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Negra noche, larga y febril

Negra noche, larga y febril
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La larga noche de Francisco Sanctis, Argentina 2016. Dirección y libreto: Francisco Márquez y Andrea Testa, basados en novela de Humberto Constantini. Fotografía: Federico Lastra. Con: Diego Velázquez, Laura Paredes, Valeria Lois, Romina Pinto, Marcelo Subiotto, Rafael Federman. Estreno: 22 de junio. Calificación: Muy buena.

 

La larga noche de Francisco Sanctis, un film más que atendible, se estrena hoy en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño, y a partir de la próxima semana también podrá verse en Cinemateca Pocitos. Esta suerte de thriller intimista explora sin didactismos ni grandilocuencia el contexto rioplatense de los años 70, cuando la dictadura provocaba tal incertidumbre que hasta daba miedo salir a la calle, eso tan bien plasmado por Idea Vilariño en aquel poema que comenzaba diciendo “Cada vez cuando me voy / cada vez cuando me iba”. La película retrata desde las imágenes esa sensación, pero además le suma un componente perturbador: el de la responsabilidad ante el conocimiento de un determinado hecho y las contradicciones íntimas del protagonista, símbolo de aquella mayoría silenciosa que vagaba por las calles ciudadanas intentando vivir sin exponerse, enterándose a cuentagotas (y a veces ni queriendo enterarse) del horror que sucedía a su alrededor… y sin plantearse nunca qué podía hacer para remediar la situación.

Francisco (Diego Velázquez) es un tipo como muchos, un hombre de vida apagada y sin horizontes, alguien que en cierto momento de su vida dejó de ser el que algún día quiso ser. Está casado con Angélica (Laura Paredes), es padre de dos hijos, y es un empleado administrativo que desde hace mucho tiempo espera un ascenso, el cual nunca termina de concretarse. Es en ese ámbito laboral donde el mejor de sus pasados regresa, bajo la forma de una ex compañera de estudios (Valeria Lois), quien luego de ponerlo al día de su propio presente (quizás mentiroso) le pide que alerte a dos personas que esa noche serán secuestradas por las fuerzas armadas en un determinado lugar de Buenos Aires. Es a partir de esa encrucijada personal que Francisco comienza a sufrir en carne viva una terrible disyuntiva moral sobre lo que debe hacer: ¿lo correcto avisando a esa gente, aún a riesgo de su vida, o no involucrarse poniendo como excusa la protección de su mujer y sus hijos? Porque Francisco Sanctis no parece encontrar una tercera opción que pueda complementar esos dos polos morales tan opuestos.

La larga noche de Francisco Sanctis no es un film paranoico, como podría parecer a primera vista. Es una obra que estudia las consecuencias de tomar un determinado sendero físico y existencial en un marco urbano laberíntico, que puede ser dos cosas antagónicas a la vez, es decir, una verdadera prisión al aire libre o una oportunidad de fuga cuando lo que está en juego es nada más y nada menos que la libertad. En esa Buenos Aires espectral que muestran los cineastas Andrea Testa y Francisco Márquez, en esa ciudadana noche negra, larga y febril, no parece haber espacio alguno para la indiferencia, y sí en cambio para una definitiva toma de posición moral e ideológica. Por eso la película está construida como si fuera una road movie doble: por un lado el viaje físico que impone la propia situación, y por otro el desplazamiento interior de Francisco en busca del reencuentro consigo mismo, con aquel que fue, el de los ideales aún no marchitos.

El resultado es uno de los mejores films latinoamericanos del año, un trabajo lleno de aciertos por donde se lo mire, comenzando por el desarrollo narrativo del libreto, que posee diálogos precisos y filosos como cuchillos, pero sobre todo hondos silencios que generan un clima de inquietud verdaderamente kafkiano. Esa concepción de la historia se ve ampliamente respaldada por la fotografía de Federico Lastra, poseedora de una serie de claroscuros extraordinarios que llegan a comunicar en un solo plano el terrible sabor que puede dejar una noche sin fin. Tampoco debe olvidarse la ambientación, con una cámara que se detiene en pequeños objetos que no sólo dan cuenta de una época pasada, sino que son utilizados narrativamente en la trama. Esa inteligencia incluso llega hasta la banda sonora, donde en cierta instancia una canción que parece oída por casualidad puede llegar a describir con exactitud lo que está viviendo el personaje en esa determinada circunstancia. A todo ello hay que sumar la impresionante labor de Diego Velázquez, actor que en esta oportunidad se muestra capaz de desplegar todo un universo interior plagado de contradicciones, y transmitirlo desde su propio cuerpo, desde lo gestual, y por supuesto mediante sus impactantes y enormes silencios.

Esta es una película distinta, que no da respiro al espectador, que lo sumerge en el anecdotario de una manera asfixiante debido a la lucidez de los directores a la hora de volcar en imágenes un asunto que en la novela original de Humberto Constantini lucía tan introspectivo que resultaba difícil imaginarlo en pantalla. Quizás por eso La larga noche de Francisco Sanctis no visualiza las típicas imágenes que conocemos por los films estándar ambientados en la época de la dictadura, sino que se vale de los gestos del protagonista y de una serie de largos planos-secuencia para generar una narración que abunda en pasajes de verdadero terror psicológico, y que por medio de ellos se las ingenia para comunicar a la platea no sólo la valentía de Francisco sino también el temor visceral que sin duda todos padecimos alguna vez en aquel entonces.

Amilcar Nochetti

Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria” (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, “Seis rostros para matar: una historia de James Bond”.