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OEA y Almagro sobran por Ruben Montedónico

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“Con OEA y sin OEA ya ganamos la pelea”

(Carlos Puebla, 1962)

 

Decir de la OEA que mantiene desde su fundación el apego a dictados de Estados Unidos -que sufraga buena parte de su presupuesto y es sede del organismo- y a sus deseos de dominio sobre América, parece una obviedad. Señalar que los secretarios generales fueron fieles ejecutores y acompañantes de los designios que llevaron a que Harry Truman la hiciera fundar, es corroborar que obedecieron a quien manda y paga.

Hay en su historial muchas acciones -incluidas las de omisión y/o convalidación de situaciones-, pero dos destacan por ignominiosas: la expulsión de Cuba y la invasión de Dominicana. La de enero de 1962 en Punta del Este, en la octava cumbre de la organización, pretextó que “la adhesión de cualquier miembro de la OEA al marxismo-leninismo es incompatible con el Sistema Interamericano”, en vista de lo cual resolvieron que “esta incompatibilidad excluye al actual gobierno de Cuba de su participación”. A estas acciones La Habana contestó -entre otras cosas- apostrofando a la organización como Ministerio de las Colonias.

En República Dominicana fue depuesto en 1983 el gobierno de Juan Bosch. Los avatares políticos y la inclinación ulterior de sucesores del depuesto por aplicar una política progresista e independiente en esa parte soberana de la isla instigó al presidente estadunidense Lyndon Johnson a ordenar la invasión. El 28 de abril de 1965 dio inicio la operación con el desembarco de una fuerza de 500 infantes de marina. El mandatario utilizó la cadena nacional para justificar la acción argumentando que se trataba de salvar vidas de connacionales. A los 10 días los “protectores” sumaban 23 mil hombres con el alias de “Fuerza Interamericana de Paz…” de la OEA, claro está, y era comandada por estadunidenses, con representaciones de las muy emblemáticas dictaduras de Brasil, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Paraguay, además de 21 policías de la desmilitarizada Costa Rica. Se pretendía –decían en la OEA- tratar de tener paz en esa parte de La Española y salvar al continente de la “expansión comunista”. Entre los expedicionarios se encontraba el torturador ítalo-estadunidense Dan A. Mitrione, quien viajó desde su puesto de asesor policial del FBI en Río de Janeiro, “prestado” a la CIA como parte del dúo Benitín y Eneas. Las invenciones estadunidenses para intervenir en países soberanos son habituales y Johnson ya la había aprobado en un caso contra Vietnam: el incidente del golfo de Tonkín (1964). Con la operación de falsa bandera de sus servicios secretos se apoyó para la participación en la guerra en aquel territorio  incrementando el pie de fuerza propio de 60 mil hasta 500 mil hombres al mando del general William Westmoreland.

La careta de Estados Unidos se le cayó cuando después de omitir alguna expresión de condena hacia la conducción espuria y asesina de Argentina, la dictadura invadió Malvinas (1982): Washington -con Reagan- apoyó a la potencia extrarregional -de la premier Thatcher- haciendo a un lado toda solidaridad panamericana. Hay que recordar que Estados Unidos, en 1831, fue quien atacó Malvinas antes de la ocupación por el Reino Unido en 1833.

Como se sabe, la OEA nada dijo sobre los asesinatos de Gaitán, Allende y Bishop o los “accidentes aéreos” en los que perecieron Torrijos y Roldós. Se calló ante golpes de estado cívico-militares -apodados como “blandos”- que asaltaron y acabaron con gobiernos constitucionales, de los cuales tres ocurrieron en este siglo: Honduras (Zelaya), Paraguay (Lugo) y Brasil (Rousseff).

En estos tiempos, está muy expuesta la disposición de Washington a librarse de gobiernos progresistas de Latinoamérica y, en buena medida -con diferentes métodos- las derechas han ido avanzando en el área. Venezuela, desde siempre, fue un objetivo central de la acción de la Casa Blanca -a partir de Chávez y hasta el presente- siendo manifiestos los esfuerzos y recursos destinados para acabar con la rebeldía de los gobiernos de Caracas. Sin declinar en nuestra crítica acerca de las insuficiencias y debilidades de los progresismos ni a los consecutivos errores, la ausencia de poleas de trasmisión con dirigentes políticos populares y la falta de relación con la militancia de los conducidos en estos momentos por Nicolás Maduro, no puedo en ninguna de estas circunstancias ignorar que las mismas son aprovechadas por las derechas vernáculas, la prensa, los medios internacionales y el imperio para intervenir y medrar con ellos. En el caso venezolano no se trata sólo de los dicterios contra el régimen por parte del gobierno estadunidense o sus representantes, de las declaraciones del Departamento de Estado y de documentos de sus fuerzas armadas: cuentan con la aquiescencia de gobiernos americanos, otros de Europa occidental y la dirección y el acompañamiento de la OEA y sus funcionarios.

Acerca de esta institución, como lo señalé en otra oportunidad, las acciones y declaraciones de un cruzado contra Venezuela como Luis Almagro, obediente y obsecuente, son sobresaltantes. Es cierto que debe apuntarse -como una suerte de atenuante- que el ex canciller uruguayo no es el único responsable de estar donde está: como dicen en mis pagos, “la culpa no la tiene el chancho sino quien le rasca el lomo”. Sin embargo, sí es responsable por la campaña que emprendió y porque en materia, por ejemplo, del movimiento migratorio esgrime evidentes exageraciones y omisiones. Por un lado, porque atribuye al traslado una entidad y dramatismo que no tienen; en segundo lugar, porque omite decir que corrientes humanas mucho más numerosas se mueven y se han movido antes y ahora de un sitio a otro, sin que el fenómeno haya suscitado la mínima atención de la OEA.

Almagro en su servilismo y abyección olvida que un demócrata de pura cepa como el profesor Juan Bosch definía en la década del 60 que la OEA “sobra”, y -agrego- él también.

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