido, a mitad de camino. Por un lado se llegó a ciertas cosas y por otro se dio un desvanecimiento en función de la ausencia de liderazgos continuadores. Sirve, también, para demostrar la inestabilidad de los movimientos, a diferencia de la estabilidad de la representación que ofrecen los partidos políticos.

Hay pocos partidos que realmente sean instituciones fuertes en América Latina.

Hay pocos, y aunque existan no son lo que eran. Incluso se sienten amenazados por la hiperpersonalización. Pensemos en lo que era el Partido Colorado en Paraguay, u obviamente el peronismo en Argentina, el PRI en México y el APRA en Perú. Son partidos que han perdido la esencia original y muchos otros quedaron literalmente en la historia. Son partidos que han tenido líderes fuertes, sí, pero que han perdido toda condición de institucionalidad. Casi diría que se mantienen a través de una institucionalidad ad hoc, en un momento particularmente dado. Son capaces de definir candidaturas como sucede en Argentina, simplemente con la mejor candidata que tenían dando un paso al costado y diciendo “mi candidato es ese”. No el candidato de la gente, sino el de ella. Y fue, probablemente sea presidente. Esto es lo que llamo una institucionalidad ad hoc. O, por ejemplo, fenómenos como que los partidos se expresan identitariamente pero no siempre se institucionalizan a la vieja usanza. El peronismo en Argentina es una especie de cooperativa de muchos actores, donde es muy fácil decirse peronista, pero no se sabe, institucionalmente, a quién se representa. Hay distintos sellos partidarios que pueden proclamarse peronistas, o incluso puede haber cambios. En América Latina al romperse sus sistemas de partidos se da la consecuencia, muy significativa, de que no hay sanción al transfuguismo electoral. Como no hay estabilidad en los partidos, la gente va y viene en términos de la diligencia y no hay castigo. Yo puedo ser de un partido y ganar por el otro, o puedo ser de un partido y salirme y crear otro. Hoy el actual presidente de México es un tipo que era líder de un partido que no lo dejó ser, y creó un partido básicamente para pelearse con todo lo otro que existía, en una campaña antisistema partidaria. Esto sucede. A cada rato se van creando institucionalidades ad hoc, aun en los vestigios de los sistemas de partidos que quedan del siglo pasado.

¿Y eso es bueno para el sistema democrático o lo debilita?

Desde todo punto de vista le otorga dinámicas inusitadas. Probablemente derive en debilitamiento. También deriva en representaciones muy amplias y rápidas, pero, a juzgar por lo que vemos, relativamente cortoplacistas. Lo cierto es que muchas veces, por nostalgia, uno tiene la tentación de decir que algo es bueno o malo. Porque tiene un punto de comparación claro y fijo. A mí me gusta zafar de esa respuesta diciendo que ni es bueno ni es malo, sino que es. Es como responder si es buena la hiperpersonalización. Yo diría que es mala desde todo punto de vista, porque puja con una institucionalidad, pero lo cierto es que es un contenedor frente al desborde de la ausencia de representación, y por lo tanto muchas veces puede ser buena.

El fenómeno argentino del peronismo no es un partido, es una ideología.

Una doctrina.

Porque aparte es incomprensible. Y al grado a que se llega ahora. 54% tuvo Cristina, perdió y ahora vuelve. ¿Qué pasa con el pueblo argentino? ¿Es tan manipulable?

Da la sensación que había cierto agotamiento y parecía una derrota, pero la verdad es que no. Forma parte de una dimensión identitaria relativamente estable aun en sus modos. Sin embargo,creo que, como buena doctrina, no necesita de comprobaciones empíricas sino más bien de ciertos mojones históricos que habiliten hacia un lado y otro. Para mí la estabilidad del peronismo tiene que ver, básicamente, con la estabilidad del liderazgo dominante. Creo que eso resuelve su composición absolutamente heterogénea, tanto por izquierda como por derecha. El peronismo es tan progresista como conservador. O, si querés invertirlo, tan conservador como progresista. De acuerdo a sus actores, sus regiones o sus temas. Y por lo tanto, también, al ser esto, exige ciertas condiciones interesantes que en gran parte de estos partidos existe, que es no solamente cierta laxitud ideológica —y por lo tanto, insisto, es una doctrina más que un compendio ideológico de ideas, más allá de que en esta doctrina caben distintos posicionamientos— sino que exige ciertas dosis de pragmatismo conciliador de modo interno. Más allá de que el líder organice, necesita de un ejercicio más o menos conciliador desde el punto de vista interno, si no, un partido con semejante nivel de transversalidad ideológica no podría funcionar.

Y en la doctrina está el manejo del poder de una manera muy interesante.

La doctrina implica estilo, básicamente. El manejo de poder es estilo, desde todo punto de vista. La doctrina, de alguna manera, son prácticas acumuladas y sostenidas en el tiempo que se toman como verdades sin serlo.

Y una estructura que responde desde todo punto de vista, sindical, económico. Hay un montón de elementos que pesan.

Sí, porque la transversalidad del peronismo no es tan solo partidaria sino que permea gran parte de los sectores de poder argentinos. Los sindicatos son claramente uno de ellos, pero no son el único. Hay una serie de asociaciones, como la Iglesia, como cámaras empresariales. A lo largo del tiempo el poder se ramifica y no es tan fácilmente delimitable. Hay una dispersión. En algún momento uno se hace más fuerte que otro, pero hay una dispersión.

Según Mujica, el peronismo nunca ha dejado gobernar a otros partidos.

Eso es relativo.

Todo lo de Mujica es relativo.

Mujica de alguna manera es un pensador doctrinario, cuya doctrina más importante es la de él, y lo digo con el mejor de los respetos. Su propia experiencia de vida es la fuente de su pensamiento. Y eso está muy bien, pero no necesariamente implica comprobación empírica de gran parte de las cosas, que gran parte de las veces son verosímiles antes que verdaderas. Más allá de esto, creo que es lo que define la doctrina del pensamiento académico, básicamente sostenido en teoría con comprobación empírica. Es interesante saber que si hay un problema que no tuvo Mauricio Macri en Argentina fue la gobernabilidad. Tuvo básicamente todas las leyes que quiso, y con apoyo de la oposición en casi todas las leyes, pactos y acuerdos que quiso. Aun lo que no se quiso, lo obtuvo por decreto. Que Macri haya tenido un problema de gobernabilidad, lo que históricamente gran parte del sector conservador o de partidos como el radicalismo siempre achacaron al peronismo, no creo que sea una realidad, al menos en esta circunstancia. Es más, creo que, en su momento, tras el resultado de la elección, tenía todo el mérito para haberse adelantado un final de mandato adelantado o transición forzada desde el punto de vista institucional, y creo que fue el peronismo el que no quiso, aun cuando existían condiciones, sobre todo por el deterioro económico, el riesgo social y la inestabilidad política que generaba la presidencia de Macri, y sigue generando al día de hoy antes de terminar.

¿Hay transición positiva? Es casi seguro que gana Fernández. ¿Cómo evoluciona el tema en tu visión?

Creo que hubo etapas. Hubo una etapa inicial de negación de Mauricio Macri y de profundización de su estrategia electoral fallida, muy dañina, sobre todo desde el punto de vista económico, de la pérdida de su poder. Hoy aproximadamente entre el 75 y el 80% de la sociedad argentina, incluso en base a encuestas de esta semana, cree que el presidente no está en control de la situación política y económica del país. Hay, por lo tanto, una merma de autoridad y una ausencia de credibilidad ante sus medidas. Me parece que el cambio de ministro de Economía simplemente ha dado una especie de certeza de cómo llegar al final del mandato. Certeza también puesta en duda, porque está teniendo un costo de miles de millones de dólares que se pierden por semana para mantener más o menos estable la economía del país. Me parece que lo que se está gestando es una especie de transición de facto, en donde ya hay un líder no electo que tiene que pasar formalmente por una elección, que está hablando con gran parte de líderes a nivel internacional, con bastante mesura, y que ha empezado a hablar con actores económicos y sociales de Argentina, sindicatos y cámaras empresarias. Hoy en Argentina se está hablando de una especie de pacto social de precios para los primeros seis meses. Quieras o no, el establishment y la mayoría de la sociedad ya han tomado a Alberto Fernández como el presidente electo, que luego tendrá que ser ratificado, o no, en la elección general del 27 de octubre. Los números pareciera ser que no solo confirman el resultado de las primarias, sino que ensanchan la brecha entre el primero y el segundo. Esto claramente representa una trayectoria de transición que, aunque negada por parte del oficialismo, se empieza a dar en los hechos. Tan es así que algunas declaraciones del presidente electo en primarias, Alberto Fernández, generaron algún movimiento de intranquilidad. Y fue tan potente su poder de encuadre que pudo, incluso, hacer retroceder la postura oficialista que era seguir en campaña de manera alocada y agresiva, haciéndolo retroceder a ser más presidente que candidato. Ordenó la cancha, a pesar de que hubo críticas por eso, y ese ordenamiento tiene que ver con la expresión que generalmente Alberto Fernández le hacía al presidente: “Hágase cargo, usted es el presidente”. Y que el presidente, ante esta inestabilidad política e institucional que todavía, por suerte, no se derivó a escala violenta en una inestabilidad social —aunque hay indicios de ciertos movimientos sociales que empieza a activarse— deba renunciar en gran parte a la actividad electoral y deba preocuparse por dar señales de cierto orden para tratar de salir de la crisis de cara al 27 de octubre.

¿Seguís el proceso político uruguayo? ¿Cómo lo ves?

Estoy siguiendo algo. Creo que por la estabilidad del sistema de partidos Uruguay es el único país de América Latina que…

Tuvimos alguna sorpresita.

Pero que fue más explosiva que real desde el punto de vista electoral, porque a ciencia cierta una de esas sorpresitas no debe haber andado más allá del 5% en términos de votos. Semejante inversión para eso es algo que podría pasar en cualquier país, y mucho más en un país que está acostumbrado a cierta estabilidad. Muchas veces Uruguay se mueve en la zona de los grises y no en la de los extremos. Y que de golpe venga alguien a plantear una campaña casi que de ritmo caribeño hizo que tuviera alta visibilidad pero no necesariamente alta cantidad de votos. Y no porque 5% sea una cantidad menor ni despreciable, sino porque la relación inversión-beneficio no ha sido del todo impactante. Uruguay todavía tiene la particularidad de ser el sistema más estable de partidos de toda América Latina, y esto generó, seguramente, una discusión muy tardía: es el país que más tarde llega al debate sobre cambiar o no un partido que ya lleva quince años. Creo que ese es el gran debate, si rompe con la inercia y tranquilidad de un partido y se anima a algo. Hoy daría la sensación de que la elección es sumamente competitiva, cosa que no había sucedido en las anteriores. Hay serias dudas del resultado en segunda vuelta a pesar de que es bastante claro que el Frente Amplio va a ganar la primaria. Eso es una novedad que, insisto, toda América Latina debatió hace rato. De hecho, casi todos los países vivieron ya un ciclo electoral en donde este debate se dio. Aquí llega muy tardíamente. Así es, salvo, en todo caso, en Bolivia, que tiene características particulares y difícilmente comparables con lo que sucede aquí.

¿Cuánto pesa el tema de los medios en la política?

Condicionan, existen, son parte del contexto, son actores políticos, pero no son determinantes. La pretensión mediática es serlo, pero son mucho más determinantes en el condicionamiento del ejercicio del gobierno que en el resultado electoral. Si yo fuera jugador compulsivo, que no lo soy, no le haría caso a las apuestas de los medios, que a lo largo y ancho de América Latina han sido grandes perdedores desde el punto de vista electoral. Las últimas grandes apuestas perdedoras de los medios han sido en Brasil y México, los dos grandotes, y la de Argentina, donde los medios han sido los grandes perdedores del sistema político, aunque no todos, por supuesto. Lo mismo en Perú, donde toda la vida se apostó al que salió segundo. En general en América Latina suele pasar eso. Son condicionantes, existen como voz política, pero no son determinantes. Si lo son, parcialmente, lo son mucho más en un condicionamiento a largo plazo en el ejercicio del gobierno. Es decir, un núcleo de medios durante cuatro, cinco o seis años, dependiendo del ciclo de gobierno de cada país, tiene una capacidad de daño. Pero, insisto, en el marco de un proceso electoral son mucho menos creíbles y muchísimo menos determinantes de lo que generalmente los sistemas de medios creen.

Me estás rompiendo un montón de esquemas de creencias populares, como que las redes sociales y los medios no influyen tanto. ¿Estamos todos predeterminados con los conceptos y creencias que tenemos, y no nos cambian? ¿Nada nos cambia?

Si cambia, cambia poco y no es tan exagerado como se cree. Gran parte de mis conferencias las denomino: “Vamos a pelearnos con los mitos”, y son mitos establecidos. El mito tiene una particularidad: parte de una dimensión de verdad, pero luego exagera y toma vida propia independiente, y esa exageración significa la deformación del mito. Generalmente en este tipo de creencias estamos más cerca del momento de la deformación que de la formación del mito. Y está lleno de estos mitos populares. Cito uno, chiquito, que he trabajado. Ustedes en breve van a vivir el debate del peso de los debates. Todas las elites democráticas aman, celebran, potencian los debates, y pareciera ser que el mundo se paraliza ante un debate, pero lo cierto es que el debate forma parte de una de las cinco categorías de la comunicación negativa, denominada comparación explícita.

¿Qué significa esto?

Básicamente yo voy a decirle a la gente por qué no votar por vos, porque sos muy malo, y por qué sí votar por mí, porque soy muy bueno. Y sin embargo, si le preguntás a la gente si apoya la comunicación negativa en campaña, te va a decir que no, que eso es mala palabra. Nuevamente mitos populares. Y ni hablar de los efectos de los debates, que son mucho menores de lo que uno cree. Generalmente el efecto tiene que ver con ir o no ir y no tanto con el aparecer y hablar. Los niveles de información del debate no son mayores que lo que aporta el ejercicio publicitario previo. Están mucho más sostenidos sobre la descalificación o sobre latiguillos simplificadores del discurso que sobre la calidad argumental. Es un mito popular que los debates sean buenos a todos efectos, o que sean una construcción democrática que nos hace mejores países. La realidad es que no. ¿Deben existir los debates? Desde mi punto de vista sí, pero no hay que mitificarlos. ¿Son del todo buenos? No.

¿Las campañas políticas negativas sirven?

Sí, tratando de diferenciar semánticamente qué significa negativo respecto de sucio. Hay una diferencia, y muchas veces se confunde. Lo negativo es, básicamente, cuando uno trabaja sobre elementos racionales o empíricamente verificables, y lo sucio es cuando directamente invento y ficciono para denigrar al adversario. Lo segundo obviamente me parece atroz. Lamentablemente hoy se da en las redes sociales, aunque también se daba sin redes. Y lo primero forma parte del contexto. Hay una serie de estudios en el mundo de la teoría política respecto a cuánto inciden las campañas negativas. Donde hay sistema de voto opcional, muchas veces el exceso de negatividad hace que la gente no vote. Donde hay sistema de voto obligatorio, que son la mayoría de los países en América Latina, salvo tres, se produce el efecto totalmente contrario: la gente va a votar “en contra de”. Activa el voto, o genera la potencialidad de que la gente vaya a votar. Sin embargo, independientemente de la activación del voto o no voto hay un fenómeno sumamente interesante y es que las campañas electorales negativas, que implican el contraste entre vos y yo, promueven la deliberación sobre temas que, de otro modo, no serían discutidos públicamente. Es decir, hay una contribución deliberativa al debate público sobre temas que seguramente serían silenciados. Vamos a imaginar que los dos hacemos una campaña en modo Walt Disney: yo digo que soy fantástico y ofrezco castillos iluminados, y vos también, y probablemente los dos estemos mintiendo, porque ninguno de los dos es tan perfecto, y porque estamos ocultando o minimizando temas de la agenda pública que, evidentemente, sería muy rico que fueran debatidos. Por lo tanto, la comunicación negativa técnicamente destapa temas que de otro modo uno querría tapar o clausurar en el debate público. Es una entrada de polémicas a la agenda pública, buenas y necesarias a mi entender. ¿Cuál es el problema, muchas veces asociado a un cambio de época? Cuando uno en el siglo pasado estudiaba literatura o investigaciones acerca de campañas negativas, veía que gran parte de la negatividad se daba preferentemente por el efecto de políticas públicas, mientras que hoy gran parte de esa adversariedad, de ese contraste negativo, se da básicamente por atributos personales. “Vos sos rubio y yo soy negro, vos sos gordo y yo soy flaco, yo soy tal cosa y vos tal otra”. Es decir, así como las políticas públicas ya no son parte dominante del debate —y no sé si alguna vez lo fueron de modo tan intenso como uno cree, pero vamos a imaginar que sí—, hoy el debate está mucho más en torno a capacidades y estilos personales antes que en políticas públicas. Quizás esto sea lo malo: que mucha negatividad sea una negatividad más bien estética o de estilo antes que de políticas y efectos de políticas.

¿Las campañas de publicidad gubernamental ayudan en lo electoral?

Sí, claro, si digo que gran parte de la tendencia se construye antes que la campaña inicie entonces evidentemente el oficialismo tiene muchas más chances de ganar. Esto se llama “efecto cancha inclinada”. Y claramente sí. Ahora bien, que ayude, colabore y contribuya a la legitimidad y, cuando se puede, a lo que llamo mito de gobierno —esa construcción del rumbo general y sostenido de las políticas o proyectos de un gobierno— no significa que tape una realidad adversa. Es más, hay gobiernos que, por más que hagan muchísima publicidad, no logran construir un mito de gobierno. El ejemplo más reciente es Macri, que nunca logró construir un relato, que básicamente se centró en la diferencia con el pasado, en un futuro totalmente abstracto de un país seudopotencia insertado al mundo, ofreciendo un cambio cultural que nadie sabía a dónde iba, de lógica meritocrática aspiracional, con un presente ausente, porque no había nada para mostrar.

 ¿Hay un exceso de subjetividad y no había nada para mostrar?

No, y te voy a dar el resultado de una encuesta hecha hace seis meses: ante una pregunta sin sesgo, específica, aséptica —“¿Cual considera usted que fue la mejor política pública del gobierno de Mauricio Macri?”— hubo un 50% de “no sabe, no contesta”, y un 20% de “nada”. El 70% de los argentinos no pudo decir absolutamente nada bueno de un gobierno que ya llevaba tres años. Y había ejercicio comunicacional del gobierno. Me toca viajar mucho, y el gobierno de Macri era una especie de leading case: todo el mundo quería copiar el nuevo modelo tecnológico, la nueva NASA que representaba la comunicación digital de Mauricio Macri y su estética descontracturada, de alegría e hiperoptimismo, y así lo decía Pichetto, su candidato a vicepresidente. Evidentemente todo eso fue un fracaso desde el punto de vista político, y, por ende, por lo que decía al principio, también comunicacional. Casi diría que, en términos comunicacionales, más que como fracaso lo sitúo como mala praxis: la no diferenciación del estilo electoral con el estilo gubernamental y con el estilo de crisis. Creo que electoralmente las cosas le funcionaban, y mantuvo esa inercia de generación de expectativa de modo constante en el gobierno, sin poder aportar a la construcción de su propia legitimidad. Y ni hablar con la consecución, con inercias electorales en situaciones de crisis, que implica, ni más ni menos, que el agravamiento de las crisis vía negación. Generalmente las crisis representan una oportunidad para que la comunicación se convierta en una especie de gran paréntesis en donde el gobierno se dedique a cerrar la crisis. Este gobierno se olvidó de los paréntesis y mantenía un corte prácticamente electoral, sin mermar las expectativas. En plena crisis decía que “Argentina sale, será la mejor del mundo”, que aquello era una especie de tránsito bíblico de sacrificio. La realidad es que, insisto, hicieron cualquier cosa menos diferenciar lo electoral, lo gubernamental y la crisis, y por eso podría definirse como una especie de mala praxis comunicacional.

Se confunde mucho la comunicación gubernamental con la electoral.

Desde todo punto de vista, y por muchas razones. Primero porque las academias no enseñaban comunicación de gobierno. Somos muy pocos, y me incluyo, los que hemos teorizado en comunicación de gobierno, y por lo tanto no hay una expertise transmisible de un formato electoral. Además, uno gana por un formato y cree que puede mantener ese formato por inercia, cuando la realidad es que son dos procesos absolutamente diferentes. La campaña electoral es un proceso finito, cortoplacista, mientras que la comunicación gubernamental es un proceso largoplacista y mucho más centrado en la idea de legitimidad que de publicidad.

Las campañas son procesos cortos y finitos, y sin embargo…

Y publicitarios.

Y publicitarios. Y sin embargo muchos dicen que la campaña empieza el último día de la elección.

Ese es un concepto un tanto preocupante, que generalmente en algún momento toda una línea de pensamiento anglosajona dejó trascender a través de un formato que se llamaba “campaña permanente”, y que tenía una lógica bastante peligrosa desde el punto de vista democrático, que es que hay que actuar como si todos los días se votase, construyendo mayorías cotidianas. De hecho, tras la pelea de dos de los laderos de Bill Clinton, por un lado Dick Morris, como consultor, y por otro John Stephanopoulos, como director de comunicación, Stephanopoulos escribió sus memorias y llama “Sr. 60%” a Morris, que recomendaba a Clinton posicionarse sobre todo lo que estuviera por encima del 60%. Y este es un absurdo, porque desconoce uno de los elementos más significativos y potentes de la comunicación política, que se llama construccionismo: la capacidad de construir legitimidades en torno a problemas en el largo plazo, aun partiendo de posiciones adversas. Si uno en Uruguay hubiera dicho si era posible aprobar la ley de legalización de marihuana, lo habría creído imposible. Hubo un proceso de aportación y construcción de legitimidad, como en gran parte de los procesos que se van dando y que toman temas álgidos en la sociedad. Si uno fuese un cultor excluyente de la campaña permanente entonces lo único que haría sería surfear sobre la ola dominante y por lo tanto sería un conservador extremo, porque no tocaría nada que haga ruido. Corresponde necesariamente, tanto por izquierda como por derecha, a gran parte de las transformaciones que la política logre.

¿Siguen existiendo las categorías de izquierda y derecha?

Sí, desde todo punto de vista. Más vigentes que nunca. Hace mucho tiempo, por un capricho personal, y con un equipo de veinte personas, en dos años escribí un libro que se llama ¡Ey, las ideologías existen!, donde pude determinar, analizando treinta y ocho campañas presidenciales en América Latina, porcentajes muy potentes de la existencia de la ideología en discurso político. Lo voy a poner en números. Muchas veces el número es hastiante, pero necesario: dos terceras partes de la discursividad electoral es de corte ideológico. Y por lo tanto hoy lo que existe como izquierda y derecha está muy próximo a lo que definía en su momento Norberto Bobbio acerca de qué es la izquierda y qué es la derecha. La izquierda es un grupo que cree que las desigualdades son básicamente sociales y que por lo tanto, si uno nace en condiciones de adversidad social, es como producto de un orden social dado y no por ningún orden natural, y por lo tanto toda política de izquierda debiera propender a limar las diferencias entre desiguales. La derecha es un espacio que cree que hay desigualdades de características naturales motivadas preferentemente por dos palabras que ordenan el sistema social y político: tradición y herencia, y por ellas se mantienen las desigualdades.

¿Qué dice Bobbio?

Que esta izquierda no es tan perfecta, porque cada revolución genera nueva opresión, es decir, nuevas oligarquías. Y que esta derecha no es que sea insensible, porque también produce, si no redistribución del ingreso, al menos compensaciones subsidiarias que hacen más o menos posible mantener ciertas dignidades frente a las diferencias. Ahora bien, ¿cuál es el problema? Que entre izquierda y derecha —y esta es gran parte de las discusiones— hay un montón de líneas híbridas que atraviesan y van generando posicionamientos muy novedosos, muy sui generis. Entre izquierda y derecha hay palabras como “nacionalismo”, “religión”, “postura étnica”, “movimientos”, que atraviesan y generan doctrinas. ¿Cómo, de golpe, un líder marxista puede ser evangélico, como en Nicaragua? ¿Cómo, de golpe, un líder indigenista puede ser nacionalista militarista, como el hermano de Ollanta Humala, que está generando un espacio de esa naturaleza en Perú? ¿Cómo la Iglesia, que es de derecha, de golpe tiene apoyos en la izquierda? Son parte de los híbridos. Aun con sus matices, las posturas ideológicas de izquierda y derecha están atravesadas y van generando posturas sui generis que, generalmente, antes eran expresiones de partidos y grupos de pensamiento de más de una persona, mientras que hoy, muchas veces, son articulaciones novedosas, híbridas y sui generis en torno a una persona. Esta es la novedad, que muchas veces hace que uno diga que las ideologías no existen más. Sí, existen, solo que de golpe hay alguien que las modela circunstancial y contextualmente en beneficio propio, por convicción o por picardía electoral. Pero sucede.

¿Cuál es el fenómeno político más llamativo que ocurre en este momento en América Latina?

La desigualdad. La violencia y la ineficacia en torno a la violencia. Y la ausencia de representación estable.

¿Sos optimista con respecto al futuro cercano?

Me gusta ser realista. (Risas).

Entendí la respuesta. Sí, está complicado.

Muy complicado, incluso con procesos sociales muy novedosos. Particularmente el hecho lamentable derivado de la migración venezolana que está generando crisoles increíbles desde el punto de vista de las mixturas sociales que esto va produciendo, pero por otro lado las radicalizaciones ideológicas que también se van derivando. O el auge de las religiones que empiezan a tener un formato electoral. Está difícil. O el auge del narcotráfico financiado sectores de la política. La verdad es que no está bueno.

El futuro se avizora difícil. Y en Europa, que era una cuna de democracia, hoy ves peligrar varias cosas.

Totalmente. Me encanta esta expresión que ya cité antes, “democracias iliberales”, democracias que tienen una institucionalidad acomodaticia en torno a líderes, lo que muchas veces las orienta como expresiones de corte autoritario. Lo cierto es que hay que ponerse a pensar en que las sociedades, aunque me duela, muchas veces prefieren eficacia con autoritarismo a democracia ineficaz.

Lo está marcando el Latinobarómetro.

Cada día baja la percepción de la democracia en la región, y especialmente en el segmento de los jóvenes.

En el caso nuestro, los militares tienen mucha más aceptación que los políticos. Se dan esas cosas. ¿Los jóvenes se están alejando de la política, lo ven como algo ajeno? ¿O lo ven de otra manera?

Los jóvenes no abrazan instancias de representación estable, sino que más bien tienen posicionamiento en torno a causas. Están muy preocupados por el devenir político, pero muchas veces muy descontextualizados. Es decir, casi siempre hacen un recorte del presente y del contexto, de una manera muy interesada y particular. Hay veces que por líos internacionales se presentan causas ambientales que muchas veces transversalizan causas locales, que a veces no tienen del todo que ver con esa demanda, o a veces se indignan por algo, pero carentes de contexto. Son grandes defensores de una causa, pero que agarran puntualmente sin entender el contexto en donde esa causa funciona. Eso no los hace ni más ni menos desinteresados, los hace distintos. Tienen una especie de activación o desactivación en función de la época, o en función de los problemas en un contexto determinado. Y también esto hace que puedan mutar ideológicamente hacia un lado u otro.

Antes uno tenía una visión ideológica global.

Que te orientaba en todo. Era una brújula o una Wikipedia hoy. Te daba soluciones bastante parecidas al todo, una vez que tenías un marco ideológico tenías respuesta a todo. Hoy tenés los marcos ideológicos con menos respuesta a todo y en el caso de los jóvenes con mucha dispersión para moverse. Es como que te falla la brújula muchas veces.

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Alfredo Garcia Nació en Montevideo el 9 de agosto de 1954. Es Licenciado en Historia por la Universidad de Estocolmo, Suecia; que fue su lugar de residencia entre 1975 y 1983. Hizo un postgrado en Marketing y realizó los cursos del Master de Marketing en la Universidad Católica de Montevideo. Trabajó durante veinte años en la industria farmacéutica en el área privada. Su labor como periodista comenzó en los semanarios Opinar y Opción a principios de los ochenta. Participó en 1984 en el periódico Cinco Días clausurado por la dictadura. Miembro del grupo fundador del diario La Hora, integró luego el staff de los semanarios Las Bases y Mate Amargo. Escribió también en las revistas Mediomundo y Latitud 3035. Es el impulsor y Redactor Responsable del Semanario Voces. Publicó el libro Voces junto con Jorge Lauro en el año 2006 y el libro PEPE Coloquios en el año 2009, ambos editados por Fin de Siglo.