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Medio siglo de un film que cambió Holywood

Medio siglo de un film que cambió Holywood
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En los próximos días se cumplirán 50 años del estreno de Bonnie & Clyde de Arthur Penn, que junto a El graduado de Mike Nichols dio vuelta de campana las estructuras del quehacer cinematográfico en Hollywood. Sin embargo resulta imposible aquilatar la importancia de esta película sin entender cabalmente a Bonnie Parker y Clyde Barrow, mientras que la compleja realidad de esos personajes sólo puede captarse teniendo en cuenta cómo era el Sur americano en la época que les tocó vivir.

 

REALIDAD Y POLÉMICA. La gran depresión económica había generado profundos sentimientos de frustración en una enorme parte de la población, y  los delitos se habían incrementado a principios de la década de 1930. Clyde Barrow era el cuarto de ocho hijos de unos granjeros arruinados del sudeste de Dallas, y Bonnie Parker era la segunda de tres vástagos de un albañil analfabeto que vivía a los saltos. Cuando se conocieron (enero, 1930) Clyde ya había sido acusado por robo, y Bonnie era esposa de un criminal encarcelado. En marzo Clyde fue detenido y condenado a 14 años de prisión, aunque escapó con la ayuda de Bonnie, que introdujo armas en la celda. Meses más tarde fue arrestado en Ohio, pero en febrero de 1932 fue puesto en libertad condicional. Ambos desearon enmendarse, él trabajando en la construcción y ella como poeta y cantante, pero el 23 de abril asaltaron una estación de servicio y Clyde y un compinche mataron al dueño, pese a las protestas de Bonnie.

Desde entonces, en dos años signados por robos a bancos y asesinatos de Clyde (se le llegaron a imputar doce) la banda asoló el Sur del país, granjeándose el odio de las autoridades y la simpatía de los pobres, a quienes nunca asaltaron. A fines de 1932 el único objetivo de la policía era matarlos sin contemplación. Eso ocurrió el 23 de mayo de 1934 a las 9.15 de la mañana, en una solitaria ruta de Louisiana. Una patrulla de seis agentes comandados por el Ranger Frank Hamer, que odiaba a la pareja, permanecieron emboscados dos días detrás de unos árboles. La espera fructificó cuando el Ford V-8 conducido por Clyde apareció en el camino. Bonnie masticaba un sándwich mientras su compañero manejaba descalzo. Los policías dispararon a mansalva: el informe médico dictaminó que Bonnie Parker recibió 50 disparos y Clyde Barrow 24, mientras el Ford terminó presentando 167 orificios de bala.

Los historiadores insisten (y tienen razón) en que a Bonnie Parker jamás se le imputó asesinato alguno, mientras que los archivos del FBI no contienen una sola causa en su contra, pese a la enconada lucha anti gangsteril que por entonces llevaba a cabo el joven J. Edgar Hoover. Por lo tanto no cabe duda que por lo menos ella merecía la voz de alto. Además, para que el Ford V-8 aminorara la velocidad, la noche anterior Hamer y sus secuaces habían detenido al padre de un ex miembro de la banda. Lo llevaron al bosque, lo ataron a un árbol, dejaron el coche incautado bloqueando el paso y en pago de esos inconvenientes perdonaron a su hijo el asesinato de dos policías. Además hay que sumar el circo posterior en torno a los cadáveres, relatado en detalle por Ted Hinton Jr., uno de los integrantes de la patrulla de Hamer, que no estuvo de acuerdo con la manera en que se llevó a cabo el procedimiento.

Hinton Jr. declaró textualmente ante la prensa: “…Abrí la puerta del auto y vi a la muchacha en medio de la sangre, pero aún olía a perfume y su peinado no se había arruinado. Sobre el piso del Ford estaba la pistola con la que Bonnie intentó disparar, un mapa de carreteras de Louisiana y el sándwich a medio comer. También había municiones, elementos de camping, el saxo de Clyde, 500 dólares y varias patentes de autos falsificadas de Texas, Louisiana y Arkansas. De inmediato Hamer y sus hombres sustrajeron algunas armas, prendas íntimas de Bonnie y el saxo. Esos enseres nunca fueron entregados a los deudos pese a sus reclamos, y más tarde fueron vendidos como souvenirs. Los agentes que debían vigilar los cadáveres permitieron que los curiosos cortaran trozos del cabello y del vestido de Bonnie, fragmentos de cristal del coche y casquillos de bala. Uno de los hombres más jóvenes abrió su navaja e intentó cortar un dedo y una oreja de Clyde. Fue un circo espantoso”. Nadie pone en duda el carácter delincuente de la pareja ni la faceta asesina de Clyde, pero también es cierto que la falta de cargos en contra de Bonnie y la manera en que Hamer desarrolló la emboscada y permitió el circo posterior, terminaron por viciar al episodio hasta convertirlo en ilegal, ya que allí la venganza personal primó por encima del afán de justicia.

 

LA PELÍCULA. Hollywood rodó varias veces las andanzas de la mítica pareja, pero el mejor y más recordado film sigue siendo Bonnie & Clyde (1967). El libretista Robert Benton quería a Jean-Luc Godard como realizador, pero el productor Warren Beatty prefirió a Arthur Penn, que ya lo había dirigido en Así soy yo y en esa época pasaba por un gran período creativo (El temerario, Ana de los milagros, Jauría humana). Lo que Godard pudo haber hecho con esta historia quedará como fuente de especulación, pero Penn redondeó uno de los mejores títulos de su carrera. Tiene unidad de tono y estilo, con las que sabe integrar equilibradamente elementos tan riesgosos de combinar como el humor y la violencia. Tiene también personajes complejos y creíbles, un crecimiento sin desvíos de su relato, una evocación de la Gran Depresión que posee sus brillos, y un aura moderna palpable que lo convirtió en el iniciador de lo que dio en llamarse el “nuevo cine liberal” estadounidense. Aunque hay una cuota de protesta social en el asunto (perceptible en el episodio del granjero que ha perdido sus tierras y se solidariza con los asaltantes disparando contra el letrero de propiedad del banco que lo desalojó), el film no es un alegato sino una balada romántica, respaldada en el distanciamiento que produce la ambientación en época pasada, la juguetona música de banjo, la cualidad difuminada de la fotografía de Burnett Guffey, el glamour de Warren Beatty y Faye Dunaway (mucho más presentables que los modelos originales) y la labor de un notable cuarteto secundario: Gene Hackman, Estelle Parsons, Michael J. Pollard y Gene Wilder.

Hay fragmentos particularmente brillantes en Bonnie & Clyde: el primer atraco a un banco rural, teñido de inseguridades y novatadas; el reencuentro de Bonnie con su familia, en un picnic campestre que introduce un intermedio de lirismo muy apropiado en medio de la violencia de la historia; el clima de tensión que se desarrolla paulatina e inexorablemente en la media hora final, hasta desembocar en la prodigiosa escena final con la muerte en cámara lenta. Pero lo que a Penn fundamentalmente le importa es el compromiso con la historia que cuenta y los personajes que estudia. El resultado refleja una postura absolutamente crítica hacia la sociedad, y eso desemboca en tres rasgos visibles en Bonnie & Clyde: 1) la violencia nunca está enfocada como un componente deportivo o complaciente, sino como una necesidad conceptual; 2) es muy certero el estudio de la soledad, y marca las enormes diferencias entre el ciudadano medio y esos marginados perdedores; 3) la acción, ubicada en el pasado, no es evasiva ni decorativa, sino que ayuda a detectar síntomas de fenómenos aún presentes en los años 60: el odio al diferente, la rebeldía juvenil y la franqueza sexual. Penn continuaría su labor con un notable western desmitificador (Pequeño Gran Hombre) pero Bonnie & Clyde signó una época y marcó nuevos rumbos en Hollywood. Cinco décadas después, todas sus cualidades siguen intactas.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.