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A matar o morir por Luis Nieto

A matar o morir por Luis Nieto
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El régimen chavista tiene su origen en el intento de golpe de Estado contra el Presidente Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992. Fracasado el alzamiento que encabezaron varios tenientes coroneles, fueron detenidos, procesados, pero dos años más tarde se beneficiaron de la amnistía que firmó el nuevo Presidente, el socialcristiano Rafael Caldera. Del intento de ese golpe de Estado surge la figura de Hugo Chávez, que construye un discurso antisistema, al estilo del de la izquierda, pero en torno al poder militar. Esas Fuerzas Armadas, con una fuerte vinculación a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba fueron el sustento de Chávez y, luego, de su sucesor, Nicolás Maduro. El actual ministro de Defensa fue de la primera graduación de oficiales superiores egresados de la escuela del Estado Mayor de Cuba.

El ascenso de Chávez, como figura política, estuvo ligado a hechos de corrupción denunciados por él. El petróleo, principal fuente de ingreso de divisas, manejado por el Estado desde el 1º de enero de 1976, nacionalizado por Carlos Andrés Pérez, en su primera presidencia; también ha sido la principal fuente de enriquecimiento ilícito. Petróleo y poder político no sólo han hecho de Venezuela uno de los países más corruptos del mundo, sino, que, han acabado por desmantelar buena parte de sus instalaciones debido a la falta de reparación y actualización de sus complejos equipos. Hasta el porcentaje de participación en el mercado de Estados Unidos a través de CITGO está a punto de caer en manos de Rusia al no poder hacer frente al pago de la deuda que el gobierno chavista ha contraído con ese país. La situación no puede ser peor, por supuesto que mucho peor que cuando Chávez ganó sus primeras elecciones, el 6 de diciembre de 1998.

¿Dónde han ido a parar los 800 mil millones de dólares que se supone PDVSA ha facturado desde que el chavismo se hizo con el control de la empresa estatal? Hay algunos indicios. Es un tema bien protegido por la banca internacional, más por la salud del negocio en sí que por protección del origen del dinero. En vida de Chávez, y con Maduro como ministro de Relaciones Exteriores, los maletines de dólares que el gobierno trasladó en aviones de la petrolera estatal compraron muchas complicidades, aquí, en Uruguay también. No podemos saber cuál fue el alcance de la corrupción que Uruguay y Venezuela compartieron en los últimos 15 años. Tras el discurso solidario se fueron yendo los recursos del pueblo venezolano, sin que nos hayamos hecho muchas preguntas, y, mucho menos, que la izquierda uruguaya se haya cuestionado el régimen chavista, porque, simplemente, hablaba con el lenguaje que muchos querían escuchar.

El pasado domingo volvió a suceder. Una elección que se debió haber realizado en 2016, se hizo cuando Maduro quiso, y la oposición de la MUD entró por el aro, como el león del circo. Dijo que no confiaba en el Consejo Nacional Electoral, que es un apéndice del gobierno, pero creyó que esta vez sí, los votos inundarían las urnas, como para evitar cualquier maniobra por parte del régimen.

Hubo de todo. En primer lugar, el régimen de Maduro implementó una serie de maniobras, a la luz pública, consistentes en: rechazo de sustitutos en las listas oficiales de cada partido. La exigencia de la MUD tenía sentido. Los candidatos no habían tenido tiempo para presentar sus iniciativas ante la organización política y ante los electores, y la propia MUD debió organizar una propuesta electoral en muy escaso tiempo. No todos los candidatos presentados en primera instancia aceptaron de forma categórica. En segundo lugar, el CNE hizo una serie de cambios en los circuitos electorales, en los últimos días, a modo de ejemplo, un circuito de la escuela Brasil, de Pocitos, es trasladado al barrio Casavalle, con todos los prejuicios y realidades. Es posible que ese votante abandone la idea de ir a votar. Luego las mil peripecias durante la votación en sí. Motorizados con armas a la vista asaltaron a varias personas que hacían la cola, robándole pertenencias, celulares, documentos y eso ya fue suficiente para desestimular a quienes tenían que hacer una larga cola por una elección incierta. El gobierno jugaba a la abstención. Era más fácil quedarse en la casa que complicarse la vida. Pero, en contra de la tendencia abstencionista para las elecciones de gobernadores, en estas elecciones aumentó  11 puntos la presencia de votantes respecto a la media histórica.

La oposición denuncia que hubo fraude, y no hace falta encontrar la prueba, simplemente basta recordar el resultado de los últimos comicios y sondeos de opinión. El gobierno pierde apoyo de forma constante. No ha podido resolver los problemas de desabastecimiento ni el costo de la educación y la salud públicas. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo se hunde en la miseria. Eso es lo que ve la gente con mayor claridad. Lo dijo en la elección parlamentaria de dos años atrás, donde el voto popular le dio a la MUD la mayoría absoluta en el Parlamento.

No se ha podido constatar cómo se produjo el fraude, pero se repitió el mismo procedimiento de pocos meses atrás, cuando el gobierno frenó las protestas ciudadanas con una puesta en escena de unas conversaciones en República Dominicanas, y un plebiscito trucho que el gobierno “ganó” de forma abrumadora, con 8 millones de votos que no podía conseguir ni haciendo votar a los muertos. Se sabrá cómo se produjo el fraude, pero tal vez antes que eso importe reflexionar acerca de que Venezuela tiene frente a sí el peor escenario que se pudiera tener.

¿Quién ganó, entonces? Por el momento, Maduro, Trump, Cabello, El Aissami, y el cogollo duro del chavismo que puede alentar la esperanza de mantener la situación controlada.

¿Quién perdió, tras el resultado de la elección para gobernadores? Evidentemente, el chavismo se muestra incapaz de encauzar la  economía del país, hay escasez severa y prolongada de alimentos y, últimamente, hasta de gasolina. Esto último da la pauta de la dimensión del desastre. Perdió el pueblo venezolano, que tendrá que seguir soportando un gobierno que se aferra al poder, sin el menor pudor.

Por último perdió, también, la estrategia de la oposición, que confió, una vez más, en la dictadura que gobierna Venezuela, al aceptar unas elecciones que no tuvieron las más mínimas garantías. Cuatro meses de resistencia en las calles, que habían costado 133 vidas, en su mayoría de jóvenes, hubiesen aconsejado a la MUD no participar de estas elecciones, al menos sin haber impuesto ciertas condiciones. La oposición había conseguido apoyo internacional, había nombrado un nuevo Tribunal Superior de Justicia, ahora en el exilio, tenía frente a sí a un gobierno al que se le alejaban viejos amigos, un síntoma claro de la descomposición del chavismo.

No es momento de señalar los errores de la MUD, aunque haya sido, una vez más, ingenua en su creencia de que un posible diálogo con el gobierno la conduciría a una salida incruenta. Es el momento de señalar el final de un camino. A la oposición venezolana se le pusieron feas las cosas después de la derrota del domingo pasado. La bestia herida que tiene enfrente no sólo será insensible ante el pueblo hambreado sino, también muy peligrosa para la oposición, porque están cayendo, una tras otra, las apariencias que utilizó para ser tolerada en un mundo que va hacia otro lado, aunque, a veces, las apariencias engañen.