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Modestia a la uruguaya por Hoenir Sarthou

Modestia a la uruguaya por Hoenir Sarthou
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¿Sobre qué escribir en un día como hoy?

Este artículo se publicará un jueves, el día anterior al del partido con Francia, que tiene en ascuas a todo el Uruguay. ¿Cómo hablar de política, de cultura, de economía, de ideologías, o de cualquier otra cosa, en un día como hoy?

Fútbol, entonces. O al menos una mirada sobre la forma en que esperamos ese partido y vivimos este mundial en el que, como nunca, el fútbol se ha vuelto símbolo de muchas otras cosas.

La apología de Tabárez y de su método para la preparación de los jugadores y del equipo en general ha trascendido fronteras. Periodistas y comentaristas extranjeros analizan la historia y los dichos de Tabárez, sus logros y procedimientos, lo que les transmite y lo que les exige a los jugadores. Conceptos como “La recompensa es el camino”, o “Lo importante es el equipo”, o “Hay que formar a los jugadores como personas”, e incluso “Hay que prepararlos también para el fracaso y la frustración”, dichas hasta el cansancio por Tabárez y adoptadas por muchos de sus jugadores, se reproducen ahora en la prensa mundial.

En el Uruguay, el éxito futbolístico y el reconocimiento externo han hecho que la figura y las ideas de Tabárez se eleven hasta el cielo. El orgullo nacional, tan maltrecho, ha encontrado una razón de ser y se aferra a ella. Hoy, “el Maestro” debe de ser el uruguayo con más respeto y predicamento en todos los ámbitos de actividad y en todas las clases sociales del país, incluso entre quienes no practican –o no practicamos- las virtudes que él preconiza.

No conozco personalmente a Tabárez y esta nota está muy lejos de ser su apología. Es un ser humano que, como todos, tiene virtudes y defectos (estoy seguro de que él sería el primero en admitirlo). Pero el mensaje que emite es algo que el Uruguay está necesitando a gritos.

Ayer ví un video grabado por un comentarista deportivo argentino. El periodista destroza la figura del técnico argentino Sampaioli y, para hacerlo, lo contrapone con Tabárez. Compara la modestia del técnico uruguayo con la soberbia del argentino, la valoración de la cultura que hace uno con la jactancia de su propia ignorancia que practica el otro, la disciplina racional que impone Tabárez a sus jugadores con la sumisión cholula que, según el periodista, muestra Sampaioli ante su principal estrella. En cierto momento, el periodista señala que Tabárez es maestro de escuela y actúa como tal. Habla bien del periodista haber reparado en eso. Aunque hay alcances de ese hecho que probablemente él no pueda aquilatar en toda su dimensión.

Porque Tabárez no es un maestro de cualquier escuela. Es un maestro de la vieja escuela vareliana. Y eso en el Uruguay significa mucho, mucho más de lo que algunos quieren creer.

Me pasa algo extraño. Quiero sintetizar en pocas frases el contenido vareliano del mensaje de Tabárez y descubro que sería necesario un libro para exponer y demostrar el vínculo profundo entre una y otra cosa. Pero voy a intentarlo.

La idea de que nadie es más que nadie, de que los méritos no son algo que se hereda o con lo que se nace. La noción de que las virtudes deben ser reconocidas y, a la vez, de que ninguna condición personal nos permite creernos superiores a los otros. La idea de que todos, en el éxito o en el fracaso, merecemos un trato igualitario y digno. La noción de que la autoridad es necesaria pero debe ejercerse racionalmente, sin arbitrariedad, indignidad, ni crueldad (la escuela vareliana prohibió los castigos físicos mucho antes que en otros prestigiosos lugares del mundo). La convicción de que la educación es un sólido equilibrio entre la adquisición rigurosa de saberes y, tan o más importante, de las virtudes necesarias para actuar como ciudadanos. La apuesta al esfuerzo racional, y no a virtudes fantásticas o a glorias nacionales inexistentes. Seguramente me queden muchas cosas en el tintero, pero estoy seguro de que los uruguayos reconocemos a esos mensajes como parte del contenido, explícito e implícito, que la enseñanza vareliana imprimió en nuestro ADN cultural.

Recordarlo es conveniente porque el contenido vareliano de nuestra enseñanza está siendo sistemáticamente despreciado y ninguneado.

Un variopinto ejército de tecnócratas, escépticos postmodernos, postgraduados de Harvard, neohippies, economistas, izquierdistas, derechistas, partidarios del “género y la diversidad”, y admiradores de Finlandia, muchos de ellos ex alumnos amnésicos de la escuela pública, han llegado a un acuerdo: nuestra enseñanza “es un atraso” y “debe ser modernizada”.

Hasta allí llega el acuerdo. Porque la “Armada Brancaleone” modernizadora no está de acuerdo en nada más. Unos quieren privatizar la enseñanza, otros imitar a Finlandia, otros ponerla a rueda con empresas transnacionales, otros “educar en valores”, otros “enseñar competencias” y no pocos  que la dirija desde el gobierno algún partido por ahora opositor. No desconozco que en esos puntos de vista hay gente con conocimiento e ideas válidas, pero muchos de los seguidores y repetidores de esas consignas simplemente responden al “jingle” publicitario de “hay que modernizar”, sin conocer bien lo viejo y propio ni tener idea de qué debería ser lo nuevo.

Vuelvo a Tabárez. ¿Por qué su mensaje ha impactado tanto en los uruguayos? ¿Por qué sorprende tanto en el extranjero?

Hay una explicación obvia: los buenos resultados futbolísticos. Pero, ¿qué pasaría si mañana (ni Dios permita) los franceses nos ganaran? O si la otra semana perdiéramos ante otro cuadro y se frustrara la esperanza mundialista?

El mundo se olvidaría de Tabárez y de nosotros en minutos, sin duda. ¿Y en Uruguay? ¿Cuántos de los conversos a la modestia, al trabajo en equipo, a “la recompensa es el camino”, al “formar a los jugadores como personas”, mantendrían su confianza en “el camino”?

La respuesta probablemente esté en los motivos por los que el mensaje de Tabárez ha pegado fuerte en nuestras cabezas. El éxito deportivo sin duda explica mucho. Pero es muy probable que impacte también por otra causa: porque nos conecta con ciertos contenidos que la escuela pública vareliana imprimió en nuestro ADN colectivo. Eso que creíamos casi extinto y que Tabárez, inesperadamente, ha puesto a jugar en primera división.

Entre tanto, mientras el éxito nos acompaña, mientras la prensa internacional nos reconoce y alaba, el orgullo uruguayo campea a sus anchas. Estamos, paradójicamente, orgullosos de ser modestos

La modestia es una virtud extraña. Quizá la única que está obligada a ser secreta. Uno puede jactarse de su generosidad, de su coraje, de su sinceridad o de su lealtad, sin dejar de ser generoso, valiente, sincero y leal. Pero no puede jactarse de su modestia sin dejar de ser modesto.

El otro secreto de la modestia es que nos distancia sanamente del éxito y del fracaso. Nos permite saber que uno y otro no provienen de lo que somos sino de lo que hacemos. Y que no dependen del reconocimiento ajeno. Coloca a los resultados fuera de nosotros mismos. Son mérito o culpa de nuestro hacer o no hacer, pero no resultado de la opinión ajena ni tampoco parte inherente de nuestro ser.

La jactancia, como la resignación, nos distraen de lo que verdaderamente importa. Nos instalan en lo que creemos ser, o en lo que otros creen de nosotros, en lugar de centrarnos en lo que debemos hacer.

Ojalá veamos con esa convicción el partido de mañana y los que sigan hasta la final. Y ojalá sigamos actuando con esa misma convicción en todo lo que hay para hacer después, dentro y fuera del fútbol.