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Memorias del infierno

Memorias del infierno
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El marco narrativo de La bailarina de Maguncia, obra escrita y dirigida por Sandra Massera, es similar al de la película Antonia de Marleen Gorris. Tanto la Luce de Massera como la Antonia de Gorris se le aparecen al espectador en un presente ficcional de vejez, muy cercano a la muerte, y en ambos casos los personajes centrales hurgarán en sus recuerdos para traer al presente situaciones clave de su vida, que tienen un eje estructurante en la Segunda Guerra Mundial. Pero si de Antonia se ha dicho que es casi una historia de hadas feminista de La bailarina de Maguncia se podría afirmar que es casi un paseo, o varios, por el borde del infierno, aunque también con una impronta feminista.

Lucette Mangione, llamada Luce, nació en 1925 y se educó en el seno de una familia fascista. En 1944 su padre era Subsecretario de Aviación de la República de Salò, el estado títere que dirigían los nazis en el norte de Italia cerca del final de la guerra. Luce parece haberse sentido interpelada por los relatos de las atrocidades nazis, y decidió averiguar por ella misma la verdad, por lo que se escapó de su casa y fue como voluntaria a trabajar a las fábricas alemanas. Así llegó al conglomerado industrial IG Farben (en el que estaba la Bayer entre otras empresas) que fabricaba gas para los campos de exterminio utilizando trabajo esclavo. Luce descubrió la verdad que buscaba, organizó protestas y resistencias, y fue derivada al campo de concentración de Dachau. Sobre ese momento dirá luego: “En las 12 semanas que pasé en Dachau no dejó ni un segundo de asombrarme la increíble cantidad de padecimientos que el organismo humano puede soportar”.

Luce escapará y cerca del final de la guerra, en la ciudad de Maguncia, tendrá un accidente que la dejará en una silla de ruedas hasta su muerte en el año 2001. Antes, en 1979, puedo terminar Desviación, un libro que recoge sus memorias sobre los varios infiernos que le tocó frecuentar. Ese libro de memorias es parte fundamental de los insumos que Sandra Massera utiliza para escribir La bailarina de Maguncia y traernos la historia de una mujer poco conocida en nuestro país.

Massera parece respetar la estructura de “memorias” del libro, por lo que la historia aparece fragmentada a partir de los esfuerzos que realiza la protagonista por recuperar sus recuerdos. Esto obliga a Noelia Campo, la actriz que interpreta a Luce, a ir y venir entre la situación inicial de vejez en lucha con la memoria y la impetuosa juventud de una muchacha que con 19 años abandonó el confort aristocrático para que su propio cuerpo descubriera la realidad de la atrocidad nazi. Y justamente es el trabajo corporal de la actriz una de las claves de la capacidad del espectáculo para comunicar las vivencias del personaje. Ya al comienzo, cuando se representa un diálogo entre Luce y su madre, Campo opone a la posición erguida y los modales pretendidamente aristocráticos de la madre un cuerpo que se deja caer en la misma silla y que parece desdeñar los valores de supremacismo racial y cultural que se le ofrecen.

Massera desde siempre se destaca por el cuidado minucioso de los movimientos en el escenario de los actores y actrices con los que trabaja, movimientos casi esculpidos si vale la antítesis. El trabajo extremadamente detallado en las transiciones coreografiadas entre las escenas es una marca que vuelve a estar presente en La bailarina de Maguncia. No es un detalle menor el que la directora conociera a la actriz de haber pasado ambas por la Escuela de Acción Teatral Alambique, escuela en que el trabajo físico del actor era clave. Quizá eso facilitó la construcción de las escenas en que la actriz sigue una ruta trazada por la escenografía cargada de signos, como el vestuario, que van determinando nuevas fases en el descenso infernal de Luce. Cada nuevo vestuario marca el pasaje de la joven aventurera a la obrera, y de esta a la prisionera en un campo de concentración. La música, prácticamente descriptiva por momentos (como la que sirve para coreografiar los movimientos rutinarios de un obrero en la fábrica) termina de conformar esas transiciones cargadas de sentido, nunca gratuitas. De esta forma cada movimiento de la actriz, cada signo que se integra al vestuario o cada sonido es un componente más de una historia, eso sí, mucho más explícitamente política que la mayor parte de los trabajos que le conocemos a Massera. Y el carácter político no se agota en la denuncia de la barbarie nazi. Las peripecias de Luce luego de la guerra continuarán reafirmando la condición de mujer libre sobre otros totalitarismos que asomaron en su vida. La mujer esquivó el camino soviético a la vez que a un marido que la quiso como propiedad. Tuvo un hijo contra toda lógica y se convirtió en una intelectual reconocida. Al final, como se señala en el programa del espectáculo, pudo afirmar: “Al menos hay una cosa que no he sufrido (…) nunca me he comprado una buena conciencia social con las cuatro monedas de una etiqueta ideológica”.

Noelia Campo no es una actriz que se impone por su presencia en el escenario, pero sí por su gran capacidad técnica. Aquí justamente construye a Luce a partir de esa facilidad para cubrir un amplio espectro de registros, jamás aplastando los matices de su personaje. Trabajando con directores tan disímiles como Roberto Jones, María Dodera, Alberto Zimberg o Verónica Mato siempre ha mostrado su capacidad, pero en este unipersonal redondea un trabajo de esos que, como nos gusta decir, invitan al teatro por sí mismos.

 

La bailarina de Maguncia. Texto y dirección: Sandra Massera. Actriz: Noelia Campo.

 

Funciones: 1º, 2 y 3 de marzo a las 20:00. Ciclo Ellas en la Delmira, Sala Delmira Agustini del Teatro Solís.

 

Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.