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Nocturno

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Tras la caída del sol, bajo la luz de las estrellas que flotan en un mar de oscuridad, mientras el barco de la Luna navega por enésima vez el cielo de su ciudad, la mayoría de los montevideanos va de regreso o ya llegó a su hogar. Empero, hay una minoría que sale de su domicilio o su trabajo con un rumbo diferente. Llevan consigo una mochila con cuadernos y libros. En sus rostros se pueden leer las marcas que el cansancio les ha impreso tras una jornada de labor. Son amas de casa, funcionarios estatales o empleados privados. A veces deben recorrer largas distancias para llegar; en otras ocasiones, solo tienen que caminar unas cuadras; en todos los casos el destino es el mismo: el liceo nocturno.

Hace unos años que el hombre dicta clases de idioma Español en uno de estos centros de estudio. Hacia el final de este curso, junto con la profesora de Literatura, tuvieron la idea de pedirles a sus alumnos que escribiesen una narración en la cual diesen cuenta de cuáles habían sido las trayectorias vitales y educativas que los habían llevado a estudiar en el nocturno, así como de su valoración de esta experiencia.

El resultado los sorprendió. Sobre todo porque los estudiantes contaron sus historias con absoluta sinceridad. Lo otro que les llamó la atención fue que, en su variedad, todas tenían elementos comunes.

Al comienzo, muchos de ellos explicaban cómo habían terminado fuera de la educación formal. Decían por ejemplo: “En mi adolescencia fui mamá muy joven. Por esa razón dejé de estudiar” o “Soy un joven que abandonó los estudios cuando terminé primaria con doce años. Me dediqué a estar con amigos, a joder, a temprana edad” o “Estuve un total de cinco años sin estudiar, ya que no tenía apoyo de alguien que me motivara a luchar por mis metas” o “De chico siempre fui buen alumno en la escuela, pasé al liceo con BMB pero nunca me adapté y no quería. Mis padres nunca me obligaron y de chico no me gustó. Aunque nunca les dije nada, de grande siempre se lo recriminé en silencio”.

Luego, llegaba una encrucijada en que se les planteaba la posibilidad de retornar a las aulas. “En un momento de mi vida, cuando ya creía que no podía, pensando que ya con treinta y dos años me iba a resultar muy difícil, tomé la decisión de volver a estudiar, una cosa así como volver a empezar, ya que hacía muchos años había dejado el estudio”, contaba una alumna. “Después de doce años y muchísimas situaciones, la vida me llevó a tomar la decisión de retomar los estudios. Sentí la necesidad de nutrirme en conocimientos y darme el gusto de superarme”, sostenía otra. “Me di cuenta que tenía que hacer cosas por mí y por mis hijos, que tenía que superarme  y salir adelante, ser un buen ejemplo a seguir”, reflexionaba un tercero.

Y al final, la experiencia les resultaba positiva. He aquí algunas de las valoraciones que hacían los estudiantes. “Este año, desde que comencé al día de hoy, comprobé que sí puedo, que soy capaz y que seguro puedo ser ejemplo para alguien”. “El volver a estudiar me abrió la mente, me despertó sueños y metas. Hoy estoy feliz con mi elección, llena de planes para el futuro”. “Me resulta algo fantástico. Aprendo día a día cosas nuevas y muy interesantes; aprendo de mis compañeros, y las del estudio son unas horas que me dedico a mí y a mi futuro, porque tengo decidido seguir estudiando”.

La lectura de las narraciones de sus alumnos lo conmovió. Pero también, y no en menor grado, le provocó una profunda satisfacción. No era para menos. Lo hicieron tomar consciencia del hecho de que, con su labor (idéntica a la de tantos y tantos docentes anónimos), ha aportado un granito de arena para que aquellos chicos, chicas, hombres y mujeres que concurren al liceo nocturno en pos de ese un sueño que, todavía, la educación ofrece, avancen en el logro de sus objetivos.