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Niños de la calle

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Quizá usted, que me ve por primera vez trepado aquí, piense que lo hago de puro travieso. Permítame sacarlo de su error. Estoy trabajando. Míreme. ¿Comprende ahora? Algunos de los transeúntes que estuvieron antes en su lugar han dicho de mí que no tengo cara de niño; y que mi cuerpo, demasiado musculado para ser el de un bebé, parece contrahecho. ¡Por supuesto, si desde hace no sé cuántos años, invierno y verano, me estoy las veinticuatro horas del día acá arriba, aguantando esta pared!

Déjeme decirle también que no me quejo de mi destino. Los de mi estirpe nacimos para esto. Ya habrá visto usted a alguno de mis parientes en esta misma fachada o en las de otras casas del barrio. En épocas no muy lejanas, estábamos de moda. Pero todo pasa. Ahora somos una rareza. Una especie en extinción. Y no hablo por hablar. En esta misma calle, antaño, supo haber varias viviendas que nuestros congéneres embellecían. Pero, con el correr del tiempo, las fueron derrumbando para construir en su lugar unos edificios enormes, con frontis planos, mucho vidrio y poca imaginación; en una palabra, sin personalidad ninguna. Le apuesto lo que quiera a que de esos puede ver cientos y luego no se acordará de ninguno en particular, pero de mi hogar nunca se va a olvidar.

Es evidente que no soy un dechado de pulcritud. Qué quiere, expuesto al humo de los autos y a toda la contaminación que generan ustedes como estoy, no puedo ser muy limpio. Sepa, no obstante, que nuestra piel está preparada para resistir este tipo de avatares. Y, sin embargo, en los años que llevo acá, me cansé de ver pasar, por esa misma acera en la que usted está parado ahora, a muchas mujeres –a veces solas, a veces acompañadas por un hombre– llevando a la rastra a sus hijos pequeños, mugrientos, llenos de mocos y vaya a saber usted con qué otras porquerías encima… Si me pongo a pensar que la ciudad se extiende hasta muy lejos de aquí, no me resulta difícil colegir que por ahí debe haber muchos más en la misma condición.

Además, le comento algo. A pesar de mi apariencia, quizá tenga más edad que usted. Los de mi raza somos longevos, y cada etapa de nuestra existencia corresponde a dos o tres generaciones de las de los humanos. He sido testigo de muchas cosas feas. Casi le diría que me he acostumbrado a los rigores de la vida. Pero, por la posición que ocupo, he podido comprobar que los que tienen que aguantar aquellos niños que le decía son crueles. Sin ir más lejos, en la puerta del comercio de aquella esquina, dos por tres, se paran un nene y una nena. Están más flacos que el hambre. Sé que piden monedas y, alguna vez que se acostaron a dormir en mi vereda, oí a los padres mandarlos “a trabajar”. ¡Habrase visto! Ellos sí que no tuvieron tiempo para juegos y travesuras; y las que deben de haber pasado… No quiero ni pensarlo. Se les veía la dureza en la cara. Y no le hablo de la del material del que estoy hecho, claro está.

Hace bien en sacarme una foto. Mire que en cualquier momento puedo correr la misma suerte que aquellos de los míos que terminaron hechos escombros en una volqueta. Soy permeable al halago. Y me da cierta satisfacción haberle llamado la atención a alguien que quiera llevarse un recuerdo de mí. Pero, por favor, ¡no deje tirados en el basurero del  olvido a los niños de carne y hueso!

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