Home Indisciplina Partidaria “Moñe”  y delantal por Hoenir Sarthou

“Moñe”  y delantal por Hoenir Sarthou

“Moñe”  y delantal  por Hoenir Sarthou
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Tres iniciativas pretenden significar reformas o innovaciones en la enseñanza, particularmente en Primaria: la eliminación de la moña y el cambio de color de las túnicas, el uso de “lenguaje inclusivo”, y la elección de los abanderados por criterios de popularidad y no de escolaridad.

Ante todo, las tres medidas están teñidas con el color de este tiempo: son simbólicas. No modifican nada sustancial. Emiten  “mensajes” sobre cómo se supone que deberían ser las cosas, sin alterar  la realidad.

La eliminación de la moña y el cambio de color de la túnica, fuera de muy relativas razones de practicidad, es ante todo la eliminación de símbolos tradicionales del Uruguay y su sustitución `por algo, la túnica de color verde, que muy poco contenido práctico y simbólico tiene por el momento. La idea de que siempre es necesario innovar forma parte de una actitud novelera y frívola, propia de la lógica consumista, que asocia a lo antiguo con lo perimido, sin detenerse a pensar en que  la cultura es la perduración de ciertas tradiciones que, por alguna razón , la sociedad considera valiosas.

Desde el punto de vista práctico, además, el cambio de uniforme haría que todas las familias debieran reemplazar las túnicas que ya tienen por el nuevo modelo. Buen negocio para los vendedores de ropa y malo para las familias pobres, en las que las túnicas se “heredan” de hermanos mayores a hermanos menores.

Voy a arriesgar algo más: la escuela vareliana, a la que simbolizan la tradicional túnica blanca y moña azul, es objeto de un ataque sistemático por parte de intereses y corrientes de pensamiento que en realidad no tienen un modelo sustitutivo, sino una desesperada voluntad de mostrarse “modernas” y, en muchos casos, de identificar a la educación con una mercancía. No aseguro que en este caso la propuesta tenga ese trasfondo, pero sí señalo la coincidencia con ese discurso  que se proclama renovador por la renovación misma, sin mayores razones ni argumentos.

La decisión de introducir en los centros de estudio el “lenguaje inclusivo” es un capítulo más de la incansable batalla de la corrección política por imponerse en la sociedad usando vías ilegítimas.

La enseñanza no es el lugar adecuado para dar batallas ideológicas, ni tampoco lo es para experimentar con reformas artificiales del lenguaje común. Los centros de enseñanza tienen la obligación de aplicar y enseñar el lenguaje compartido por la sociedad, que por cierto no es el novelero e inestable “lenguaje inclusivo”.

En los últimos diez años, los políticamente correctos han cambiado varias veces el habla “correcta”. Un año era usar la “x”, otro año el “@”, al siguiente decir “todos y todas” y ahora el último alarido de la moda es usar la “e”. ¿Alguien considera lógico que un niño no se entienda ni con sus hermanos mayores, educados en la moda “correcta” del año pasado?

El lenguaje no evoluciona por decisiones políticas ni por imposiciones de ningún centro de autoridad lingüística. Ni siquiera la Real Academia de la lengua tiene esa función. El lenguaje evoluciona por procesos espontáneos, consensuales, que se imponen en el habla corriente y finalmente llegan al diccionario. Imponer formas de hablar es una de las más torpes e impertinentes  formas  del autoritarismo, sin importar los pretextos ideológicos y argumentales con que se lo justifique.

Finalmente, el cambio de criterio para la elección de abanderados plantea un problema quizá más profundo: ¿Cuál es la función del “abanderamiento” honorífico?

Tradicionalmente, los abanderados lo eran porque destacaban en su desempeño escolar. Queda muy lindo decir que, designándolos por su popularidad entre sus compañeros, se promueve un criterio democrático. Queda lindo pero no es verdad.

La elección de representantes o autoridades en los sistemas democráticos no tiene por función honrar a los elegidos. Tiene por función expresar la voluntad de los electores. De modo que usar la consulta democrática para elegir una función meramente honorífica y de figuración comporta el riesgo de transmitir un mensaje errado sobre la democracia.

Soy el primero en creer que la democracia se debería ejercitar desde la escuela. Pero no eligiendo vistosos portadores de banderas, sino participando en decisiones sobre la vida real en los centros escolares, aquellas que puedan ser confiadas a niños de edad escolar (organización de paseos, higiene de los baños, venta de meriendas, campeonatos deportivos, etc.), actividades que, en general, se practican con muy poco o ningún ejercicio democrático.

Ignoro si la existencia de abanderados por sus méritos escolares se justifica. Pero estoy seguro de que poco favor le hace a la conciencia democrática elegir a unos cuantos chiquilines para pararse en el patio con la bandera, sin consultar a nadie ni ejercer ninguna representación real de sus compañeros. Si realmente quisiéramos impartir educación democrática, no es precisamente por los abanderados por donde deberíamos empezar.

Mientras estas ingeniosidades simbólicas se discuten, el sistema educativo padece un grado de  deserción y un descenso del nivel formativo alarmantes. Simultáneamente, los índices de criminalidad y las expresiones de marginalidad cultural nos abruman.

¿Es casual que se nos proponga discutir frivolidades simbólicas mientras eso ocurre?