Home Política «No es una rebelión, es una revolución» por Ernesto Kreimerman
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«No es una rebelión, es una revolución» por Ernesto Kreimerman

«No es una rebelión, es una revolución»  por Ernesto Kreimerman
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231 años atrás, la acción tumultuosa de un pueblo en las calles quebraba un símbolo de la opresión del antiguo régimen y era el cero, el punto de inicio de la revolución francesa, de unos enunciados nuevos, superiores y anhelados.

Dos días antes de aquel 14 de julio de 1789, unas tres mil personas ganan las calles y se concentran en los jardines del Palais Royal. Los hechos políticos se sucedían a ritmo inusitado, y precipitaban nuevas reacciones, nucleamientos. Un lenguaje nuevo, diferente, ganaba las calles. Se hablaba de libertad, de nación, de tercer estado, de constitución, de ciudadanos, de impuestos, de expropiaciones…

El 12 de julio era la respuesta a la destitución del ministro de finanzas, Jacques Necker, en una decisión del rey que marca el fin de un intento de encaminar las finanzas de Francia. El enfrentamiento entre los representantes y el rey, había entrada en una fase de no retorno: Necker propone un conjunto de medidas liberales relacionadas al mercado de granos, de radical trascendencia. Entre los meses de setiembre de 1788 y fin de abril de 1789, prohíbe la exportación de cereales y la compra de grano fuera de los mercados; ordena comprar grano en el exterior, concede primas a los importadores y da a las autoridades de policía el poder necesario para aprovisionar los mercados.

Ese conjunto de medidas es acompañado de otras; Necker revoca la suspensión de pagos decretada por Brienne y utiliza expedientes para reunir los 70 millones necesarios para asegurar los pagos hasta la reunión de los estados generales, apelando a resoluciones tales como adelantos de la caja de descuento y préstamo a los financieros y a diversos núcleos de poder, como, por ejemplo, los notarios de París.

A fines de junio, cuando se abre la discusión de los estados generales, los últimos del antiguo régimen, el duro debate se daría en Versalles, lugar de residencia de Luis XVI.  Aquella asamblea general extraordinaria convocada por el rey sería el último recurso para encontrar una solución a la grave crisis financiera del reino. Tengamos presente, que se convocaba a representantes de los tres estamentos: el clero o llamado Primer Estado, la nobleza o Segundo Estado, y el pueblo llano o Tercer Estado. La independencia que demostraron los diputados del Tercer Estado con respecto a los dos primeros estamentos y a la Corona, es lo que resume el cambio disruptivo que ya estaba en marcha y que marcó el verdadero inicio de la revolución francesa.

“Extremada condescendencia”. Así califica Luis XVI las medidas de Necker preparaba en su tercer y más poderoso (aunque efímero) ministerio. El 11 de julio lo destituye y el 12 una multitud sale a las calles.

En París todo era confuso, tenso e incierto. Una atmósfera social marcada por el miedo y la esperanza, impregnada de paranoia. Los rumores alertaban sobre movilizaciones de tropas, de orden de represión, incluso, de arrasar París.

El 14 de julio amaneció diferente. Algo espectacular habría de suceder. El sol desnudaría una jornada de adrenalina y tensiones. Al amanecer corrió un rumor que despertaría reacciones inmediatas: que un hospital de la zona oeste de París se había convertido en el depósito de 30 mil fusiles. Una multitud casi desordenada llegó hasta allí y se apoderó de esas armas y también de 12 cañones.

Real o no, sobredimensionado quizás, para algunos historiadores ese momento marca la derrota táctica de Luis XVI. No sólo porque pierde una reserva de armas de gran volumen, sino porque las poblaciones populares ya han perdido toda consideración por su autoridad.

Después, esa misma multitud atraviesa la ciudad para aprovisionarse de pólvora, de la que estaba en la Bastilla. Hacia las 17 horas, el gobernador Launay ordenó la rendición, abrir las puertas y el paso precipitado y emocionado de hombres y mujeres marcó el punto de inflexión.

El ministro destituido, Necker, que volvería como primer ministro de finanzas, ya no volvería a resumir tanto poder. Los diputados rechazaron sus propuestas financieras, una combinación tradicional de métodos de anticipos y préstamos. En su derrota, se opone a la emisión de papel moneda, los “asignados”, creados el 1 de abril de 1790 y cuya vigencia caducó en 1796, cuando fueron abolidos por el Directorio.

No reprimieron a su pueblo

Aquel 14 de julio todo sería diferente: EL Barón de Besenval reunió a los jefes de los cuerpos para ordenar a sus soldados reprimir a los amotinados. Pero los soldados se negaron. La suerte estaba echada. Desde las primeras luces de la mañana, la Bastilla estaba rodeada.

Sobre las 10:30 llega, se suma, una delegación de la Asamblea de los electores de París va a la Bastilla. Sin objetivos claros: no deseaban tomar el edificio por la fuerza ni tampoco abrir negociaciones. ​

A las 11:30, una segunda delegación integrada por Jacques Alexis Hamard Thuriot y Louis Ethis de Corny intentará negociar la entrega de las armas y municiones al pueblo de París para proveer a la Guardia Nacional recién creada. Los ánimos no estaban para eso, menos cuanto más se impacientaban los que atravesaban París.

Sobre las 13:30, los cronistas de la época cuentan que la multitud logró entrar al predio. ​ René-Bernard Jordan de Launay ordenó disparar a los rebelados y hubo numerosas víctimas.

A las 14:00 una tercera delegación, de la que toma parte el abate Claude Fauchet, se reunió con el alcaide de la Bastilla sin más éxito.

Apenas pasadas las 15 hs, con nuevos revoltosos y más impacientes, alguien tiró el primer tiro y desató el fuego cruzado. Los asaltantes no iban ya detenerse a pesar de los intentos de las autoridades para lograr un alto el fuego, que ya nadie deseaba.

A las 17 horas, la autoridad carcelaria ordena cesar el fuego y la guarnición se rinde. En menos de 30 minutos la multitud libera a los 7 prisioneros y se hace cargo de la pólvora y la munición. La pasión se desborda y la muerte bárbara se instala.

A las 18, Luis XVI ignora todo lo que pasa, y ordena a sus tropas evacuar la capital.

A la mañana siguiente, las 8, en el Palacio de Versalles, en el momento de su despertar, el duque de Rochefoucauld-Liancourt informó a Luis XVI de la toma de la Bastilla. EL rey inquirió: «Pero ¿es una rebelión?». A lo que el duque respondió alertado: «No, señor, no es una rebelión; es una revolución.»​ Y a partir de aquella mañana comenzó otra historia.

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