Escribo este artículo con consciencia de que causará desagrado a muchas personas y cosechará una silenciosa negación de parte de muchas otras.
No importa. Hay cosas que deben ser dichas, gusten o no gusten.
¿Se fijaron en cuántas de las políticas públicas promovidas internacionalmente, y ahora también por muchos gobiernos nacionales, están reñidas con la vida, la salud y la reproducción física y cultural de los seres humanos?
Las más obvias son las guerras, como la de Ucrania y la de Gaza, promovidas y alentadas por los gobiernos occidentales ante la total pasividad de la ONU. Todos vimos a Trump y a Vance echarle en cara a Zelenski los miles de millones de dólares que la administración Biden le transfirió para que la guerra con Rusia durara lo que ha durado. Y todos hemos leído, o debimos leer, a los atildados y supuestamente civilizados gobernantes europeos preparándose para financiar y expandir esa guerra, incluso sin la ayuda de los EEUU, aun a riesgo de convertirla en una guerra europea.
En cuanto a Gaza, ¿qué decir? No es sólo Gaza y las atrocidades que allí se cometen. Es evidente la intención de que la política militar de Israel desemboque en una conflagración que involucre a todos los países de la región. El propósito final todavía no está claro, pero todo indica que se prepara un reacomodo geopolítico construido sobre cientos de miles o millones de víctimas.
Pero la necropolítica no se detiene allí. A la promoción del aborto, de la eutanasia, del “feminismo radical”, y a la conversión de lo LGTB en modelo estético y vital envidiable, se suma ahora un discurso dirigido a los hombres (abunda en You Tube, en Instagram y en otras redes sociales) que les recomienda ser “machos alfa” o “machos gama”, enfocados en sí mismos, en su desarrollo físico, económico y laboral, prescindiendo de las mujeres y su “constante manipulación”. Es decir, la contrapartida del discurso feminista radical. Sumados los dos, generan el clima de hostilidad intersexual que abatirá los índices de natalidad y dará lugar a una generación de solitarios estériles.
Agreguemos el horizonte constante de catástrofes, sanitarias, ambientales, climáticas y eventualmente monetarias, favorecidas por disparatadas formas de gestión y agrandadas comunicacionalmente, que generan en la población mundial un estado anímico de inseguridad y de miedo.
Adobemos ese guiso con una alimentación industrializada insaludable y una medicamentación omnipresente promovida por la industria farmacéutica, que lleva a que grandes y chicos consumamos cantidades ingentes de vacunas, ansiolíticos, antidepresivos, antialérgicos y medicamentos de toda clase, que tienden a convertirse en rutina paliativa de consumo vitalicio y no en la curación puntual de una enfermedad.
Para concluir, tomemos en cuenta las políticas globales de apoderamiento del agua, de las fuentes de energía y de los minerales raros, que desembocan en daños ambientales y sanitarios incalculables. Pensemos, sin ir más lejos, en las fuentes y cursos de agua que se han contaminado en Uruguay en las últimas décadas, en las cianobacterias, en las playas de Montevideo, secretamente inaptas para baños y en el plan de suministrarnos para el consumo agua contaminada y salada del Río de la Plata.
Como broche de oro, un sistema de enseñanza que, en lugar de enseñar a pensar críticamente, se ocupa de difundir políticas de género y el miedo culposo por el cambio climático, al que se le atribuyen cosas que, como el agua salada de 2023, o la escasez y privatización del agua en Chile, o la sequía crónica de España interrumpida por lluvias y desbordes torrenciales, son en gran parte resultado de imprevisiones y de políticas suicidas recomendadas por organismos internacionales y adoptadas por los gobiernos de turno.
¿Cuál es el resultado de todos esos factores, y de otros que omití o no tengo espacio para desarrollar?
En lo social, es simple: son políticas que apuestan a la reducción y a la muerte. Menos habitantes, menos consumo, menos gasto de energía, parece ser la receta.
Y en lo individual también es simple: el desánimo y la resignación. La modestísima conformidad con que la vida individual siga aunque sea rodeada de negras nebulosas amenazantes.
Una humanidad que se acostumbre a aceptar que el futuro será peor que el pasado, será proclive a dejar hacer, a renunciar a cosas que creía imprescindibles, a tolerar mentiras y corrupción, a entregar lo que tiene de valioso, a elegir “lo menos malo”.
No sé si hay una forma eficaz de combatir esa anomia colectiva que generan las necropolíticas. Pero estoy convencido de que ser conscientes de que existen es un paso necesario.