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Martínez y Lacalle: No apto para mayores por Hoenir Sarthou

Martínez y Lacalle: No apto para mayores por Hoenir Sarthou
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En algún pasaje de “Cien años de soledad”, García Márquez le hace decir a su personaje José Arcadio Buendía, que supuestamente estaba loco y por eso lo mantenían atado a un castaño del patio, algo así (cito de memoria) como que no jugaba al ajedrez porque no tenía sentido una batalla en la que los adversarios estaban de acuerdo en las reglas.

La cita me vino a la memoria al ver el martes el debate entre Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou.

Estamos acostumbrados a que nuestros principales dirigentes y candidatos políticos discutan fruslerías, a que se acusen mutuamente de incapacidad o de corrupción, a que desmientan largamente los agravios e insultos que se prodigan, a que disputen por bancas, por votos, por espacios publicitarios, por candidaturas, por conductas personales, por dimes y diretes. A lo que no estamos acostumbrados es a ver a dos de los principales candidatos presidenciales discutir frente a frente.

Esperamos veinticinco años, un cuarto de siglo, para ver lo que vimos el martes por la noche. ¿Y qué vimos?

Esencialmente, a dos individuos que parecen estar de acuerdo en casi todo, con excepción de en quién debe ser el presidente.

Es cierto que la estructura del programa y la expectativa con que se lo rodeó no ayudaron mucho. Un rígido esquema temático, turnos y tiempos de exposición estrictamente pautados, los sucesivos presentadores, visiblemente orgullosos de participar en el acontecimiento pero limitados a anunciar los temas y los turnos, la ausencia de interrogadores  externos que condujeran el debate hacia rumbos más inquisitivos, y hasta la disposición física de los debatientes, parados ante un atril, de frente a las cámaras, maquillados, peinados y uniformados como para retrato presidencial, todo contribuyó a sacarle frescura al encuentro, a convertirlo en una tensa presentación de discursos satinados y medidos con la finalidad no tanto de ganar votos como de no perderlos.

Lo más llamativo –reitero- fue la fraternidad de ideas, no la personal, de los candidatos. Sus coincidencias fueron evidentes: Martínez señaló a UPM2 como una promesa de desarrollo y trabajo; Lacalle Pou no opuso reparos. Lacalle insistió en la necesidad de pedir la cédula a las personas en la calle para controlarlas; Martinez le contestó que se pide identificación a miles de personas por mes (los dos podrían haber entonado a coro un himno titulado  “La seguridad es asunto policial”). Lacalle anunció a Eduy21 como inspiración de su programa educativo; Martínez no lo cuestionó. Martinez se jactó de las políticas sociales de los últimos gobiernos; Lacalle aseguró que no las interrumpiría. Y así sucesivamente.

Con todo, lo más sorprendente –si uno todavía pudiera sorprenderse- no es la ausencia de discrepancias sobre las políticas a seguir, sino la coincidencia en el diagnóstico, en  los orígenes (significativamente, la palabra “génesis” fue reiteradamente mencionada por los debatientes) de los problemas a enfrentar.

Uno podría esperar que, dados los partidos y las tradiciones históricas que representan, los candidatos tuvieran serias discrepancias en la apreciación del sistema económico imperante, en la dependencia económica y política que nos afecta,  en las causas de los problemas sociales que vivimos, en el origen del endeudamiento, de la pobreza, de la exclusión social, de la marginalidad, de la crisis educativa, y de la inseguridad que soportamos.

Sin embargo, nada. Cero análisis de la situación internacional del País, ninguna referencia al sistema económico global, nada sobre la expansión de compañías multinacionales en nuestro territorio, nuestra economía y nuestra legislación, nada sobre el papel y las exigencia de la ONU, del Banco Mundial, del BID, etc., ninguna conexión entre esos factores y la crisis social y educativa, y ninguna tampoco entre la crisis socio educativa  y la inseguridad pública.

Así las cosas, todos los asuntos se vuelven exclusivamente un problema de gestión. Para Lacalle y su equipo, si tenemos déficit fiscal y estamos endeudados no es porque dependamos de inversiones transnacionales, o porque nos digan desde afuera cómo debemos legislar y gobernarnos. Si  tenemos cerca de un 70% de deserción educativa, si nuestra sociedad se fragmenta más cada día y vivimos en creciente violencia e inseguridad, todo ello se debe pura y exclusivamente a que el Frente Amplio es mal administrador. Y todos los problemas se corregirían con una gestión más prolija y eficiente del Partido Nacional.

Para Martínez y el Frente Amplio, la cosa no es menos sencilla: la mayor parte de los problemas estructurales tampoco existe, y los problemas sociales más concretos son apenas “manija” de la oposición o de la prensa y mala memoria del resto de la población. El mejor argumento son las estadísticas oficiales y recordar cuán mal se vivió en 2002. Con eso basta para alegrarse y pensar que, aunque la deuda pública, el déficit y la dependencia sean cada vez mayores, siempre se podrá seguir pidiendo prestado y desvistiendo a un santo para vestir a otro.

En suma, presenciamos un debate encantador. Los dos candidatos jugaron alegremente a posturlarse para príncipes de una isla encantada y, redundantemente, aislada de la realidad. Uno de esos relatos en que las brujas nacen malas y los príncipes (y las princesas)  buenos, por definición.

Cabe preguntarse si habrá que esperar otros veinticinco años para presenciar por fin un debate apto para adultos.

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