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MECÁNICA HUMANA Y ALMA REPLICANTE.

MECÁNICA HUMANA Y ALMA REPLICANTE.
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Blade Runner 2049 (Blade Runner 2049) USA/Gran Bretaña/Canadá 2017. Dirección: Denis Villeneuve. Libreto: Hampton Fancher y Michael Green inspirados en personajes de Philip Dick. Fotografía: Roger Deakins. Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch. Con: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Jared Leto, Dave Bautista, Mackenzie Davis, Hiam Abbass, Edward James Olmos. Estreno: 5 de octubre. Calificación: Muy buena.

Conviene comenzar advirtiendo al lector que para disfrutar de Blade Runner 2049 y comprender la totalidad de su abarcadora propuesta conceptual debería conocer el film original de 1982, o por lo menos saber en detalle su anécdota (ver recuadro). De esa manera advertirá que en los 30 años que pasaron desde el final de Blade Runner la ciudad de Los Ángeles cambió: ya no exhibe una atmósfera de policial retro con estética punk, sino que se asemeja más a una megalópolis futurista de tono pálido, como las que abundan en la buena literatura de ciencia ficción. La conexión viene en realidad por el lado del protagonista, K (Ryan Gosling), que al igual que el Deckard que componía Harrison Ford, es un Blade Runner cuya misión en la vida es “retirar” (o sea, eliminar) a los replicantes rebeldes que aún viven fuera de la ley. Pero a diferencia de Deckard, que era humano, K es un replicante que trabaja para una entidad gubernamental encargada de la depuración de androides, cuya jefa es la intensa Robin Wright. Del otro lado del tablero está la Corporación Wallace, presidida por un multimillonario megalómano y ciego (Jared Leto). Todo se complica debido a la existencia del hijo que tuvieron el humano Harrison Ford y la replicante Sean Young, lo cual enfrenta al Estado con la Corporación. El gobierno no quiere difundir la noticia, y ordena a K que encuentre y asesine al humanoide; la Corporación, en cambio, intenta apoderarse de esa novedad genética y envía a una temible asesina (Sylvia Hoeks) a rescatarlo y, de paso, eliminar a K y a su enamorada (Ana de Armas), que no es humana ni replicante sino una fémina de holograma.

Dicho así, todo parece muy difícil de entender. La primera cualidad del film, empero, es que todo lo que se ve está narrado con notable eficacia, sin que la maraña anecdótica resulte laberíntica ni deje cabos sueltos. Pero mejor aún es la pregunta fundamental que el film plantea mediante su tema (¿dónde o en qué radica la esencia de la humanidad?), y la enorme cantidad de interrogantes que de ella se desprenden: ¿Si la esencia ya no es el libre albedrío, será meramente la capacidad de nacer, desarrollarse y reproducirse? Pero cuando una mujer de holograma se enamora de un ser vivo (ya sea un humano o un androide), los pilares básicos de la existencia se trastocan sustancialmente, porque ¿dónde subyace entonces la esencia de lo real, y qué sería lo que distinguiría la realidad de una imagen? Similares interrogantes surgen ante la existencia de un humanoide que no estaba en los planes de nadie, porque entonces ¿qué es preferible: ocultar la verdad o el desmoronamiento del orden social que sobrevendrá si dicha realidad se revelase? Por eso la búsqueda de K es mucho más significativa que la de Deckard en el film inicial, porque no lo lleva a replantearse solamente su existencia y la del ser que lo ama, sino la de toda la humanidad, replicantes incluidos.

A esa vertiente metafísica el talentoso Denis Villeneuve suma otras inquietudes, ya que la realidad virtual se presenta como un sucedáneo del mundo tangible, mientras se utiliza la ingeniería genética en la producción de alimentos. Entre el 2019 de Blade Runner y el 2049 de esta segunda parte la sociedad cambió, y los códigos humanos y la tecnología transitan por vías diferentes, dejando en evidencia la brecha surgida entre la ética y la ciencia. Por eso la segunda gran virtud del film es la de volcar esas densidades conceptuales mediante un envase envolvente y accesible a todo público. La puesta en escena raya la perfección, porque cada fotograma es un lienzo estudiado al milímetro, en el cual el equilibrio es perfecto y las líneas que delimitan las superficies de las cosas generan una geometría caleidoscópica. Forma y contenido se dan la mano, comenzando por el plano inicial que enfoca desde el aire una serie de parcelas de cultivos artificiales dispuestas simétricamente: sin una sola línea de diálogo, y sólo mediante una imagen, queda resumido desde el arranque el dilema entre lo sintético y lo natural. Eso es cine.

Más que una secuela, Blade Runner 2049 es una reformulación del universo visual y la densidad metafísica de Blade Runner: respeta su esencia y a la vez construye una historia autónoma, en la que apenas sobra un insoportable discurso seudo-filosófico de Jared Leto. Una proeza en toda la regla, y un nuevo hito dentro del género.

REVISANDO “BLADE RUNNER” (1982).

En el 2019 presentado por Blade Runner de Ridley Scott la ciencia desarrolló a los replicantes, robots de apariencia humana empleados para labores peligrosas en colonias espaciales. Cuatro de esos seres artificiales que poseían emociones y falsos recuerdos se rebelaban contra la esclavitud que sufrían y se ocultaban en Los Ángeles, ciudad donde su presencia estaba prohibida. Para exterminarlos existía una nueva raza de policías, los Blade Runners. De ellos Deckard (Harrison Ford) es el mejor, por lo que se le ordena cazar y eliminar a los cuatro letales replicantes.

Blade Runner era serie negra en un decorado de ciencia ficción, y el espectador que revise la película antes de enfrentar Blade Runner 2049 reconocerá que el impermeable de anchas solapas que Ford utiliza es igual al de Humphrey Bogart, mientras el peinado y las hombreras de la heroína (Sean Young) recuerdan la moda de 1940. Por eso Blade Runner podía verse como una historia de detectives, en la que Ford recorría comisarías, mercados, hoteles y cabarets, perseguía vertiginosamente a una replicante por calles llenas de gente, y mantenía un par de combates mortales. Pero su cacería era paralela a la que llevaban a cabo los replicantes en pos de su creador, un genio de la electrónica a quien le exigían una prolongación de sus vidas, limitadas sólo a cuatro años.

Esa doble faceta ampliaba el alcance del film más allá de la mera aventura. Por un lado, Ford daba muestras de un creciente disgusto como ejecutor, ya que empezaba a entender a sus víctimas (a nadie le gusta saber exactamente el día en que va a morirse) y se terminaba enamorando de alguien a quien debería eliminar. A su vez, los replicantes mostraban características humanas: sufrían por falta de libertad, sentían miedo, amaban, se interrogaban sobre el futuro y el significado de la vida. Igual que en Frankenstein, en Blade Runner el ser artificial exhibía desasosiegos, inquietudes y sentimientos más humanos que los del héroe, generándose con eso una inteligentísima ambigüedad.

Parte de ella provenía de un cuento de Philip K. Dick, pero sin duda el responsable del notable resultado obtenido era Ridley Scott, que describía un universo pesadillesco y asfixiante con gran virtuosismo de cámara y un despliegue de efectos especiales siempre al servicio del asunto. Esa parafernalia técnica y la evocadora banda sonora de Vangelis se veían unidas por la mirada de Scott, preocupado en crear una atmósfera inquietante, con una ciudad enorme y devastadora recorrida por masas anónimas que deambulaban sin rumbo fijo, bajo la embestida de la lluvia permanente y los chirriantes letreros de neón. El resultado era muy original y talentoso, y marcó una cima en la carrera de Scott, junto a Alien y Thelma y Louise. Revisado 35 años después, sigue siendo brillante.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.