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No parece menor, el problema.

No parece menor, el problema.
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En las últimas semanas supimos de la denominada Operación Océano, que descubrió una trama de explotación de menores en Maldonado y Montevideo.

Paralelamente, una supuesta filtración de la red Anonymous revive el caso de Jeffrey Epstein, el  financiero estadounidense​ condenado​ por tráfico de menores en el mundo de la élite​ y​ la trata de menores a nivel internacional, que acabó suicidado, probablemente para alivio de muchos personajes poderosos, en la celda de una prisión.

En nuestro país ya van dieciocho personas formalizadas por dichos hechos y esto aparenta ser solo la punta del iceberg.

¿Es un fenómeno nuevo en Uruguay? ¿Se da en determinados estratos altos de la sociedad exclusivamente? ¿Qué oscuros mecanismos mentales impulsan a gente exitosa socialmente a estas terribles prácticas? ¿Cuál puede ser la magnitud sumergida del iceberg? ¿Hay una tendencia  en las altas esferas a hacer la vista gorda en estos temas? ¿La sociedad lo normaliza cuando premia electoralmente a personajes sospechados como Berlusconi o Trump? ¿Por qué se tiende a mantener el anonimato de los implicados? ¿Los medios ocultan información por ser personajes influyentes y con poder económico? ¿Estos hechos no ponen en cuestión la visión de la prostitución como un trabajo? ¿Hay que penalizar a los clientes?

Un problema no menor por Margarita Percovich

  1. No es un fenómeno nuevo en nuestro país. Tenemos los testimonios de las investigaciones realizadas por la periodista Marixu Urruzola en los 90s, con responsables y abogados claramente identificados. En mi período en el Senado me tocó recibir denuncias de mujeres adultas que habían zafado de su explotación en Italia.
  2. Es una forma de explotación que requiere mucho dinero para su implementación y, como es sumamente rentable por la forma en que se ejerce la esclavitud de las víctimas, se trata en general de empresarios y profesionales que pueden tener una visibilidad social en otras áreas. Pero para la impunidad en las operaciones se requiere una telaraña de complicidades que abarcan personas de distintos estratos sociales que sacan su tajada.
  3. No se trata de “oscuros mecanismos mentales”. La cultura patriarcal que denunciamos permanentemente las feministas está basada en una construcción de la subjetividad masculina que define la virilidad exitosa en base a la imposición del sexo por parte del hombre y en la necesidad inevitable de ejercerlo aun imponiéndolo. Esta concepción cosifica al objeto explotado sexualmente (sea hombre, mujer, niña, niño o adolescente) y el imaginario cultural de nuestra sociedad admite esta práctica como un mal inevitable. La captación de las víctimas está facilitada por las imágenes culturales que la sociedad de consumo traslada permanentemente de estereotipos exitosos de mujeres y adolescentes, que van siendo absorbidos por la telaraña de formas de seducir nuevas mercancías.

La evolución que ha tenido esta forma de explotación humana en la medida que las personas  que se ven constreñidas a utilizar la explotación de su propio cuerpo como estrategia de sobrevivencia, con un mayor empoderamiento en relación a la negociación para el comercio sexual por mayor conciencia de sus derechos, ha derivado a estas redes de explotación hacia la captación de las niñas niños y adolescentes como víctimas deseables por su mayor ingenuidad y debilidad en las relaciones con personas mayores y con una relación de poder absolutamente desigual. Las nuevas tecnologías han facilitado la captación del mundo adolescente que se manifiesta y se expone en las plataformas virtuales convirtiéndose en presas fácilmente identificables y seducibles.

  1. Por su clandestinidad y la naturalización de la práctica en la sociedad, resulta difícil saber cuántas víctimas de las que se denuncian como desaparecidas por parte de familiares, amigas y organizaciones sociales forman parte de este negocio que es regional e internacional y que los organismos internacionales denuncian como el tercero más productivo del crimen organizado. Salvo cuando alguna de las personas esclavizadas puede zafar y realizar la denuncia, se visibilizan las formas de captación, traslado, formas de explotación que se utilizan.
  2. La doble moral social sobre estos temas que tiende a culpar a las víctimas que muchas veces es expuesta por los medios de comunicación lo que las excluye de sus entornos y relaciones sociales o laborales, tiende a no dar crédito que personajes conocidos e influyentes puedan estar implicados en esta bajeza de explotación humana. Asimismo, los explotadores, que muchas veces tienen registros personales y profesionales en el ejercicio de esta práctica, logran tener apoyos insólitos en los ámbitos de decisión judiciales y políticos. Si el imaginario colectivo está impregnado de esa construcción sobre cómo se ejerce la virilidad y cómo se visualiza la imagen de los líderes “fuertes”, no es de extrañar que reciban el apoyo de los partidos políticos de derecha que se apoyan en la sociedad de consumo y capitalista, donde esto constituye un renglón más de la forma en que se mueve el dinero. Con esto no quiero decir que las izquierdas estén excluídas de los estereotipos culturales. En realidad, al progresismo le cuesta, muchas veces, reconocer estas formas de definir las relaciones de poder sobre las personas con mayores vulnerabilidades. Las definiciones de igualdad muchas veces en los partidos y decisores de izquierda tienen solo que ver con el reparto más justo de bienes y se minimizan estas barreras de explotación que impiden la inclusión ciudadana igualitaria.
  3. No nos olvidemos quiénes terminan siendo mayoritariamente los dueños de los medios de comunicación. Seguramente las redes de explotación sexual comercial tienen dentro de sus formas de captación la reproducción permanente de los estereotipos sobre qué es ser exitoso o exitosa y esto también se planifica en programas y películas. Las distintas formas de expresión cultural en el Uruguay, por ejemplo, el carnaval, ha generado debates muy abiertos y explícitos con las organizaciones de mujeres y feministas en la reproducción de estos estereotipos sexistas que influyen en la opinión pública. La resistencia a repensar esta “naturalización” de un humor deshumanizantes, ha respondido que la “moda” de lo políticamente correcto es un snobismo.
  4. El feminismo uruguayo no ha saldado el tema del reconocimiento de la prostitución como trabajo y reglamentarlo para su ejercicio como tal y la no aceptación del mismo por parte de las normas legales. El Uruguay tiene una mala ley de reconocimiento de la prostitución como trabajo sexual, presentada por un político notoriamente ligado a uno de los organismos que más se ha aprovechado de estas “trabajadoras” porque ejerce su control: el Ministerio del Interior. Esa ley salió con el visto bueno de legisladores progresistas y de la central de trabajadores, porque se suponía que se reconocía un sindicato y una inclusión en la seguridad social de numeroso colectivo de mujeres. En mi opinión personal solo ha servido para facilitarle el trabajo a los cárteles de la explotación sexual comercial, no protege ni apoya a las “trabajadoras” para que puedan dejar de ejercer la explotación de su propio cuerpo y logren la autonomía económica por otras vías si así lo deciden. Quienes están en condiciones de decidir que esta es la forma de generar ingresos que entienden se adecua a sus definiciones personales, resultan ser una minoría, en general más educada y con otras opciones para no quedar enredada en la explotación o en el destrato. La absoluta mayoría de quienes hoy ejercen como trabajadoras sexuales lo hacen informalmente y como estrategia de sobrevivencia, a lo que se agrega una mayor vulnerabilidad porque la población migrante que ha aumentado notoriamente en los últimos años, es captada por los explotadores y les resulta muy difícil poder constituirse en sujetos de derecho.

Apoyamos los esfuerzos realizados por alguna de las organizaciones que trabajan en su fortalecimiento, pero entendemos que quienes trabajamos desde la perspectiva de los derechos humanos de las personas tenemos que encarar la solución a esta indignidad reubicando la mirada en quienes consumen sexo pagando por él, fragilizando la situación de miles de mujeres y adolescentes.

Un océano de perversidad por Celsa Puente

En las últimas semanas supimos de la denominada Operación Océano, que descubrió una trama de explotación sexual de menores en Maldonado y Montevideo.

Operación Océano, “Bien elegido el nombre, -dice alguien desde el Twitter- (porque son) un mar de gente metida en la explotación sexual de menores” Sin embargo, es bueno recordar que no son un “mar de gente “cualquiera. Son varones, blancos, de clase alta, la mayoría empresarios o profesionales, muchos de ellos con actividades laborales que tienen al público infantil o adolescente como destinatario. Algunos son docentes en actividad y hay, entre otros, un psicólogo con especialización en la atención a adolescentes y jóvenes.

Las redes también se hicieron eco del estupor de madres, padres y abuelos que contaban consternados que uno de ellos era el actual maestro de uno de sus hijos o nietos y muchas mujeres reconocieron entre la casi veintena de imputados a hombres conocidos de otros tiempos de su vida. Todas las personas que hablaron al respecto estaban en shock, sobre todo porque no habían sospechado en absoluto, a su tiempo, que estos hombres pudieran estar vinculados con actividades y redes de explotación de este tipo.

Los represores más importantes de la historia, las figuras más dañinas y deshumanizantes no son monstruos, no son reconocibles a la luz del día, no tienen señales visibles de su capacidad de dañar. Primo Levi, hablando de los nazis decía que “no eran esbirros natos, no eran monstruos, eran gente cualquiera”, hombres comunes que simulan ser buenos padres de familia que en una sociedad que premia el éxito económico sin mirar los caminos por los que se adquirieron esas fortunas, respeta a estos hombres. En este caso, constituyen una corporación masculina que desarrolla la “dueñidad” sobre el cuerpo de niñas y mujeres jóvenes y pobres, vulneradas y desoladas. Niñas, a quienes hay que proteger y que sin embargo esta sociedad desampara hasta que caen en las redes de violencia y explotación, tratadas como objetos de uso y descarte.  Y son muchos estos hombres, están entre nosotros, haciendo el simulacro de sus vidas prolijas mientras se acercan a nuestras niñas para explotarlas, abusarlas, dañarlas para siempre.

Hay “una hermandad masculina, una cofradía, un club de hombres” dice la antropóloga argentina Rita Segato al hablar de casos similares de cosificación de las mujeres a la manera de una compraventa deshumanizante. Deberán ser los propios hombres, los que a mi juicio desarticulen estas formas innegables de destrucción de la dignidad. Los ayudaremos, por supuesto pero deberán ser ellos mismos, condenando estas acciones, rompiendo ese mandato de masculinidad equivocada que los instala en la complicidad muchas veces silenciosa de las miradas, de los recursos justificadores, de lo no dicho o de lo dicho con un lenguaje que sacrifica la imagen de las niñas y las adolescentes -“prostituta Infantil”, por ejemplo-  para que estos señores de todas las riquezas no puedan seguir utilizando para sus placeres malsanos a nuestras niñas.

En los cimientos del patriarcado por Ana Laura Cafaro

Para pensar el tema de explotación sexual contra adolescentes que parecería sorprender a la sociedad uruguaya desde mitades de mayo, me gustaría comenzar con algunas reflexiones de Rita Segato. Esta antropóloga feminista se pregunta y esboza a la vez una respuesta de por qué “algo que a simple vista se presenta tan sencillo de realizar como retirar a la mujer de la posición de subordinación en que se encuentra, castigada, subyugada, agredida; impedir que continúe siendo violada, traficada y esclavizada por trata, cosificada y desmembrada (…) se presenta imposible” (Segato, 2017, p. 97). Sostiene que, a pesar de la legislación, literatura, movimientos, reconocimientos sobre los derechos humanos de las mujeres, la violencia y crueldad misóginas no han disminuido, muy por el contrario. La respuesta estaría en los cimientos del patriarcado fundante de las desigualdades y expropiaciones que construye el edificio “cuyo material está formado por la amalgama de las corporaciones y el Estado; por alianzas de todo tipo entre actores corporativos, lícitos e ilícitos o de ambas cualidades a la vez, y agentes de gobierno (…)” (p. 98). Dicho esto, no debe asombrarnos que los consumidores de sexo – que en esta oportunidad saltaron luego de la Operación Océano del Ministerio del Interior – provengan del mundo político, judicial y empresarial, hombres de “buena familia”, preocupados ahora que no se dé a conocer su identidad por un tema de prestigio social y porque ellos mismos tienen hijas de las edades de las adolescentes a las que le pagaban por sexo. Buscan además ver la forma de desacreditar a quienes son víctimas. Pero esto no tiene nada de nuevo. Niñas, niños y adolescentes mujeres son utilizadas como mercancía, en clubes nocturnos, fiestas privadas, domicilios particulares, en pornografía, “tours sexuales”, matrimonios forzados, etc. Se suma además la asimetría de poder con el mundo adulto y representa una de las formas actuales de esclavitud, donde el derecho a disfrutar de una vida digna, plena y gratificante queda para ellas anulada.

Somos responsables como sociedad de esta violación a los derechos humanos, de permitir que este tema siga siendo invisibilizado, que se coloque – en general – la mirada sobre las víctimas y no sobre el victimario. Somos también responsables como sociedad, de seguir naturalizando la explotación sexual hacia niños, niñas y adolescentes si no somos capaces, al decir de Segato, de causar “una grieta definitiva en el cristal duro que ha estabilizado desde el principio de los tiempos la prehistoria patriarcal de la humanidad.” (Segato, 2017, p. 20).

Nunca es menor la cuantía por Rodrigo da Oliveira

Reiteradamente surgen denuncias hacia mayores por violentar a la fuerza, mediante engaño o con promesa (o efectivizando tal), de remuneración económica o en especie aquello que nos prometemos una y otra vez proteger: la seguridad de los menores. Y por menores referimos a todos aquellos sujetos genéricamente denominados personas y menores de 18 años. Luego podemos discutir a partir de qué edad deberían dejar de serlo y pasar a ser sujetos plenos en derechos y obligaciones.

¿Podemos evaluar el mismo hecho perpetrado hacia un/a menor de 17 años que hacía otro/a de 10 años? ¿Debemos cotejar en esa evaluación el origen de la persona afectada, social, económico, geográfico, cultural, etc, a la hora de determinar si hubo o no tal abuso?

En ese caso, ¿clasificaríamos también así aquellos vínculos que se dan en lo cotidiano y que se dan entre mayores y menores aunque con un claro interés mutuo, históricamente aceptado, como un casamiento cuya base es económica pero socialmente es aceptado porque la chica «se casó bien»?

La hipocresía reina en esta materia, no desde ahora sino desde siempre, mayoritariamente en nuestras sociedades. En otras se lo acepta abiertamente y muchas veces es visto por nosotros cuasi, o sin tal, como un abuso liso y llano.

El ruido nos lo terminan generando habitualmente los mismos hechos: el Sr poderoso y con dineros o el hijo de tal, que terminan violentando o abusando a la chica pobre y menor. Con los menores varones también sucede, generan menor conmoción y se los oculta más a menudo. Algunos casos de abuso hacia personas discapacitadas han suscitado gran ruido también.

El procesamiento de algunos «hombres de bien» generó nuevamente ruidos; hace poco tiempo habían trascendido datos sobre varios casos en el interior, perpetrados no solo por hombres sino generados por madres y abuelas de chicas en edad escolar. Las escuelas de esas pequeñas fueron quienes llamaron la atención sobre la situación. Nunca seremos capaces de retribuir tanto a nuestras maestras, en más de un aspecto.

¿Cada vez sucede más? No. Ahora se sabe y de denuncia más.

Al igual que con la corrupción económica sucede con la corrupción moral, no sucede si el pueblo llano no le da su visto bueno o su cobertura conveniente.

Preferimos proclamar en alta voz frases altisonantes sobre Ni Una Menos, y cosas (válidas pero sesgadas e insuficientes) por el estilo, dejando nuevamente de lado LAS violencias que recorren a lo largo y a lo ancho nuestras sociedades. Seguimos premiando algunas actitudes, entre ellas la viveza criolla y otros tipos de ventajas por sobre el otro, siempre y cuando esté peor que nosotros, obviamente, no vaya a ser cosa que debamos competir y, eventualmente, perder. Herederos de nuestra raigambre latina no parecemos dispuestos a mover mucho para cambiarlo, antes de ello preferimos jugar por atrás y aprovechar cuánta ventaja surja frente a nosotros, si es ilegal no importa tanto, si el beneficio propio es alcanzado.

¿Qué nos resta por hacer frente al abuso hacia nuestros menores? Solo un profundo cambio cultural hará que esto cambie, no para evitar situaciones puntuales que seguirán sucediendo, sino para impedir que continúe está práctica habitual y cotidiana. Para ver por dónde va esto, basta con averiguar el origen de las chicas y los chicos que ejercen la prostitución en nuestra sociedad. De qué barrios surgen, qué opciones tuvieron, de qué intentan cotidianamente escapar o aún a quiénes sustentan económicamente.

Tal vez conocer en profundidad a nuestros chicos y chicas nos ayude a ser menos livianos a la hora de inculpar y algo más empáticos a la hora de actuar. Por más información, también podríamos escuchar a los educadores que les ven las caras cada mañana: caras con hambre, miedo, tristeza, enajenadas por el consumo de sustancias y apáticas frente a la ausencia de sueños, que es lo peor que les podemos quitar.

O, una vez más, no nos importará y seguiremos engrosando nuestros peores números como sociedad, incapaces de aumentar nuestras cifras como mejores personas y ciudadanos.

Sin futuro por Celina McCall

Hablar del tema me revuelve el estómago y no sé qué puedo aportar sobre el asunto que ya no se haya dicho, a no ser un poco de experiencia personal.

Durante doce años fui copropietaria de un hotel en la orla de Fortaleza, capital de Ceará, nordeste brasileño.  Durante ese tiempo luchamos incansablemente, diría que casi diariamente y también inútilmente, contra la explotación de menores y la prostitución infantil.  No había reunión de la Asociación Brasileña de la Industria de Hoteles – ABIH, donde no se tratara el tema e intentásemos aportar soluciones para ese problema crónico, empeorado por el hecho de que el turismo sexual ha sido y será siempre una realidad. Miles de extranjeros suelen viajar anualmente a regiones pobres del Brasil, terreno rico en niñas que viven precariamente en barrios de la periferia, en busca del sexo fácil y de la mercadería barata.

Teníamos que lidiar con documentación falsa, coimas a los recepcionistas para darles prioridad a unas sobre otras o para que hicieran vista gruesa, turistas ávidos, además de policías y taximetristas corruptos. Un combo que es más viejo que el agujero del mate.

Todo es consecuencia directa de la ausencia de educación y principalmente de la falta de perspectivas, campo fértil además para el narcotráfico, ya que muchas veces se vende el cuerpo para después malherirlo con droga, en un círculo vicioso que no tiene edad ni tiene fin.

Espero que la Operación Océano ayude a visibilizar el problema también acá en Uruguay.  Creo que no estábamos acostumbrados a los niveles de marginación que se ven.   Sirve de recordatorio que mantener relaciones sexuales de cualquier naturaleza con menores es delito, sin excusas, sin dos lecturas posibles.  Nuestra sociedad se ha ido deteriorando y ciertas cosas se empezaron a naturalizar.

No sé qué paso con los involucrados en la “Casita del Parque”, ni con la directora del INAU que prestaba y explotaba a las niñas que supuestamente cobijaba.   Según un reportaje de Sala de Redacción, para la relatora especial del Consejo de DDHH de la ONU, Joy Ngozi Ezeilo, “la explotación sexual infantil en Uruguay es ‘extremadamente común’ y está ‘social y culturalmente tolerada’. A su vez, denunció que, como consecuencia de esos mismos factores, existe la ‘cultura de tolerancia’, y es por ese motivo que el tráfico interno de niños en Uruguay está en aumento”.

Por eso, disculpen mi escepticismo.  Se hace justicia ahora.  Se hace un poco de ruido en este momento.  Y en poco tiempo todo vuelve al normal.  Y lo normal no es lindo de verse.

Porque como el alacrán, las lacras no pueden contra su naturaleza.  Y eso es lo que duele.

El Viejo Verde por Cristina de Armas

Es un tema incómodo el abuso sexual de menores; sin dudar es más fácil hablar de un personaje cómico que ofendió a todo un departamento desde una radio propiedad de alguien del Partido Nacional. Ante lo recientemente sucedido tanto en el caso Epstein y la élite internacional como con la Operación Océano autóctona, y que parece ser cada vez más profunda, nos tenemos que hacer peguntas incómodas. ¿Por qué los pueblos no se indignan en forma masiva ante estos hechos, por qué a no ser con las figuras públicas – a las que me referiré más adelante – del resto ni siquiera el nombre sabemos y no nos interesa? ¿Normalizamos estas situaciones en esta nueva normalidad? Nada es nuevo bajo el sol y quedándonos en nuestro país podemos retroceder a la infancia años atrás y escuchar que «al burro viejo pasto tierno», o escuchar a nuestras madres decir que nos tenemos que cuidar del «viejo verde»; no sabíamos bien qué ni quién era ese viejo pero te podía atacar en cualquier momento. Aquello-me parece- era normalizar lo que hoy suena casi aberrante. Mucho ha cambiado con los años para corregir  esa visión del hombre como un simple animal depredador sexual; pero no significa que haya desaparecido y ese es el peor error, pretender que sí. El hombre sabe, que cuesta no desear la juventud, la juventud es hermosa, pero por sobre todo indefensa aunque no lo parezca y sumamente impresionable. Las mujeres sabemos que eso le pasa a los hombres y estamos atentas pero no decimos nada porque tenemos la confianza de que quedará en un personaje de Francella diciendo a sí mismo “es una nena”. Convivimos con ese personaje, los que reprimen el instinto. Hay otros que no se reprimen y en eso el pobre desea tanto como el rico pero con menos posibilidades y más seguras consecuencias. Hace unos años a un hombre que violó y mató a una adolescente y el Fiscal le preguntó por qué lo había hecho; el hombre respondió: “Sentí las ganas y lo hice y después la tuve que matar porque me dio miedo”. Ese hombre es condenado por la sociedad como un animal. Por otro lado en los asentamientos las niñas de 14 años declaran sin problema que se prostituyen porque quieren comer un yogurt, y madres  prostituyen a sus hijas menores por alimentos. Eso también como sociedad, lo sabemos. Y de un yogurt pasamos a viajes por África con estrellas de cine, estudios en las mejores escuelas de Europa, a Epstein y el abuso sexual como moneda de cambio, algo que la élite mundial llegó a llamar filantropía. Epstein apenas era un intermediario para la satisfacción de los placeres inconfesables de la alta sociedad, pero se volvió un enfermo, descontrolado, ya denunciado y con los focos de la ley sobre él; un monstruo que había que detener. Sabemos que no todos caerán, sabemos que seguirán existiendo hombres de élite con deseos que encontrarán un intermediario que  además la sociedad amparará hasta el momento de la caída, en que ya no le conocen porque mientras no cae provee un servicio a toda la clase social, dando la posibilidad a sus hombres de discreto alivio de sus necesidades inconfesables para luego volver a ser notables esposos, padres de familia y ejemplares funcionarios. La mujer no es ajena nunca en estos temas, tanto las señoras que sonríen al lado de sus esposos pretendiendo no saber; como la mujer que consigue la confianza de las jóvenes. En Uruguay la diferencia la ha hecho la muerte de una de las jóvenes y que no se trataba de chicas de bajos recursos. La condena no se ha hecho esperar a quienes han sido imputados, pero no a todos y a todo. La condena al delito ha faltado, no ha sido masiva, sin embargo la condena a algunos de los implicados ha sido instantánea e implacable. Todos ellos figuras públicas que por ser tales están expuestas al juicio social y a la manipulación por parte de quienes juegan sus intereses. Los más golpeados indudablemente son quienes tienen filiación política. Lo más notorio ha sido el intento de asociar con la candidata a la Intendencia de Montevideo por el Partido Nacional a uno de los empresarios implicados con quien comparte asociación en una empresa privada. Mal lo ha tomado la candidata que ha denunciado a ciudadanos comunes que han difundido en sus redes sociales esa información que le perjudicaba. Hay declaraciones alarmantes al respecto que suman incomodidad a un tema ya de por sí, incómodo. «Las personas públicas se someten voluntariamente al riesgo de que sus actividades o su vida privada sean objeto de mayor difusión, así como a la opinión y crítica de terceros, incluso aquella que pueda ser molesta, incómoda o hiriente. En estas condiciones, las personas públicas deben resistir mayor nivel de injerencia en su intimidad que los particulares.»* Al momento hay solo imputados, no hay condenas, no está claro el intermediario, qué papel juega quién, pero mientras tanto; el Viejo Verde sí existe.

*Fuente: Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta de México.

Entre el asco y la esperanza por Ana Matyszczyk

La operación Océano es el primer capítulo de una siniestra serie que aún no sabemos cuántas temporadas más tendrá. Desconocemos la enorme dimensión que puede alcanzar esta causa, una trama que al día de hoy ya muestra, además, insólitos niveles de espectacularidad. Primero, por la cantidad de imputados que acumula (20), algo creo yo inédito hasta el momento, y también por la conducta que ellos manifiestan. Que además de abogados, los presuntos pedófilos contraten agencias de comunicación para defender y limpiar su imagen en la opinión pública, le agrega una carcasa, por lo menos, inusual, y por lo más, bastante inmoral.

La causa es atípica también porque despierta reacciones radicales y antagónicas en un mismo suspiro. A la primera sensación de rechazo, asco y repulsión le sigue la inmediata impresión de satisfacción y felicidad por creer que la Justicia de verdad avanza y que, por primera vez, parecería que empiezan a caer los responsables de este horror. Es que, a ver, la explotación sexual de menores ha existido desde siempre. Acá y allá. Creerse que Uruguay estaba exento a este problema global sería demasiado ingenuo. Igual que la violencia machista, esta cuestión es transversal a todas las culturas y a todos los países. Atraviesa, también, todas las clases sociales y todos los partidos políticos. Es una situación más de abuso de poder, con un atropello masculino preponderante que, esta vez, le arruina la vida a mujeres niñas y adolescentes. Y también a sus familias. Que haya empezado a caer primero la gente poderosa, profesional y de clase alta, no significa que la explotación no exista, además, en otros estratos de la sociedad. El que busca, encuentra. Y tengo la esperanza de poder activar todos los mecanismos estatales para salvar a las mujeres más pequeñas de nuestro país. Ellas también nos necesitan.

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